Quiero escribir sobre las Navidades, sobre las Nochebuenas, sobre el color y el sonido de mi ciudad, sobre las personas y sus planes y sus sueños. Quisiera decir lo que recuerdo de los únicos años en los que verdaderamente fui feliz; quisiera relatar de los pregoneros de cariocas y de uno en especial que rajaba el comienzo de la noche con una voz que estoy escuchando en este momento: "Crocante Habanero de chocolate y maní, a centavo el paquete", quisiera saber qué era, porque nunca lo probé. Quisiera hoy, Miércoles 13 de Diciembre de 2017, estar ensayando en el coro de la escuela, los villancicos, "arbolito, arbolito, campanitas te pondré..." o Adeste Fideles. Quisiera escuchar las voces de Barbarito Diez y Benny Moré y a Fajardo y sus Estrellas, y a Jorrín y La Aragón y a la Riverside con Tito Gómez y a Guillot y Celia Cruz con la Sonora Matancera, y a Rolando Laserie, "que te vas, que te vas, entonces viviré si tú te vas", y tanta música nuestra inundando la ciudad con canciones que a mis 70 no he olvidado, y sentir cómo mi ciudad bailaba un son un danzón, un cha cha cha, bailando con ella misma en ese movimiento acompasado, con esa sensualidad que un día, sin que nos diéramos cuenta, se fue por un camino cualquiera, o no, cualquiera no, sino por el "dichoso" camino del exilio.
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miércoles, 13 de diciembre de 2017
martes, 5 de diciembre de 2017
Nostalgia
Yo era de los que decía que la
nostalgia era maldita. Lo decía y lo digo. Ahora me pego a cada rato y escucho
canciones en inglés de los 70s, y aunque no quiera, los fantasmas llegan,
suavecito, sin que puedas detenerlos, porque, cuando te percatas, ya están
aquí, acompañando cualquier canción de John Denver, Queens, Cat Stevens, así , como si nada,
dueños del ámbito de mi corazón o de mi mente.
Comúnmente no escucho estas
canciones, pero estamos en Diciembre, que es el más especial del año, que debía
serlo y ahora, para mi ya no lo es, porque se convierte en un torbellino de
jóvenes desandando por Estrada Palma buscando "La Popular" e irse de fonoteca a
saltar y a beber hasta que una melodía de Chicago corre por las venas, una y
otra vez y no piensas porque la música lo hace por ti y tu estúpida ingenuidad
hace que te sientas un ciudadano del mundo, un tipo libre y feliz con estos
tontos a los que quieres así, de verdad. No, no puedes pensar que muchos de
ellos van a salir de tu vida, por Cisneros abajo, o por Padre Valencia o por un
callejón cualquiera y en un yate por el puerto de Mariel, insultados,
humillados para regresar con los años siendo otros, me atrevería a decir sin
tener nada que ver con los que bailaban en el Dancing Ligth de La Popular, y
mucho menos con los que llenan mi corazón mientras Gilbert O'Sullivan provoca un raro sentimiento de cariño
cantando Alone Again. Sigo y seguiré preguntándome, ¿ Por qué?
jueves, 12 de octubre de 2017
Pequeño homenaje a Carlos Victoria
Foto: inCUBAdora
Hoy 12 de Octubre, Día de la Hispanidad cumples el primer decenio de tu último viaje, el único que has hecho sin fumar, el único que un buen día te sumirá en el olvido como a tantos. Dicen que dejaste una carta en la que decías que habías sido feliz. Bueno, la felicidad es tan efímera que se puede resumir quizás en una simple sonrisa o en una sonora carcajada.
