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jueves, 12 de octubre de 2017

Pequeño homenaje a Carlos Victoria


Foto: inCUBAdora

Hoy 12 de Octubre, Día de la Hispanidad cumples el primer decenio de tu último viaje, el único que has hecho sin fumar, el único que un buen día te sumirá en el olvido como a tantos. Dicen que dejaste una carta en la que decías que habías sido feliz. Bueno, la felicidad es tan efímera que se puede resumir quizás en una simple sonrisa o en una sonora carcajada.
No tengo mucho que decir sino que aun te quiero y que siempre serás el hermano menor que no tuve. No estoy en forma, estoy enfermo, pero lo único que puedo decirte es que soy una de las pocas personas que te recuerda todos los días y que, todos los días, agradece haberte conocido. Gracias por haber existido 57 años, Carlos Manuel Victoria y Olivera. Gracias por haber sido mi eterno mejor amigo.

sábado, 29 de julio de 2017

Fefa

Foto: Biblioteca Provincial "Julio Antonio Mella", antes Liceo de Camagüey

Josefa Gómez trabaja en la Sala de Literatura de la Biblioteca recién inaugurada. Yo soy el socio número 20 y voy todos los días y de repente, como quien no quiere las cosas. Fefa y yo intimamos y se convierte en mi consejera literaria. Yo tengo 15 años y he leído a muchos autores, pero Fefa, cautelosa,me va prestando libros, poco a poco y así leo por países, norteamericanos, rusos, españoles, latinoamericanos, franceses, en fin que andaba con la cabeza llena de letras, a punto de entrar a estudiar pintura, casi al enamorarme del ser más perfecto de Camagüey, y era feliz. Había logrado desprenderme de un grupo que no me gustaba y solo por aquí, por allá, entrando y saliendo de algunas tiendas que aún se parecían a lo que fueron pero sin serlo y  era feliz y, como siempre, como aun lo hago, cantando cientos de canciones, y era feliz, digo yo, porque para nada me molestaba la soledad y, como ahora, tenía una facilidad para hacer empatía con cualquiera, ancianos, barrenderos, gente común que son las que más me han rodeado.

Pero Fefa no era ni por asomo, una mujer común sino todo lo contrario, adivinaba tu estado de ánimo y entraba al almacén y salía con algo sorprendente, diciendo, esto te va a encantar, y pégale el cuño, que te encantaba y luego lo comentaba contigo como si tu fueras todo un literato. Lo que más me gustaba de ella era su sencillez y lo que más me sorprendía era una alergia que le provocaba una andanada de estornudos mas veloces que los segundos.

Fefa se murió un domingo. Murió como vivió, apacible y sin ostentaciones. Voy a resaltar lo que para mi era su gran distinción, su habilidad para leer entre líneas. La que yo considero mi obra más importante: Las Hijas de Lux Vazquez, escrita entre 1976 y 1977, la única obra que pienso se ha escrito en Cuba sobre nuestras guerras libertarias y es una exaltación a  nuestra nacionalidad y a nuestra libertad, tiene un parlamento, que la única persona de todos los que la leyeron, que supo mi verdadera intención al escribirlo, fue Josefa Gomez y me lo dijo y me felicitó. " Has dicho algo osado, pero tan bien dicho que es imperceptible, un buen texto." Y lo más importante, me anunció la presencia de quien sería mi mejor amigo y así fue, el más amado, el Carlos de los sesenta del siglo pasado, el que aún vive en mi corazón y que morirá conmigo como el otro amor, el tipo más perfecto de Camagüey, el que nunca logré apresar con estas envejecidas manos.

lunes, 17 de julio de 2017

Adiós, que triste fue el adiós

Carlos Victoria. Foto de Eva M. Vergara. Revista Conexos

Qué tú dices, mima. Que ojalá les vaya bien, ustedes tienen, mimo, un animal rabioso entre las piernas y eso no es bueno porque lo llevan a donde quiera que vayan. Un animal rabioso, mima, pero lo tenemos en la misma sangre.

