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martes, 26 de septiembre de 2017

Alférez



Durante la década de los setenta, escribí una serie de biografías noveladas para la radio. Eran nombres conocidos y vidas desconocidas de patriotas destacados en las guerras libertarias del siglo XIX, vidas relatadas por investigadores que, de cierta manera, podían cambiar hechos y caracteres según su conveniencia o su modo de pensar. Al menos yo lo creía así cuando comencé a escribir El Generalísimo, basada en lo que se conocía sobre Máximo Gómez desde su aparición, en la Guerra De Los Diez Años, a las órdenes de Donato Mármol, y llevando a cabo, a los pocos días de estar en las filas del ejército mambí, la primera carga al machete, acción que impidió que los españoles intentaran recobrar la plaza bayamesa, en poder de los cubanos desde el 18 de Octubre de 1868, por lo que logó su primer ascenso  al   grado de alférez. Por miles de razones me entusiasmé con la historia de este hombre que ni siquiera era cubano.
Por una sola razón mi amor a Cuba  fue entrando en  mi y es algo que ha ido creciendo a medida  que he ido envejeciendo. Yo imaginé a un ser humano con unas cualidades que lo convertían en un mito. Humamo, severo, militar inflexible y justo, con un inmenso amor a su esposa, Bernarda Toro y a sus hijos y a sus subalternos. Un jefe generoso, un hombre, en todos los aspectos, respetable. En una palabra, me llené de admiración por este general al que considero una figura extraordinaria, en este entresijo increíble, en el que se ha convertido nuestra historia antigua, media y contemporánea. Historia formada, transformada y vuelta a tratar de ser formada de nuevo, lo cual, resulta imposible.
He recibido a lo largo de mi vida una serie de reconocimientos, distinciones, premios, medallas, pero hay una a la que mi corazón atesora muy especialmente y es la medalla de cobre patinado  por el 150 Aniversario del Nacimiento de Máximo Gómez Báez. Las personas que decidieron otorgármela tienen todo mi agradimiento. Todo mi respeto. En este símbolo de metal sentí y aún siento una señal de comprensión y hasta perdón, por parte del Generalísimo y esto me llena de regocijo y no puedo evitar que no vuelva a mi memoria mi abuela Eugenia Salcedo hablando de su esposo Blas Rodríguez Aguilera, también alférez del ejército cubano en la conocida como Guerra del Noventicinco. Mi abuela se fue al monte con su esposo y pasó parte de la contienda haciendo las veces de enfermera en un hospital de campaña. Allí tuvo a su primer hijo, Emilio y luego a la segunda, Ramona, luego vendrían doce mas. Catorce hijos en trece partos, ya que mi padre, Jose Julián, igual que Martí, fue mellizo con otro varón. Yo siempre he tenido mis problemas en eso de formarme un lío con cualquier cosa, a veces con razón y otras sin ella como es el problema del segundo apellido de mi abuelo Blas a quien le otorgué un parentesco cercano con Francisco Vicente Aguilera, un gran patriota que, según mimmadre fue un hombre que entregó todo su patrimonio a la causa cubana cuando La Guerra Grande y que andaba por las calles de Nueva York aterillado de frío y con los zapatos desfondados. Mi madre Gloria admiraba a Aguilera y esto fue suficiente para que yo con cuatro o cinco años le dijera todo el mundo que mi abuelo Blas era primo hermano de Aguilera por parte de madre. Eso aún lo creo.Uno de los momentos en mi vida que me siento seguro de vivir en un sitio y no en otro, uno de los instantes donde se me hace realidad lo que dijo Eliseo Diego, eso de que nacemos en un sitio y no en otro sino para dar