No tengo mucho que decir sino que aun te quiero y que siempre serás el hermano menor que no tuve. No estoy en forma, estoy enfermo, pero lo único que puedo decirte es que soy una de las pocas personas que te recuerda todos los días y que, todos los días, agradece haberte conocido. Gracias por haber existido 57 años, Carlos Manuel Victoria y Olivera. Gracias por haber sido mi eterno mejor amigo.
sábado, 7 de octubre de 2017
Camelia
Foto: Calle República en Camagüey por la década de 1950
Desde muy pequeño he sentido
una atracción inexplicable por el universo interminable del negocio del placer,
de las "damas de la noche ". Mira que he tratado de explicármelo y no lo
logro, puede ser esa parte femenina que tenemos todos, que se inclina al pecado
de la lujuria y lo multiplica y lo envicia, así mismo, en una adicción al
hombre que supongo, acabará con la muerte. Yo tuve un amigo mucho mayor que yo,
que a cada rato me decía que el ya no quería acostarse con nadie, que lo que
soñaba era con tener en su mano un miembro contundente y sopesarlo y mirarlo,
que con eso se conformaba, solo con eso, ni
siquiera besarlo sino sentirlo, adorarlo como a una reliquia, y dar
gracias a Dios por haber creado algo tan hermoso. Era muy simpático, pero esas
palabras las decía tan en serio que uno no podía burlar aquella adoración deslumbradora porque
mientras lo hablaba, miraba su mano ahuecada y veía y sentía el imaginario peso
de un falo poderoso.
Lo de las putas era el
"bisne", ganar y en nuestra
ciudad, por lo que me cuentan, las había para todos los gustos y de todos los
colores y categorías. Baratas, caras, y algunas que hablaban idiomas para
ocuparse con norteamericanos que andaban por aquí. Me dicen que tenían médicos
que las atendían y que muchísimos años atrás tenían su día para salir a las
calles de comercios y que esos dias, los
Lunes, las arterias de Camagüey, República y Maceo, se llenaban de mujeres
vestidas con colores brillantes y con los rostros maquillados de manera exagerada,
y que los muchachones se pelaban por irlas a ver y que algún dependiente y
hasta un dueño, buen hombre, padre de familia, de misa dominical e hijos en
colegios católicos, echaban un "mira quien viene" y pagaban gozosos el encuentro en la trastienda
y ellas, como si tal cosa, gastaban en perfumes baratos, retazos de telas
de colorines y barquillas de helados y
manzanas y bocaditos de lechón, minutas de pescado y formaban un revuelo que
las señoras escribieron al obispo y al alcalde, pero dicen, dicen que el
alcalde tenía predilección por las puticas jóvenes y el Obispo Monseñor se hacía
el de la vista gorda ante los lunes comerciales de las rameras y éstas seguían
revoloteando y llenando las tiendas con sus perfumes, con sus carcajadas y
volviendo locos de ganas a heladeros, refresqueros, fruteros, y todos los
vendedores de baratijas y a moros, libaneses, chinos, gallegos y hasta polacos
que, detrás de los mostradores, se
enganchaban en el delicioso juego de habilidades amorosas que sólo una buena y
cabrona puta puede proporcionar. Las cartas de las señoras dieron su fruto años
más tarde, cuando un buen lunes, dejaron de aparecer y desde entonces no hubo el bullicio de sus voces,
risas y escarceos y algunos comerciantes lloraron de una nostalgia que jamás
habían sentido.
Por las mañanas, cuando sacaba
a Tobías, mi pequeño perro, algunas veces me sentaba con Enrique en el quicio
de su casa y conversábamos de cantidad de cosas, y un día una oración mágica
me sobresaltó: "eso no pasaba ni en el bayú de Camelia". El corazón
se me detuvo y el fascinante nombre de
Camelia se me ha quedado como un golpe sonoro. Tengo un amigo que me dice que
en mis reencarnaciones anteriores yo tuve que ser puta y asesino por mi
predilección por la novela negra y todo tipo de programas y series de
asesinatos. Para que tengan una idea, cuando se publicó "A Sangre Fría"
de Truman Capote, hace medio siglo, me la leí de un tirón y terminé con fiebre.