El tiempo no era como el de ahora, que va, al menos en la casa vieja había fresco, claro, la casa vieja tenía el techo de tejas criollas y el puntal alto, una casa construida en 1925 y terminada en los primeros días de 1926. Tenía una cocina abierta al mundo, al sol, al cielo ya las campanas de todas las iglesias de Camagüey. El llamado a misa de las campanas entraba por la cocina y uno sentía que la ciudad vivía, que bullía en un sonido que no era prolongado, en los días silencio, que los había, días de esos de cielo plomizo si aguzabas el oído, se escuchaban las campanas de la Iglesia de La Caridad,  y había quien decía que oía las de San José, casi llegando a la plaza  de Méndez.

Las ciudades cambian, los habitantes también, todos cambiamos cada día porque el pensamiento que teníamos ayer sobre algo, hoy es diferente. Todo se mueve, imperceptiblemente, sin que lo sientas, hasta el ritmo de tu corazón y el dolor del alma, el mal dolor, se transforma. El dolor que dejó en mi la partida de mis más queridos amigos ha ido cambiando a lo largo de los años y también el cariño se ha transformado en unas raras evocaciones de un pasaje cualquiera, en el Bosque, en La Feria, en alguna Fonoteca o un parque. A veces ellos forman un conjunto irreal enmarcado en un paisaje real, un ámbito al cual puedes ir ahora mismo. Ya por una canción, especialmente, se vuelve contra ti un 31 de Diciembre, cualquiera de los setenta. Se ha dado en llamar a un quinquenio de los setenta, gris, pero para nosotros, pesar de presidios injustos y decisiones fatales, al menos para mí, los setenta brillan como años de oro, nuestros años felices. De mis amigos con el que tenía un código de humor que no fallaba era con Carlos. Supongo que poco a poco, desde el inicio de la amistad más hermosa y sólida que he conocido, fui haciéndolo reír con mis locuras, improvisaciones, anuncios y un sartal de cosas que, sin más allá ni más acá, lo sorprendía hasta la carcajada. Catorce años después del 1980, al encontrarnos, se había perdido la espontaneidad de nuestra relación. Había cambiado, inevitablemente mucho más serio y mucho más amargado. Ya en ese momento, septiembre del 94, se había establecido el ritual de las llamadas todos los primeros martes de mes a las seis de la tarde. Sucedió hasta cuatro meses antes de su muerte. A los pocos días le fue diagnosticada la enfermedad que lo llevó al suicidio y yo sabía. Desde antes de Junio que algo le pasaba pero él lo negaba. Sólo sé que sufrió dolores terribles gracias a que no permitió que se le hiciera el procedimiento quirúrgico habitual en su caso y debe haberlo pasado pésimo. Yo no pude ni siquiera llamarlo, yo estaba bloqueado, raro, casi indiferente al suceso, negándolo hasta su muerte como si con mi falsa incredulidad yo evitara que una de mis personas más amadas  rabiara y no tuviera siquiera compasión de sí mismo. 
Uno no conoce totalmente ni siquiera a sus padres o a sus hijos, a su familia. Esa sentencia de ¨yo sí que lo conozco, a mí no me puede engañar´´ es totalmente falsa. Alguien se te puede revelar súbitamente como el reverso de lo que pensabas conocer y creo que eso me sucedió con Carlos. El ser que murió el 12 de Octubre de 2007 era alguien que rezumaba todo el dolor y la angustia de 57 años que ni siquiera los privilegios que le proporcionó el destierro, si es que el destierro en realidad puede darnos privilegios,  pudieron amainar. Todo lo que sé de Carlos es por lo que me contó ya en Cuba, ya desde el exilio, y si de alguien no puedo fabular es de él. La pasó como tantos, como yo mismo, arrastrando la cruz que le toco como yo arrastro la mía hacia un Gólgota, me atrevería a decir que miserable, sin nadie al lado.