testimonio, insisto, cuando me pasa como una ráfaga por la mente mi abuelo Blas galopando con la caballería y portando la bandera ondeante, en ese instante, el corazón rebosa orgullo. Es algo físico algo que tiene que ver con la tierra, exactamente. Mi tio Enrique Rodríguez Romero, primo y esposo de Mercedes Rodríguez y padre de Elia, uno de mis grandes amores familiares, mi tío, tenía por costumbre salir por los potreros de la finca y casi siempre me llevaba con él. Yo, pésimo jinete en una yegua blanca y boba que se moría por azúcar y él en la suya, trotona con las crines oscuras y el rabo más oscuro y el cuerpo canelo, una belleza de bestia, salíamos, como el decía a cazar marabú. Juraba que pagaba mil pesos al que encontrara una mata de marabú por sus tierras. Amaba a la tierra, agradecida, decía como mujer paridora, suave y buena para el maíz, el ñame, la yuca, el boniato, rica en palmares, guásimas, algarrobos, atejes y bandadas de guineos pintos, y cateyes y pericos y torcazas y tojosas y caos y tomeguines, negritos, zorzales y sinsontes con el más bello canto mañanero y yo a decirle a Quique, tío, nosotros somos parientes de Aguilera y tu padre y mi abuelo son Rodriguez Aguilera, son primos o no, y él si tú lo dices, ahora me entero, pero puede ser, y yo, que se murió de frío en Nueva York porque no tenía zapatos y caminaba descalzo por la nieve, y él que si eso me enseñaban los curas y yo que no, que mi madre que se había leído “El Tesoro de la Juventud” completo y un montón de libros, que siempre leía y el, leyó que nosotros somos parientes de Aguilera y yo, no no, pero seguro que lo somos porque dice mi abuela que en este mundo todo el mundo es pariente de todo el mundo.Ah sí, vamos a coger marañones pa que Mercedes haga un dulce.                                             
En múltiples ocasiones mi abuela Eugenia recitaba estas palabras como una especie de plegaria casera antes de alguna ceremonia familiar, que en ocasiones estaba aromada por semillas de marañón tostadas encima de un trozo de teja de zinc. La sacerdotisa de este ritual, que por demás solo sucedía los domingos a eso de las dos de la tarde, en el patio donde había una mata de anón, otra de chirimoya y varias de galanes de noche, estas últimas al lado del excusado, era mi tía Inés, que con los años se volvió loca y que murió encima de mi cuando la llevábamos, en la máquina de Miguelito, hizo un vómito negro, raro, llegó cadáver al Hospital… Este introito para decir como comenzaban los  recuerdos de mi abuela, me ha gustado escribirlo, como me gustaba la sorpresiva  almendra deliciosa y de la que no podíamos hartarnos porque éramos un montón de primos. “En Cuba ya no hay hombres”, que va, hombre era Blas, mi marido. Lo afirmaba de manera contundente y acto seguido hablaba sosteniento un gancho de pelo muy largo entre los dientes, y terminaba por afirmar el gran moño en su cabeza y continuaba conque Blas no le temía a las balas de los gallegos, claro que no, las balas le tenían miedo y huían para que él pasara llevando la bandera, lo mismo en la infantería que en la caballería, porque se peleaba como fuera, a pié o a caballo, cuando el se iba yo gimoteaba y rezaba pa que no le pasara na, y qué iba pasar si era mas rápido que las balas, la única que lo mató fue la del tétanos, que lo pasmó y se quedó tieso y con una sonrisa mortal, ahí si que no hubo manera, viejo, qué caramba, se lo llevó a viaje, quién se lo iba a decir a él, que era un toro, flaco, pero un toro. La voz de Eugenia Salcedo y Bencomo, era suave, casi como un arrullo, no, no era chillona como la de Cata, ni la de Clara