El bayú de Camelia lo he usado
en dos de mis folletines radiales y no me cansaré nunca de ella, ese nombre me
atrae y mucho mas la verdad o la leyenda que me contó mi vecino, que jamás lo
visitó, que Camelia tenía un prostíbulo en la calle Rosario y en el que se
armaban unas broncas de altura, porque la mayoría de los clientes eran guajiros
armados, con mucha plata y parece que con afición a disparar; guajirones que
tenían los bolsillos llenos de billetes y un revólver en la cintura y que
habían cabalgado mucha distancia para jalarse y enredarse con una de las
pupilas y si estaban ocupadas, no vacilaban en sacar a tiros de los cuartos y
acabar con la quinta y los marañones y salir que jodían al galope disparando al
aire con una oriental en las ancas. Siempre pasaba lo mismo y allá te va
Camelia al juzgado y el juez, esto no puede
ser y Camelia, ¿qué quiere usted que haga? Y eran hijos de papá y no
pasaba nada. Camelia, resignada se iba al burdel y todo empezaba igual hasta el
próximo tiroteo, decía Enrique que no sabía cuál fue el final de Camelia y su
famosa casa de citas.
Antes de saber de Camelia, en
1983, escribí "Día tras día", otro de mis folletines por cierto con
gran audiencia. Una mañana al llegar a la emisora, la recepcionista me entregó
un papel con un nombre y un teléfono. Llamé y la mujer que me salió me invitó a
su casa en la calle Progreso o Esteban Borrero, antigua calle de prostíbulos y
eso me impresionó, me preguntó cuándo podría ir a visitarla y le dije que esa
misma mañana y al rato estaba tocando una puerta que no demoró en abrir y al
mirarme mientras yo entraba me dijo que yo era muy joven, le dije mi edad y me
siguió diciendo que era muy joven, qué cómo pude escribir con tal seguridad la
vida en una casa de mujeres de la vida, las comidas, los maltratos de algunos
hombres, que era como si hubiera vivido allí o si yo había recibido información
de alguna mujer que hubiera estado en una casa de esas y yo le dije que no, que
todo había salido de mi mente, que me
hubiera gustado mucho haber ido, que siempre sentí atracción por esos lugares.
Era una mujer triste, con voz
cansada, con el alma cansada y el cuerpo muy cansado, como desplomada en un
viejo balance, habló poco y hubo un momento que sentí una necesidad enorme de
huir y casi lo hice, ni siquiera le pregunté por qué vivía en esa calle, al
levantarme ella lo hizo y me abrazó. Me dijo que, a pesar de no hacer
esa vida, para muchos seguiría siendo una puta, tuve intenciones de decirle
algo, pero me quedé callado. Ella, a mi lado me repetía mientras yo salía que
mi cerebro era privilegiado, le di las gracias y casi salgo huyendo.
Me dijo que se llamaba Dolores
y el nombre le venía como caído del cielo. Pero en su mirada presentí un raro
brillo de nostalgia, quizás a las agitadas noches del lupanar, donde a veces
tenía que ocuparse con ocho y hasta diez hombres ávidos de placer o la música
que envolvía aquel sitio, que no eran más que boleros llenos de reclamos y
despecho y que salían una y otra vez de un colorido traganíquel.