Porqué dices eso, mima. Lo sé mijo, yo he conocido a muchas personas pero a alguien con una tristeza tan grande el rostro, mijo, solamente a él. Ya descansó. Es lo mejor que le pudo pasar, si, llora, mijo, muchas veces he creído que lo querías más que a mí. No sé, mima, ahora no sé, ahora…ya no se ni a quien quiero y mucho menos lo que quiero. Lo sé mimo. Mima, las campanas, y esto no es locura, todas las campanas de Camagüey suenan tristes, como si lloraran. Y lloran, mijo, claro que lloran.            

lunes, 16 de marzo de 2015

El Paquete



Carlos y yo siempre estábamos puestos de acuerdo. Esa fue la característica más constante de nuestra amistad a lo largo alrededor de cuarenta años y esa noche no iba a ser  diferente. Realmente no habíamos quedado de vernos en ningún sitio en específico y tampoco si nos íbamos de parranda o, en su defecto, para la casita de Malvina y Tobías, a jugar dominó, juego el que, solamente, se poner fichas. 
El lio es que iba hacia los cines, quiero decir que caminaba hacia la Plaza de la Soledad, creo que se estaba proyectando Amarcord de Fellini, y en el poste que había frente a la entrada del Casablanca, estaba Carlos quien había sufrido en pocas horas una insólita metamorfosis; ah, quiero aclarar que, casi todos los mediodías, Carlos venía desde Tagarro, en las afueras de la ciudad, a mi casa a tomar café y ese día pues fue como todos, hablamos de no se qué y se marchó de nuevo al INDAF que tenía sus cuarteles generales practicamente a la salida de Camagüey hacia las provincias occidentales. Pues ahí estaba, muy sonriente y yo asombrado a más no poder porque Carlos estaba convertido en todo un maniquí: camisa carmelita de mangas largas con unos pequeños diseños en blanco, un pantalón del mismo color que la camisa, y lo mejor de todo, unos zapatos flamantes avellanados. Solamente me dijo: mi tía mandó un paquete, tienes que ir a verlo todo, hasta un mosquitero tan grande que podemos cubrir la casa con el. Y como no podíamos dejar de mostrar el júbilo que nos embargaba, aunque confieso mi poco de envidia, nos fuimos a Vista Hermosa. 
Mis ocurrencias son así. Le había puesto a la casa del Felo y la Pucha eso de Malvina y Tobías por una novela brasileña en la que, dos personajes se quemaban vivos en una casita pequeñísima casi como la de las tenidas de dominó o la timba, como les de la gana. Un éxito el Carlos glamoroso exhibiendo su sorprendente imago. No recuerdo si jugamos dominó o terminamos en un bar, casi seguro, lo que sé es que al día siguiente, al atardecer, entraba a casa de Carlos donde Estrella me fue enseñando una a una toda la ropa que había llegado y muchas cosas más. No era seis de enero, pero los Reyes Magos, se habían dado una vuelta por Jayamá, por la calle Céspedes, pa lla abajo y Estrella, la mamá de Carlos estaba también resplandeciente y era un júbilo contagioso. Estrella no me mencionó a su Dios esa tarde. Pantalones, jeans, medias, calzoncillos, sábanas, un mosquitero inmenso al cual Estrella pensaba achicar, y con el tul que sobraba adornar el rincón donde con algodones y figuras recortadas había en una de las esquinas de la pequeña sala, el sitio de adoración. También venía en el paquete un flamante reloj de pulsera dorada, que ya Carlos mostraba como una joya fabulosa caída del cielo. Estela se botó de peligrosa en Miami comprando esto y aquello, por aquí y por allá y hasta en El Pulguero, que dicen que allá se vende lo mismo que en las tiendas de élite pero a precios mucho más bajos. Yo hubiera vivido de cabeza en El Pulguero, una especie de Tepito del DF, pero sin el horror del asalto. Al reloj tendré que dedicar un punto y aparte, porque si hay algo que adoró Carlos fue ese bendito reloj, coño, fue un amantazgo perfecto.
El caso es que Carlos estaba vestido como persona actualizada, por primera vez en su vida y todo parecía indicar que las camisas raídas y pullovers desvaídos no cubrirían más su desnudez. No fue así exactamente, pero algo de aquel envio se vendió para beber y algo más que para beber, y al fin pues que todo quedó como debió ser. Cosas de Carlos, que ya se fue para siempre hace siete años y pasó lo que NO tenía que pasar, que se fuera primero que yo. Eso no me ha gustado nunca. Hoy voy a hacer una pregunta y el que sepa la respuesta que me la mande: ¿Cómo se sustituye a un ser, que por decirlo de manera común, fue para ti algo más que tu mejor amigo? ¿Cómo?