cuando se encabronaba o Carmen que casi siempre estaba encabroná y peleaba hasta con su sombra, suave como roró, como una nana de duérmete mi niño. El solo arrancó la hierba mala de la finca, y sembró to lo que quiso, y a pulmón fuimos saliendo, y él cabrón con los americanos y él trajo el primer toro y la primera vaca, Mamey y Teodora y apenas Emilio, que nació en medio de la guerra, en aquel hospital de campaña, tuvo tamaño, jaló pal monte y ordenaba en la madrugá y fue hombre antes de tiempo y se casó con Manuela y tuvo lo suyo, sus hijos y bruto pero trabajador como nadie. Si usté quiere matar a mis cinco muchachos, quíiteles el trabajo y se van a morir en ná de pasión de ánimo, esos puñetros quieren má a la tierra, aunque parezca una barbaridá, que a las mujeres, menos José, que no quiso quedarse cuando vinimo pal pueblo dijo que quería tar con papá.  Y hablaba de todo, de los heridos que curaba como enfermera en el hospital improvisado en la manigua donde tuvo a sus dos hijos mayores, Emilio y Ramona que yo la conocí ya tonta a causa de una operación en la que le aplicaron anestesia raquídea y la dejó como a una niña y que logró que se me quitara el miedo a los muertos cuando falleció y yo estaba mirándola fijo  porque  me aseguraron que haciendo eso no le iba a tener más miedo a los muertos, un miedo que me duró un año y dos meses. Ramona nunca lo sabrá pero me pasmó uno de los terrores más grandes que pueda sentir  un muchacho de once años.
Mi abuela Eugenia hablaba de montones de cosas, de como meterle el brazo a la tierra y lograr ver el fruto,  y de en el monte, no hay bicho malo como por ahí, por otras tierras que das un paso y te sale un jubo venenoso o un majá que te mata, no, que aquí gracia a Dio na de eso, que lo majase y lo jubo son vainá comparao con otro y como se sintió de alegre al nacer el primer potrico y ver que al poco tiempo había bestias pa to el mundo y así fue creciendo todo, los algarrobos y la madera fin pallá atrás, cedros, caobas, dagame baría y vaya usted a saber. No había riqueza, no, pero si abundancia de tasajo y cuajá y miel de los panales en los piñones y plátanos y, oiga, con plátano y tasajo ripiao y un arró con manteca e puerco y un vaso e leche atrá, quién para  aun hombre como Blas, nadie, bueno sí, el tétanos. Como el decía, no hay madre como la tierra, es la mujer mas agradecía de toas, no lo dudei…………
Como es de esperar, aquellas tardes se quedaron en mi cabecita, domingo por domingo, o bien pudín mechado con conserva o dulce de toronjas que parecía cristal o mermelada o la merienda que mas le gustaba a mi abuela, un trozo de queso fresco y platanitos manzanos. Y todo aquello, mi abuelo Blas, Alferez como el primer grado militar de Máximo Gómez, el parentesco, inventado por mi con Francisco Vicente Aguilera, agonizando bajo una nevada intensa y descalzo en cualquier calle neuyorkina en  1877, que no supo ni del Pacto del Zanjón que fue el toque final de su inmolación por Cuba, mis tíos, guajiros fieles a la tierra y, por demás a Cuba, me formaron un respeto que se irá conmigo cuando me vaya, respeto que siento y oigo cuando alguien la maldice como culpándola de todo lo que sucede, que no es poco, porque ella no se entera, está allí acariciada por las aguas del Caribe, iluminada por el sol que nos alumbra, seductora mujer de Las Antillas, mulata y blanca y negra y china, rica y simple, bella y sin par, reina del placer y del amor, hermosa, la más hermosa que ojos humanos hayan visto, culpable de qué si nos ama todos, los verdaderos culpables somos nosotros, nos ama y, lo mejor de todo, nos perdona.