lunes, 2 de octubre de 2017
Homenaje a Pablo Verbitsky
Ayer recibí un correo de Pablo, un correo que desbordaba una enorme alegría, un correo exultante donde me anunciaba el nacimiento de Eva, una nieta más, pero Pablo se siente muy feliz de ser un patriarca, justamente en la tierra de los patriarcas, o sea, Israel. No se de cuál de las doce tribus descenderá y no creo que importe mucho. El hecho es que este ser humano ha sido un tipo muy cosmopolita. Nacido en Argentina, descendiente de judíos rusos, estuvo por México , luego Italia y en un momento de su vida y deslumbrado por las voces entusiasmadas de los cubanos y su gobierno, se dejó caer en Camagüey, esta ciudad que le abrió los brazos y le dio todo el afecto que sabe dar cuando le da la gana, porque es una ciudad antojadiza y en ocasiones, como todas las ciudades muy importantes, voluble y hasta hipocritona. El caso es que Pablo se establece en Camagüey y por sus conocimientos de Teatro pasa a ser director del primer Conjunto Dramático de Camagüey y en esos años sesenta del pasado siglo dirige diferentes obras de teatro, especialmente latinoamericanas con éxito de público siempre. El Conjunto llegó a tener renombre nacional y todos los años hacia temporada de un mes en la sala de teatro más prestigiosa del país: la Hubert de Blanck en La Habana. La década del sesenta fue para mi una sucesión de horrores y bondades que no puedo explicar; lo mismo andaba por las nubes que me arrastraban al cieno para luego alabarme y al instante estrellarme hacia el polvo. Era para volverse loco y más, pero yo andaba por los diez y tanto y casi tomaba con indiferencia el aborrecimiento de los mediocres dirigentes de la cultura en mi ciudad, que de cultura sabían lo que yo de billar que jamás he cogido un taco en la mano.
Pues, en una de esas
rachas de crueldades y odio que padecí, un mediodía en la Pizzería La Piazza
estaba Pablo con su esposa, la actriz Elvira Cruz, buena actriz, con una de las
voces mas bellas que han subido a las tablas nacionales, y Pablo se me acercó y
me dijo que el quería que escribiera una obra para él y ya en ese momento, con
los olores de las salsas y el bullicio circundantes sentí por él, el mismo
cariño fraternal que siento ahora, cincuenta años después. Se me ocurre El Cuadrilátero, un enfrentamiento de ideas sociales y políticas de personajes de antes de la
revolución y de aquel presente de los sesenta. Silvio hizo la musica, Daniel
Grajales la escenografía, para mi muy impresionante y lo que más disfruté en
aquel tiempo fue el entusiasmo de Pablo dirigiendo mi texto. Ahora pienso lo
mismo que medio siglo atrás y es que Pablo amaba lo que hacía y escuchaba y
preguntaba a todo el mundo y era receptivo a la crítica, naturalmente después
de la consabida perreta argentina. La crítica destrozó el texto. Yo entré a un
terreno resbaladizo y prohibido: el cuestionamiento. Pecado mortal, pero Pablo
no hizo mucho caso de aquello y me dijo que quería montar seguidamente Dos
Viejos Pánicos de Virgilio Piñera y que yo fuera escribiendo otra obra. Siempre
fue un soñador y, claro, un romántico. Sé, que a estas alturas es como no
saber, que hubiéramos hecho buenas cosas, pero, agazapado en una de las
esquinas estaba el mal y, como era de esperar, ganó la batalla, y si no fuimos
tildados de diversionistas ideológicos, es me parece, porque ese término no
estaba en uso por aquellos años.
El Conjunto Dramático se
desmembró y, como todas las cosas valiosas, pasó un tiempo a "la memoria y
el olvido". Luego Pablo comenzó a trabajar en la radio nacional donde hizo
muchos programas y no hace tanto, ya estando en su estado que no sé como decirlo,
digamos que "de aquí pa' yá", se le otorgó el Premio Nacional de Radio, pero este
hombre no es gente de esa que se envanezca por esto o lo otro. Como dije al
principio donde está a sus anchas es donde están sus hijos y su esposa Marylin
Manero quien lo ha tolerado con su carácter envidiable por más de cuarenta años, y a quien conocí cuando estaba preñada de su primer hijo que ahora le ha dado
una nieta en tierras judías.