lunes, 13 de octubre de 2014

Carlos Victoria in memoriam: Mi vida en Cuba fue una pesadilla

Por Ivette Leyva Martínez
En el verano de 1999 llegué a Miami desde Londres para realizar mi tesis de maestría, que estaría dedicada a producir un documental de radio sobre los cambios en la comunidad cubana después de las últimas oleadas migratorias.
Entre los artistas e intelectuales con los que hablé entonces para mi trabajo de grado se encontraba el escritor Carlos Victoria. La entrevista que dio inicio a nuestra amistad se realizó el 18 de junio de 1999 en el noroeste de Miami; fue una conversación de una hora y 15 minutos grabada en formato digital. Yo tenía 26 años, había llegado a esta ciudad hacía tres meses y desconocía los pormenores de muchas historias ocultas de la Cuba que había dejado atrás. Este fue uno de los primeros testimonios que escuché -en primera persona- sobre la brutal represión que sufrieron muchos intelectuales cubanos durante el llamado Quinquenio Gris.
Durante años la grabación permaneció en una gaveta y este verano me decidí a escucharla nuevamente. Además de emocionarme en el recuerdo, me impactó la absoluta vigencia que conservan sus palabras.
Este 12 de octubre, en el séptimo aniversario de la muerte de Carlos, me parece una fecha propicia para publicar este testimonio a manera de homenaje y recordación del excepcional escritor y del entrañable ser humano que fue. Se trata de una versión abreviada de la entrevista, en la que aborda sus problemas en Cuba, la aventura literaria de la revista Mariel (1983-1985) y su relación con el ex ministro de Cultura Abel Prieto, entre otros temas.
La conversación completa -una de las pocas grabaciones de la voz de Carlos que existen- pasará como donación a los archivos de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami...seguir leyendo en Caféfuerte
Foto: Carlos Victoria en Miami. Agosto de 1984. Archivos de José Rodríguez Lastre

lunes, 11 de agosto de 2014

Momento de Carlos Victoria


La editorial Verbum acaba de publicar este ensayo de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. El séptimo capítulo esta dedicado a Carlos Victoria y aparece una entrevista hecha a su amigo Nikitín en agosto de 2011. (Pinche las imagenes para leer)






viernes, 11 de octubre de 2013

Las tardes

a la memoria de tantos que se han ido...

Las tardes tenían un encanto especial en García Roco #61. Era el momento del domingo, del día que fuera en la casa de Agustina González y David Lago, padres de Lázaro David (Davicito), que tenían un hermoso tocadiscos Admiral en la saleta de su casa donde escuchábamos los discos que llegaban de manera incomprensible de Glendale o de Venezuela, el caso es que nos la pasábamos escuchando una música que no se ponía en las emisoras cubanas, y que nosotros disfrutábamos gracias a los familiares de alguno. La casa de David era hermosa y siempre nos concentrábamos alrededor del tocadiscos. Por lo regular nunca se abría la ventana a no ser que hubiese alguna fiesta, pero total, que todas las tardes lo eran y, a veces, circulaba el vino en unos vasos llenos y nos embriagábamos suavemente con las canciones y el tinto. Por aquello disfrutábamos de una rara sensación de clandestinos o de burladores de la ley, porque si bien no había ningún estatuto en la constitución que dijese que era prohibido escuchar aquel tipo de música, de manera tácita se sabía que no nos miraban bien por eso. En realidad cuando pienso en esta casa, en aquellas tardes, recuerdo a Agustina moviéndose como la dueña de la sazón, la reina de los aliños, la emperatriz de la cocina porque mientras los Beatles sonaban en el tocadiscos, Cat Stevens, el que fuera, ella preparaba unos sofritos cuyas emanaciones nos venían por oleadas y aquello se mezclaba con las ondas sonoras y era, realmente, una delicia.