martes, 19 de septiembre de 2017

¿Cabeza...sombrero...?

David Lago González. Foto: El País

En su última carta, escrita unos meses antes de morir, David Lago González, comenzaba con un dicho muy llevado y traído: " a ti te va a llegar el sombrero cuando no tengas cabeza". Viniendo de David, estas palabras podrían tener varias lecturas: un comentario banal, una advertencia o una maldición.
La gente, mucha,  hablan de cómo se cambia en el exilio, eso es común: Ha tomado la Coca Cola del olvido. Soy testigo de eso, y si alguna vez me molestó, ahora, con el tiempo y los recuerdos, he llegado a comprenderlo. No hay tal Coca Cola, lo que sucede con todos, al menos con aquellos amigos de la juventud, es que inconscientemente tuvieron que cambiar. No es lo mismo vivir en Camagüey, la odiada y amada Camagüey, que verse de la noche a la mañana en ciudades desconocidas y sin un vecino que te invite a tomar café o te abra la puerta para que te refugies en su casa, como le pasaba a Agustina González, que tenía terror a los truenos y por cuánto se iba a quedar sola en García Roco #61, apenas se formaba cualquier tormenta, iba a casa de Blanca o  la de enfrente, de la señora Emilia, muy cariñosa.
Hablar de Agustina oprime el corazón, su universo era la cocina y en él hacía divinidades de una belleza única: un flan de coco, "dorado como un clavellina", que hubiese asombrado al mejor joyero cuando, momentos antes de servirlo como postre, temblaba aterrado porque en un instante sería apuñalado y puesto en los platos,  y que al llevártelo a la boca veías a Dios en todos los rincones de aquel inolvidable comedor.
Yo llamaba muchas veces a David y en una de esas, hablando con Agustina me preguntó si yo comía tiburón y le dije que sí, cosa que era una gran mentira, porqué jamás lo había probado, pero al día siguiente, estábamos los cuatro a la mesa, esperando que Agustina trinchara un trozo de casón como untado de una salsa que lo volvía apetecible y cuando celebrabas el mojo con que había sido asado al horno, ella sonreía con la cabeza inclinada, un gesto picaresco, habitual de la gente de por allá por Esmeralda, complacida y muy honrada por ser la gran cocinera de la calle García Roco. Hoy por hoy Doña Agustina Gonzalez Fagundo, tiene que andar muy afanada preparando los almíbares celestiales y merengues, panetelas y pudines que hacen del paraíso católico, un sitio muy apetecible.
Las palabras que Agustina me dijo al despedirse fueron que Dios haría que pronto nos viéramos,  y yo sabía que más nunca los vería a los dos. Era abril un mes más de 1982, una primavera inexistente como casi todo en los últimos tiempos, ni cines, ni esperanza, ni medicinas y yo deambulo lleno de vergüenza, abusado por tantos, no solo los de adentro sino también engañado por muchos de la diáspora, personas que me han apuñalado traperamente, como silenciosos asesinos que me odiaran haciéndome creer que me apreciaban, y esa voz que me repite como una lejana y cercana melodía: Camagüey, sus miles de campanarios, sus calles y sus casas, parques y plazas fueron tu cuna; Camagüey, con sus repiques y sus tinajones, con  su tedio y su sonrisa, será tu tumba.

"A ti te va a llegar el sombrero cuando no tengas cabeza", escribiste, David y ya no la tengo, estos últimos años han acabado con ella. No hay ni un sólo sombrero que le sirva. Y ojalá me equivocara.

sábado, 19 de agosto de 2017

La Flor de la canela


Déjame que te cuente, Caridad, déjame que te diga la gloria de haber sido tu amigo por cincuenta y tantos años y tener el ensueño de evocarte en mi memoria por el puente, el río y la avenida que lleva tu nombre y nada de jazmines en tu pelo canoso, ni rosas en tu rostro deformado desde el día en que naciste y mucho menos puedo decir que tu caminar era airoso ni derramabas otra cosa que no fuera esa tristeza habitual. Ya serena o delirante tenías el alma de oro y una ingenuidad que ante mis ojos, te hacía parecer la niña que siempre fuiste. Déjame que te cuente Cachita, déjame que te diga, mi amiga, mis pensamientos, aunque  jamás despertarás de ese sueño que entretiene Caridad, tus sentimientos: eras maternal y nadie se percataba, me costó mucho comprenderlo porque todos los que te rodeábamos, no te tomábamos en serio como lo merecías, porque la mayoría de las cosas se las achacabamos a tus trastornos nerviosos. Eras fiel, bondadosa y sensible, y eras talentosa, increíblemente talentosa: pintabas como te daba la gana y a la hora que fuera. Últimamente hasta altas horas de la noche, sin material alguno, pero con el alma como me dijiste un día; Jose, yo no tengo que bocetar, yo arranco y si no tengo pinceles...¿para qué tengo las manos?¿Para qué tengo el alma? Pintabas de limosnas, un tubo de negro que te daba este, unos pinceles que te daba otro, alguna que otra vez que te daban todos los colores en una de las escuelas de arte, y así un año tras otro, y un año tras otro el deseo que fue tomando proporciones tremendas... Yo era parte de tus sentimientos, tu me enrolaste en tu expedición familiar: atravesar el Atlántico y llegar donde tu hijo y tu hermana. Hace poco, sentados después de almorzar me dijiste "mira que yo te quiero, Niki, tu no te lo puedes imaginar ".  Menos mal que yo también te lo dije, en ese hospital, te pedí perdón, y todo quedó muy bien entre nosotros. Yo sabía que era la despedida, que al fin se acabaría tu vida de sufrimientos y desesperanzas. Finalmente irías hacia el río, por la estremecida vereda, con ese ritmo que nunca tuviste en tus caderas.
...y recuerda que...
...jazmines, rosas en tus manos, derramando sonrisas hermosas, caminando airosa de Plaza España a Las Ramblas, Caridad Hernandez Carlos has logrado tu sueño, con tu hija, tu hijo, tu hermana, Barcelona te ha dado su corazón y lo has guardado en el tuyo...y todo es tan intenso que al fin lloras de felicidad delante de la majestuosa Sagrada Familia y te vas por la Ciudad Condal con tu menudo pie que hace estremecer al increíble misterio de tu existencia mientras recoges la risa de todos los ríos y las derramas por todos los rincones, para lanzarlas finalmente del puente a la alameda.