Pablo no es perfecto ni
el mejor hombre del mundo. Nadie lo es, pero entre los honores que me ha dado la
vida, Pablo Verbitsky, es uno de los verdaderamente valiosos y por eso me
alegra que esta persona, este argentino, cubano, por demás camagüeyano y además
hebreo, esté con los suyos en la tierra de sus antepasados, esperando, como un
Jacob del siglo veintiuno, tras haber batallado con el ángel que llevamos todos
en el alma, subir las escaleras de luz, como un buen sujeto más.
martes, 26 de septiembre de 2017
Alférez
Durante la década de los
setenta, escribí una serie de biografías noveladas para la radio. Eran nombres
conocidos y vidas desconocidas de patriotas destacados en las guerras
libertarias del siglo XIX, vidas relatadas por investigadores que, de cierta
manera, podían cambiar hechos y caracteres según su conveniencia o su modo de
pensar. Al menos yo lo creía así cuando comencé a escribir El Generalísimo,
basada en lo que se conocía sobre Máximo Gómez desde su aparición, en la Guerra
De Los Diez Años, a las órdenes de Donato Mármol, y llevando a cabo, a los
pocos días de estar en las filas del ejército mambí, la primera carga al
machete, acción que impidió que los españoles intentaran recobrar la plaza
bayamesa, en poder de los cubanos desde el 18 de Octubre de 1868, por lo que
logó su primer ascenso al grado de alférez. Por miles de razones me
entusiasmé con la historia de este hombre que ni siquiera era cubano.
Por una sola razón mi
amor a Cuba fue entrando en mi y es algo que ha ido creciendo a
medida que he ido envejeciendo. Yo
imaginé a un ser humano con unas cualidades que lo convertían en un mito. Humamo,
severo, militar inflexible y justo, con un inmenso amor a su esposa, Bernarda
Toro y a sus hijos y a sus subalternos. Un jefe generoso, un hombre, en todos
los aspectos, respetable. En una palabra, me llené de admiración por este
general al que considero una figura extraordinaria, en este entresijo
increíble, en el que se ha convertido nuestra historia antigua, media y
contemporánea. Historia formada, transformada y vuelta a tratar de ser formada
de nuevo, lo cual, resulta imposible.
He recibido a lo largo
de mi vida una serie de reconocimientos, distinciones, premios, medallas, pero
hay una a la que mi corazón atesora muy especialmente y es la medalla de cobre
patinado por el 150 Aniversario del
Nacimiento de Máximo Gómez Báez. Las personas que decidieron otorgármela tienen
todo mi agradimiento. Todo mi respeto. En este símbolo de metal sentí y aún siento
una señal de comprensión y hasta perdón, por parte del Generalísimo y esto me llena
de regocijo y no puedo evitar que no vuelva a mi memoria mi abuela Eugenia
Salcedo hablando de su esposo Blas Rodríguez Aguilera, también alférez del ejército
cubano en la conocida como Guerra del Noventicinco. Mi abuela se fue al monte
con su esposo y pasó parte de la contienda haciendo las veces de enfermera en
un hospital de campaña. Allí tuvo a su primer hijo, Emilio y luego a la
segunda, Ramona, luego vendrían doce mas. Catorce hijos en trece partos, ya que
mi padre, Jose Julián, igual que Martí, fue mellizo con otro varón. Yo siempre
he tenido mis problemas en eso de formarme un lío con cualquier cosa, a veces
con razón y otras sin ella como es el problema del segundo apellido de mi
abuelo Blas a quien le otorgué un parentesco cercano con Francisco Vicente Aguilera,
un gran patriota que, según mimmadre fue un hombre que entregó todo su
patrimonio a la causa cubana cuando La Guerra Grande y que andaba por las
calles de Nueva York aterillado de frío y con los zapatos desfondados. Mi madre
Gloria admiraba a Aguilera y esto fue suficiente para que yo con cuatro o cinco
años le dijera todo el mundo que mi abuelo Blas era primo hermano de Aguilera