Las tardes en García Roco #61 convertían a Camaguey y muy especialmente a La Vigía en un paraíso para todos porque eran tardes de esplendor, de brillos de fuegos de artificio en nuestras mentes juveniles donde casi todo era posible. Teníamos la certeza de que alguien estaba pendiente de aquellas reuniones y lo pudimos comprobar tiempo después cuando nos vimos involucrados en un asunto con la policía política, pero esto no viene al caso y por lo tanto es mejor hablar de otra cosa: Teníamos otra salida. También teníamos la radio y cuando no sonaba el tocadiscos con Simon and Garfunkel o Jethro Tull, nos la pasábamos entonces oyendo a dos emisoras enemigas o que nos decían, como todo lo que provenía de Estados Unidos, que era propaganda enemiga, a la WQBS y a la WQAM que se convertían en tablas de salvación a la que nos aferrábamos para estar al tanto del TOP musical. 

Pasaban años y meses y se iba acercando 1980, el año que cierra con broche de oro una parte de la historia nacional, que se destaca por la salida más que masiva por el puente del Mariel. Mis amigos, los más queridos, estaban preparando una maleta que tendrían que cargar vacía, sin equipaje alguno; la maleta de una vida rota, de una familia rota, rotos ellos mismos que abandonaron Cuba casi sin darse cuenta en precarias embarcaciones que, milagrosamente, no perecieron en la travesía. EL MARIEL, ese capítulo aparte de la existencia de nuestra nación y del que no se ha hablado lo suficiente e pesar de que han sucedido treinta y tres largos años. ¿Como pasó?¿Quien lo inició?¿Quien dio la orden de partida o quien convocó a los de Miami a llenar aquel puerto de todo tipo de embarcaciones en las que venían a recoger a sus familiares y que además en muchos casos fueron llenadas por presidiarios? ¿Cómo fue que salió una generación de cubanos que apenas cabía aquí y pienso que, en algunos casos, tampoco cabía allá y han quedado, como confesó mi mejor amigo, más que amigo un hermano, Carlos Victoria, que el "vivía en tierra de nadie" cuando nos encontramos después de 14 años? Eran los mios, mi gente, la que yo había elegido para transcurrir con ellos mi vida entera y se acabaron, eran parte de lo mejor de mi vida, ahora, muchos, no sé, pueden haber muerto, otros deambulan y viven en sitios como Nueva York, Madrid, Buenos Aires o Lima, pero la mayoría en Miami y ya pasan todos de los sesenta. ¿Qué hacen que llevan a Cuba mucho más que dentro del alma?¿Qué hablan, qué piensan de mi, que ya ni siquiera puedo sufrir porque ni vale la pena sufrir?








domingo, 5 de mayo de 2013

La dolorosa historia de Catalina Rodríguez


A mi tía Cata

Durante años, Catalina Rodríguez Salcedo, hija de Blas, alférez del Ejército Libertador y nacida en mil novecientos tres, vivió sumida en un silencio más profundo, algo que, sin dudas, se podía tocar, que se podía palpar.

Este silencio comenzó en 1971 cuando su única hija y sus dos nietos abandonaron definitivamente el país en el mes de Abril. Su vida cambió por completo y solamente se oía espantar a las gallinas cuando venían hasta su cocina y que se criaban en el inmenso patio de la casa. Catalina vivía al lado nuestro y todo lo que hacía se sentía acá, del otro lado: toses en la madrugada, a veces comentarios en voz baja y hasta uno que otro suspiro que a mi se me antojaba que era de desesperación. Poco a poco fui ocupando el lugar más importante en su vida, contaba conmigo para todo y, a pesar de mi alcoholismo, siempre confió en mi y terminó por quererme casi como a su hija. Yo resolvía las pocas cosas que hubo que hacerle cuando ya decidió no salir más a la calle, entre ellas, cobrarle la lamentable pensión de asistencia social que constaba de unos 44 pesos mensuales que cualquiera que tenga un dedo de frente puede entender que esto no es dinero ni es nada en el país que sea. Su hija la ayudaba desde USA pero a partir de 1991, en el mes de agosto, lapidó la memoria hacia su madre y se puede decir que colocó la losa sobre su madre y esto sucedió cuando nuestro país comenzó a padecer de una rara epidemia económica sin precedentes que se ha dado en llamar, como a tantas otras cosas lamentables con el rimbombante nombre de Período Especial en Tiempos de Paz, algo que pasa de ser un mero significado de uno de los momentos más alocados de la nación y que aún en el 2013 no ha concluido del todo. 