Otra entrada sobre Caridad Hernández Carlos en este blog

viernes, 18 de agosto de 2017

Arroz con pollo

Foto tomada de "La cocina de Vero"

Para mi no había algo tan emocionante como comprar. Que me dijeran de hacer un mandado, ya a la tienda, o al bar, o a la venduta, me hacía sentir muy importante. El hecho de comprar era lo mejor del mundo, dame esto, dame aquello, dame, pedir algo y pagarlo ufanaba mi rotunda burguesía con la que estaba siendo criado. En mi cuadra vivía una señora que, como mi abuela paterna, usaba un moño detrás de su cabeza completamente blanca, ella tenía un nieto que era muy jodedor y no buscaba nada en la bodega, lo cual no era problema alguno para ella porque ahí estaba yo. Ahora se que me esperaba a que  regresara del colegio para encargarme que le comprara algo clásico y que costaba un medio, o sea, una moneda de cinco centavos que resolvía en cuestiones de segundos: tres quilos de café y dos de azúcar y, cuando volvía ya Juanita Otero (no se por qué me gusta ese nombre), tenía el agua lista y al momento estaba saliendo el café por la coladera. Claro que me tomaba un poco de café y pensaba en las palabras de mi madre: ¿Y el vaso estaba bien fregado? Seguro que no. Yo no se como no te dan diarreas todo lo que tomas por ahí. ¿Tú has visto las manos de Juanita Otero? Y por ahí pa llá.

Mima se movía en la cocina como una señorona, blusas blancas, faldas al cuerpo y medias y medias largas con una costura que dibujaba sus piernas por detrás y zapatos altos, el pelo cayendo en ondas sobre los hombros y asando a la parrilla un gran pedazo de ternilla cuya grasa chisporroteaba en el carbón y olor de ajo y limón y plátanos pintones hirviendo en la otra hornilla y ella moviendo suavemente la maizena, la leche con anís y canela y luego sirviendo el contenido en las dulceras de  postre. Mi madre siempre canturreaba con una voz de soprano, pero cantaba para ella, disfrutando cada frase musical con la entonación correcta. La música era el aliento vital de Yoyín. A veces yo la abrazaba y siempre el cuello de la blusa me hincaba. Yo le decía que era como Bautista, un carbonero famoso por vestirse completamente de blanco y no ensuciarse: a Bautista debieron hacerle una crónica en El Camagüeyano.

La cocina de la casa de San Clemente era cegadoramente blanca y todo brillaba, el piso, las paredes, las ollas, la Yoyín, los fregaderos y los cubiertos y por supuesto brillaban nuestros sueños y esperanzas. Para mi madre yo tenía que ser alguien y lo que más le acotejaba era un tenor. Desde que yo caminaba agarrado a sus faldas, ya me enseñaba canciones de donde fuera y yo cantando y ella también y el olor de un potage de garbanzos y carne con papas llenaban el ámbito de aquel sitio peculiar donde Yoyín, soñadora, lo convertía en un escenario del mundo y cantábamos como si no  existiera nada más que nuestras voces. Tenía una facilidad para las segundas envidiable. De momento me decía, no pierdas el tono y ella cambiaba y hacíamos la canción a dos voces y era casi perfecta, al menos así lo recuerdo, por lo tanto, así fue.