por parte de madre. Eso aún lo creo.Uno de los momentos en mi vida que me
siento seguro de vivir en un sitio y no en otro, uno de los instantes donde se
me hace realidad lo que dijo Eliseo Diego, eso de que nacemos en un sitio y no
en otro sino para dar testimonio, insisto, cuando me pasa como una ráfaga por
la mente mi abuelo Blas galopando con la caballería y portando la bandera
ondeante, en ese instante, el corazón rebosa orgullo. Es algo físico algo que
tiene que ver con la tierra, exactamente. Mi tio Enrique Rodríguez Romero,
primo y esposo de Mercedes Rodríguez y padre de Elia, uno de mis grandes amores
familiares, mi tío, tenía por costumbre salir por los potreros de la finca y
casi siempre me llevaba con él. Yo, pésimo jinete en una yegua blanca y boba
que se moría por azúcar y él en la suya, trotona con las crines oscuras y el
rabo más oscuro y el cuerpo canelo, una belleza de bestia, salíamos, como el
decía a cazar marabú. Juraba que pagaba mil pesos al que encontrara una mata de
marabú por sus tierras. Amaba a la tierra, agradecida, decía como mujer
paridora, suave y buena para el maíz, el ñame, la yuca, el boniato, rica en
palmares, guásimas, algarrobos, atejes y bandadas de guineos pintos, y cateyes
y pericos y torcazas y tojosas y caos y tomeguines, negritos, zorzales y
sinsontes con el más bello canto mañanero y yo a decirle a Quique, tío, nosotros
somos parientes de Aguilera y tu padre y mi abuelo son Rodriguez Aguilera, son
primos o no, y él si tú lo dices, ahora me entero, pero puede ser, y yo, que se
murió de frío en Nueva York porque no tenía zapatos y caminaba descalzo por la
nieve, y él que si eso me enseñaban los curas y yo que no, que mi madre que se
había leído “El Tesoro de la Juventud” completo y un montón de libros, que
siempre leía y el, leyó que nosotros somos parientes de Aguilera y yo, no no,
pero seguro que lo somos porque dice mi abuela que en este mundo todo el mundo
es pariente de todo el mundo.Ah sí, vamos a coger marañones pa que Mercedes
haga un dulce.
En múltiples ocasiones
mi abuela Eugenia recitaba estas palabras como una especie de plegaria casera
antes de alguna ceremonia familiar, que en ocasiones estaba aromada por
semillas de marañón tostadas encima de un trozo de teja de zinc. La sacerdotisa
de este ritual, que por demás solo sucedía los domingos a eso de las dos de la
tarde, en el patio donde había una mata de anón, otra de chirimoya y varias de
galanes de noche, estas últimas al lado del excusado, era mi tía Inés, que con
los años se volvió loca y que murió encima de mi cuando la llevábamos, en la
máquina de Miguelito, hizo un vómito negro, raro, llegó cadáver al Hospital…
Este introito para decir como comenzaban los
recuerdos de mi abuela, me ha gustado escribirlo, como me gustaba la sorpresiva almendra deliciosa y de la que no podíamos hartarnos
porque éramos un montón de primos. “En Cuba ya no hay hombres”, que va, hombre
era Blas, mi marido. Lo afirmaba de manera contundente y acto seguido hablaba sosteniento
un gancho de pelo muy largo entre los dientes, y terminaba por afirmar el gran
moño en su cabeza y continuaba conque Blas no le temía a las balas de los
gallegos, claro que no, las balas le tenían miedo y huían para que él pasara
llevando la bandera, lo mismo en la infantería que en la caballería, porque se
peleaba como fuera, a pié o a caballo, cuando el se iba yo gimoteaba y rezaba
pa que no le pasara na, y qué iba pasar si era mas rápido que las balas, la
única que lo mató fue la del tétanos, que lo pasmó y se quedó tieso y con una
sonrisa mortal, ahí si que no hubo manera, viejo, qué caramba, se lo llevó a
viaje, quién se lo iba a decir a él, que era un toro, flaco, pero un toro. La