En enero de 1997 Catalina tuvo la fractura de cadera que finalmente la llevaría a la muerte. Durante once meses padeció de una invalidez que hasta le prohibía llevarse la cuchara a la boca y yo tenía que darle la comida mientras hablábamos a gritos, ya que estaba casi sorda, pero la pasábamos tranquilo. Es cierto que yo apenas dormía pendiente de cuando me llamara para cualquier cosa, pero recuerdo ese tiempo como algo bueno y que aún yo no había perdido la fe en el Dios de mis mayores, lógicamente el Dios de Catalina, castigador e implacable en sus designios, al menos para con ella. Ahora me viene de pronto la imagen de mi tía, sentada en la silla de ruedas que mi madre usó por siete años, llorando desconsoladamente y diciéndome que "quería saber de los suyos", o de que trataba de buscar una palabra, una noticia, algo que acabara con aquellos seis años de silencio absoluto por parte de su hija. Carlos Victoria me dijo una de las veces que hablamos por teléfono, que no fueron pocas ya que me llamaba todos los meses desde Miami, que había personas que decidían olvidarse de los suyos de acá, lo cual no entendí, porque era como olvidarse de haber nacido de alguien, o vivir en un limbo familiar que para mi, que lo soy tanto, resulta totalmente incomprensible. No creo que nadie pueda olvidar a su madre, para bien o para mal tiene que recordarla de alguna manera, cosa que parece haber sucedido con la única hija de Catalina, que la sacó de su cabeza o de su corazón o de los dos lugares a la vez por una sencilla razón, porque mi tía era mestiza, así como suena, según mi padre la más atrasada de catorce hermanos, la que heredó la negritus de María Bencomo, la madre de mi abuela Eugenia y estoy seguro que esa fue la causa, porque lo que sí sé, es que ella, la hija de Catalina, Olga Juliana, la negaba desde niña, cuando estaba en la escuela de monjas, diciendo a las compañeras de aula que su madre era la sirvienta de la casa. Eso lo oí desde que nací. Pero no es motivo para silenciarse, esa no es la causa para borrar al ser más importante de la vida de otro ser; eso no puede convertir un sentimiento de agradecimiento por haberte criado en un desprecio devastador hacia una anciana de 94 años que clama por la presencia de una hija. Y lo hizo. ¿Por qué? ¿Porque su madre era mulata? ¿Porque su odio hacia mi era visceral? ¿Porque era homofóbica y yo representaba ante sus ojos a lo más despreciable de la naturaleza humana? ¿Por eso? ¿Por ser quizás más extremista o pertenecer a la ultraderecha de Miami o algo por el estilo? ¿Por borrar su vida en Cuba lo cual era imposible ya que había vivido treinta y cinco años en su país y sus hijos, hembra y varón, eran cubanos y por más aún camagueyanos? ¿Porque quería hacer borrón y cuenta nueva?,Para estas preguntas no hay respuestas, no las hay. Catalina murió el once de Noviembre de 1997 a las doce del día, tranquila, recibiendo la oración de una vecina que tenía sus manos entre las de ella mientras yo me negaba a que aquello pasara por mucho que, desde hacía rato, mi padre me lo venía diciendo. La habíamos pasado, aquella persona que se iba ya y yo muy mal...?

Habíamos atravesado algo triste, penoso, demasiado angustiado, como para que la dejara ir así, sin más y me quedara solo con mi padre...Era el noventaisiete del siglo XX, el Gran Siglo y la humanidad se revolvía entre atentados, crecimiento económico en muchos países y en otros no, pero Cuba, como siempre, distinguiéndose de las demás, viviendo un tiempo de escasez que no era más que un tiempo de miseria aguda donde hasta algunos se quitaron la vida por la desesperación de no tener ni un comino de esperanza: Cuba, la más bella, agonizando en su propio caldo, en su plataforma insular y una vez más sometida a sacrificios en aras de un futuro que había perdido hace mucho tiempo. Y nada más queda por hacer otra pregunta, una pregunta que mi tía Catalina Rodríguez se hubiera hecho o quizás se la hizo en los momentos, en los inmensos momentos de soledad a los que se vio sometida: ¿Qué es un Período Especial en Tiempos de Paz? ¿Qué carajo es eso?