Cualquier tarde, ah todas las tardes de mi infancia eran limpias, de un cielo azul y ni una nube, no sé por qué  pero el cielo de la calle San Clemente mostraba un sol que ya iba camino a Vertientes y perderse por allá por la costa. En una de esas tardes mi madre me esperaba en la sala y cuando entraba, por el brillo de su mirada ya sabía lo que venía: Arroz con pollo. Una pollona nueva y que la pique, y yo corriendo como un rayo Bembeta arriba hasta Cristo, y Ana, la pollera, ¿cuál querei? y yo esa, no no, esa. Y la introducía en una olla de agua hirviendo y la desplumaba, la abría y en un momento la troceaba  envolviéndola en un papel grueso como encerado. El patio de pollos de Ana me recordaba el monte y a mi tía, y le pagaba un peso cincuenta centavos y ya corriendo para la casa donde mi madre, en la cocina ya estaba haciendo el sofrito: ajo, ají, cebolla, tomates, todo aquello cocinandose en aceite de oliva y ella, busca todo lo demás y lo demás era el alcaparrado, que no era otra cosa que un cucurucho de papel que el bodeguero manipulaba en un respiro y lo llenaba de pasas, alcaparras y aceitunas, y lo demás era una lata de pimientos morrones y otra de petit pois y corre patrás y mima pasando los trozos de la pollona en aquella salsa para que se fuera cocinando la carne, los muslos, la pechuga, las alas y sin cantar porque la música anda por todas partes incluso en nuestros paladares. Mi madre echa el arroz Tío Ben y lo deja en candela bajita y luego el alcaparrado y el petit pois y me manda a bañar.

Dentro de un rato, después que mi padre esté bañado y vestido para comer, la fuente de arroz con pollo será la joya de la mesa, adornado con los pimientos morrones y al sentarnos un nudo imperceptible nos atará suave y sencillo. Seremos una familia más en el sagrado rito de saborear un plato tan nuestro, de nuestra vida, de nuestra casa, de nuestra tierra.

lunes, 14 de agosto de 2017

Los jueves

Foto: Farmacia en la calle Cisneros esquina a Cristo. Camagüey.

Los jueves son los días de medicamentos, quiero decir que son los días en que los sacan a la venta. Desde la madrugada se va formando una cola, principalmente de ancianos a esperar que abran la farmacia a las ocho. Son personas víctimas de dolores y de cientos de malestares y todas las ventajas que trae consigo la vejez que son innombrables, una de las cuales consiste en un ejercicio  mental, donde todos nos vamos dando un poco más de tiempo para no montarnos en la balsa de Caronte que navega airosa por las aguas infectas del Tinima y el Hatibonico, donde si no te mata la muerte, te matan las clarias, pez de origen, para mi desconocido, comestible y que, a su vez, se come lo que sea.

En estos días fui un jueves a la farmacia donde puedo comprar con mi tarjetón -que no lo voy a explicar ahora-, y no había los medicamentos, traté de sedarme y salí. Desde la esquina me llama alguien mucho mayor, jorobado, un bastón en una mano y en la otra una jaba y me pide que lo ayude a cruzar Bembeta para seguir Martí arriba. Lo hago y comienzo a hablar con él: lo reconocí a pesar de lo viejito que está y le digo que se ha pasado la vida vendiendo cosas, y él, que cómo yo lo sé y le digo que lo recuerdo dentro de los cines, con un cajón colgado del cuello, hace más de sesenta años, además, que era compañero de barras y traganíqueles de mi tío y cuando le digo el nombre me aprieta el brazo y me dice: ¿Lastre? Personas como el ya no hay. En la jaba lleva cajas de fósforos para venderlas por allá arriba. No le pregunté el nombre pero si la edad: 93 años. Por la calle Martí, pesada Bedoya van 93 años de una vida que no es vida. No gano mucho, pero algo es algo, me dijo en la despedida. Algo es algo, sí, la muerte también es algo. Y su voz baja por los pasillos de los cines, chicles, caramelos, dulces finos y cigarros de todo tipo,  en la pantalla Kim Novak, destacaba su rubia belleza en un fondo rojo. Es una escena de Vértigo que no he olvidado como no olvido el suave ofrecimiento, el susurro de sus golosinas. Alabado sea. Alabada su angustiosa tenacidad. Alabada su fortaleza. Ojalá ese día hubiera vendido todos los fósforos y se comprara una libra de carne de puerco de 25 pesos.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Antes que fallezca