voz de Eugenia Salcedo y Bencomo, era suave, casi como un arrullo, no, no era
chillona como la de Cata, ni la de Clara cuando se encabronaba o Carmen que
casi siempre estaba encabroná y peleaba hasta con su sombra, suave como roró,
como una nana de duérmete mi niño. El solo arrancó la hierba mala de la finca,
y sembró to lo que quiso, y a pulmón fuimos saliendo, y él cabrón con los
americanos y él trajo el primer toro y la primera vaca, Mamey y Teodora y
apenas Emilio, que nació en medio de la guerra, en aquel hospital de campaña,
tuvo tamaño, jaló pal monte y ordenaba en la madrugá y fue hombre antes de
tiempo y se casó con Manuela y tuvo lo suyo, sus hijos y bruto pero trabajador
como nadie. Si usté quiere matar a mis cinco muchachos, quíiteles el trabajo y
se van a morir en ná de pasión de ánimo, esos puñetros quieren má a la tierra, aunque
parezca una barbaridá, que a las mujeres, menos José, que no quiso quedarse
cuando vinimo pal pueblo dijo que quería tar con papá. Y hablaba de todo, de los heridos que curaba
como enfermera en el hospital improvisado en la manigua donde tuvo a sus dos
hijos mayores, Emilio y Ramona que yo la conocí ya tonta a causa de una
operación en la que le aplicaron anestesia raquídea y la dejó como a una niña y
que logró que se me quitara el miedo a los muertos cuando falleció y yo estaba
mirándola fijo porque me aseguraron que haciendo eso no le iba a
tener más miedo a los muertos, un miedo que me duró un año y dos meses. Ramona
nunca lo sabrá pero me pasmó uno de los terrores más grandes que pueda sentir un muchacho de once años.
Mi abuela Eugenia
hablaba de montones de cosas, de como meterle el brazo a la tierra y lograr ver
el fruto, y de en el monte, no hay bicho
malo como por ahí, por otras tierras que das un paso y te sale un jubo venenoso
o un majá que te mata, no, que aquí gracia a Dio na de eso, que lo majase y lo jubo
son vainá comparao con otro y como se sintió de alegre al nacer el primer
potrico y ver que al poco tiempo había bestias pa to el mundo y así fue
creciendo todo, los algarrobos y la madera fin pallá atrás, cedros, caobas, dagame
baría y vaya usted a saber. No había riqueza, no, pero si abundancia de tasajo
y cuajá y miel de los panales en los piñones y plátanos y, oiga, con plátano y
tasajo ripiao y un arró con manteca e puerco y un vaso e leche atrá, quién para
aun hombre como Blas, nadie, bueno sí,
el tétanos. Como el decía, no hay madre como la tierra, es la mujer mas
agradecía de toas, no lo dudei…………
Como es de esperar,
aquellas tardes se quedaron en mi cabecita, domingo por domingo, o bien pudín
mechado con conserva o dulce de toronjas que parecía cristal o mermelada o la
merienda que mas le gustaba a mi abuela, un trozo de queso fresco y platanitos
manzanos. Y todo aquello, mi abuelo Blas, Alferez como el primer grado militar
de Máximo Gómez, el parentesco, inventado por mi con Francisco Vicente
Aguilera, agonizando bajo una nevada intensa y descalzo en cualquier calle
neuyorkina en 1877, que no supo ni del
Pacto del Zanjón que fue el toque final de su inmolación por Cuba, mis tíos,
guajiros fieles a la tierra y, por demás a Cuba, me formaron un respeto que se
irá conmigo cuando me vaya, respeto que siento y oigo cuando alguien la maldice
como culpándola de todo lo que sucede, que no es poco, porque ella no se
entera, está allí acariciada por las aguas del Caribe, iluminada por el sol que
nos alumbra, seductora mujer de Las Antillas, mulata y blanca y negra y china,
rica y simple, bella y sin par, reina del placer y del amor, hermosa, la más
hermosa que ojos humanos hayan visto, culpable de qué si nos ama todos, los
verdaderos culpables somos nosotros, nos ama y, lo mejor de todo, nos perdona.
martes, 19 de septiembre de 2017
¿Cabeza...sombrero...?
David Lago González. Foto: El País
En su última carta, escrita unos meses antes de morir,
David Lago González, comenzaba con un dicho muy llevado y traído: " a ti
te va a llegar el sombrero cuando no tengas cabeza". Viniendo de David,
estas palabras podrían tener varias lecturas: un comentario banal, una
advertencia o una maldición.
La gente, mucha, hablan de cómo se cambia en el exilio, eso es
común: Ha tomado la Coca Cola del olvido. Soy testigo de eso, y si alguna vez
me molestó, ahora, con el tiempo y los recuerdos, he llegado a comprenderlo. No
hay tal Coca Cola, lo que sucede con todos, al menos con aquellos amigos de la
juventud, es que inconscientemente tuvieron que cambiar. No es lo mismo vivir
en Camagüey, la odiada y amada Camagüey, que verse de la noche a la mañana en
ciudades desconocidas y sin un vecino que te invite a tomar café o te abra la
puerta para que te refugies en su casa, como le pasaba a Agustina González, que
tenía terror a los truenos y por cuánto se iba a quedar sola en García Roco
#61, apenas se formaba cualquier tormenta, iba a casa de Blanca o la de enfrente, de la señora Emilia, muy
cariñosa.
Hablar de Agustina oprime el corazón, su universo era la
cocina y en él hacía divinidades de una belleza única: un flan de coco,
"dorado como un clavellina", que hubiese asombrado al mejor joyero
cuando, momentos antes de servirlo como postre, temblaba aterrado porque en un
instante sería apuñalado y puesto en los platos, y que al llevártelo a la boca veías a Dios en
todos los rincones de aquel inolvidable comedor.
Yo llamaba muchas veces a David y en una de esas, hablando
con Agustina me preguntó si yo comía tiburón y le dije que sí, cosa que era una
gran mentira, porqué jamás lo había probado, pero al día siguiente, estábamos
los cuatro a la mesa, esperando que Agustina trinchara un trozo de casón como
untado de una salsa que lo volvía apetecible y cuando celebrabas el mojo con que
había sido asado al horno, ella sonreía con la cabeza inclinada, un gesto
picaresco, habitual de la gente de por allá por Esmeralda, complacida y muy
honrada por ser la gran cocinera de la calle García Roco. Hoy por hoy Doña
Agustina Gonzalez Fagundo, tiene que andar muy afanada preparando los almíbares
celestiales y merengues, panetelas y pudines que hacen del paraíso católico, un
sitio muy apetecible.
Las palabras que Agustina me dijo al despedirse fueron
que Dios haría que pronto nos viéramos,
y yo sabía que más nunca los vería a los dos. Era abril un mes más de
1982, una primavera inexistente como casi todo en los últimos tiempos, ni
cines, ni esperanza, ni medicinas y yo deambulo lleno de vergüenza, abusado por
tantos, no solo los de adentro sino también engañado por muchos de la diáspora,
personas que me han apuñalado traperamente, como silenciosos asesinos que me
odiaran haciéndome creer que me apreciaban, y esa voz que me repite como una
lejana y cercana melodía: Camagüey, sus miles de campanarios, sus calles y sus
casas, parques y plazas fueron tu cuna; Camagüey, con sus repiques y sus
tinajones, con su tedio y su sonrisa,
será tu tumba.
"A ti te va a llegar el sombrero cuando no tengas
cabeza", escribiste, David y ya no la tengo, estos últimos años han
acabado con ella. No hay ni un sólo sombrero que le sirva. Y ojalá me
equivocara.
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