Muchas personas se me han acercado y me han pedido que cuente mi vida, que sería más intensa, cosa que dudo, que "Antes que anocheza". He pensado hacerlo, quiero decir, olvidar afectos y  desnudar vidas que conozco y hacerlo sin el menor de los escrúpulos, sin detenerme ante nada y hablar de seres humanos a los cuales he estado ligado, ya por una supuesta amistad o por otro tipo de relación.

Todos guardamos secretos, algo de lo que nos avergonzamos, y en muchos casos, estos secretos son dolorosos y otros no. Un ser humano siempre lleva algo oculto que tratará de no revelar jamás.

He tenido muchas personas a mi alrededor, amigos buenos, otros menos buenos y de cierta manera, tanto unos como otros, me han dañado. Aprendí que es cuestión propia de la vida y, que esos cariños apasionados que sientes por los otros nunca es eterno. Acabo de perder a alguien que siempre se mantuvo fiel a mi, que jamás me hizo daño y que me cuidó y protegió hasta pocos días antes de morir. Fue la que más cariño me tuvo y se encargó de hacérmelo saber todo el tiempo durante cincuenta y dos años, ahora bien, ¿qué ganaría yo revelando sustanciosos secretos de esta persona, secretos confesados sólo a mi, creo yo?¿Qué sacaría en limpio si siempre me he sentido orgulloso de ser un hombre honesto y confiable?

Curiosamente la mayoría de los que fueron mis amigos, vivos o muertos, no pueden suponer las cosas que se de ellos, pero pueden estar tranquilos, no soy Reinaldo Arenas y mucho menos voy a escribir "Antes que Fallezca", por otra parte a Arenas también se le quedaron cartas ocultas y más aún: no me interesa hacer algo mejor que otros, me gusta lo que hago y si se parece a cualquiera, me da lo mismo.
Ahora tengo nuevas personas alrededor, me brindan afecto y en algunos casos admiración y no puedo negar que esto me disguste por muy deprimido que esté. La depresión, en muchos casos es crónica, y ante eso  ¿qué se puede hacer..?
Soy una buena persona, me rio y lo sigo siendo, como ahora, me debato en la extrema pobreza y soy la misma buena persona, trato de no tener muchos escondrijos y de un modo u otro echar al aire cuatro o cinco carcajadas al día.
Para concluir: la he pasado pésimo la mayor parte de mi vida, pero lo que sembró mi madre y abonó mi padre no cayó en terreno árido, sino en el fecundo terreno de mi alma que es tan pródigo como el de la bendita tierra cubana.


domingo, 30 de julio de 2017

Las hijas de Luz Vázquez


Su obra puesta en escena era el nombre del concurso convocado por Teatro Estudio, la entidad teatral más prestigiosa en los años 70. El premio consistía en el montaje de la obra y el pago del derecho de autor. Hacía unos meses había terminado una pieza: Las hijas de Luz Vázquez y la convocatoria me venía como anillo al dedo y, tenía la certeza de que, en ese momento no podía haber una obra mejor y por eso, el 4 de  Septiembre de 1978 me encontraba entregando en la recepción de la sala Hubert de Blanck un original y dos copias de la obra que, al ser premiada, algo de lo que estaba seguro, mi porvenir en la escena nacional estaba asegurado. Al dejar la obra en manos de una señora muy amable, creo que su nombre era Olga Abreu, me dijo que yo hacía el número 34 y quedé asombrado de que tantas personas escribieran teatro. El día anterior, domingo por cierto, al llegar al hotel llamé a Virgilio Piñera y me rogó que fuera para su casa. Yo llevaba una copia de la obra con la intención  de leersela como era mi costumbre y se negó, me dijo que el sabía mi calibre de escritor y hablamos de un problema que un amigo mío, poeta de altura, había tenido, cuatro meses atrás, con la policía política y fumando y tomando café pasó la tarde y salí sin su opinión sobre mi texto y tampoco le dije que se la había dedicado a José Soler Puig, persona que aún hoy, tiene en mi un  cariño infinito y al que considero el escritor de la novela más importante escrita en Cuba en mucho más de medio siglo.

Regresé a Camagüey a esperar el resultado. El jurado estuvo constituido por: Humberto Solás, Rine Leal y Mario Balmaseda, un buen jurado en ese entonces. Un día leo en la prensa que la participación en el concurso llegaba a la cifra de 99 escritores y me dije que en mi país había más dramaturgos que en China, cosa que me hizo pensar que iba a ser algo reñido y que fuera lo que se le ocurriera a Dios y ya. Pero sucedió algo imprevisto y es que conocidos mios en La Habana, comenzaron a enviarme telegramas asegurándome que mi obra iba a ser la premiada, yo estaba en jaque y ya con un pasaje para pasar mis vacaciones en en Hotel Saint John's.

Llegué un domingo a las tres de la tarde, llamé a Virgilio y salí disparado para su casa y abriéndome la puerta me soltó que yo era el premio, que Luis Felipe Bernaza le había dicho en casa de Olga Andreu que Humerto Solás se lo había afirmado, y yo con los ojos desorbitados le solté que no sabía nada y que si estaba en La Habana era de vacaciones y yo no había recibido ninguna noticia. Pues la premiación es mañana a las cinco en la casa teatro y llamó a Estorino, y yo brincando en un solo pié porque Estorino le dijo lo mismo de que era yo. Y me fui y me emborraché en el Pico Blanco y canté junto a José Antonio Méndez: La Gloria eres tú, Novia mía y todo lo que me ocurrió y como era de esperar cuando estaba en La Habana, el teléfono me anunció que comenzaba una mañana más con Virgilio y su café y aquellas cajetillas sin etiqueta. Yo estaba mal, pésimamente mal porque ya tenía la certeza de que lo del premio se había jodido y Virgilio pensaba lo mismo. La premiación era esa tarde y yo no tenía ningún indicio de mi triunfo y me pasé el día bebiendo por toda La Habana terminando en La Bodeguita del Medio, junto a unos holandeses capitaneados por una tal Crecía.

El martes por la mañana, al Virgilio abrirme la puerta me espetó: te quitaron el premio. Yo lo sabía, pero al tener la certeza, me derrumbé y esa misma mañana llamé a Teatro Estudio y me entrevisté con Raquel Revuelta, que me confesó que ella había dicho a Solás que el grupo podía asumir dos obras. Yo no lograba controlar el llanto y mucho menos, porque Virgilio me dijo que Estorino le confesó, que en el acta del jurado  se extendía más hablando sobre mi obra, que sobre la premiada. Raquel fue una gran señora y me dijo que no entendía lo que había pasado, que ella confiaba ciegamente en Solás y que este le había comentado en ocasiones la calidad de mi obra. Horas después al percatarme de que no había preguntado por el premiado, llamé al teatro y este señor estaba allí y lo felicité. Creo que terminé de llorar en el Scherezada. Yo no se perder. Regresé a Camagüey y a los pocos meses, alguien, un viejo amigo, se me acercó en la Avenida de la Libertad, y me dijo en voz baja que el premio me lo habían mandado a quitar. Eso me dejo raro y seguí. Lo que me sorprendió fue lo de años más tarde, ya había dejado de beber alcohol y estaba en una recepción, me llaman de lejos y al momento se acerca otro amigo y me lleva con una persona que me quería conocer. Estaba al tanto de todo lo que había  sucedido, pero no solo eso, sino que había leído la obra y la recordaba y me reiteró que las autoridades provinciales, tanto políticas como culturales, habían decidido que yo no merecía ese premio, que no podía ser porque no era confiable, era alcohólico e irreverente. No era mentira, no, quizá haya sido aún mucho más, pero, ¿y la obra? ¿Qué tenía que ver la obra, su calidad, su teatralidad con mi vida desastroza? ¿Qué me diferenciaba de tantos y tantos escritores?. Yo no perdí el concurso, claro que no, lo perdió el Teatro Cubano y eso es lo que lamento.