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martes, 27 de febrero de 2018

Avenida de la Caridad


Postal antigua de la Avenida de la Caridad

Ayer por la tarde salí. Domingo. Ese raro silencio camagüeyano, esa ausencia de vida, yo casi solo por la calle, subiendo por San Clemente en busca de Cisneros, y al doblar por esta, esa eterna curva en bajada que finalmente desemboca en el puente que se abre ya al Casino Campestre, y a la Avenida de la Caridad, al cruzar la Carretera Central. Iba a casa de un amigo y luego a la de dos. Pero la Avenida me dio esa bofetada que me da el recuerdo a cada rato, ese golpe de luz, esa belleza que está oculta en un recodo de tu respiración o de tu alma, da lo mismo, porque la nitidez de los rostros, de los cuerpos, incluso de la ropa, te deja paralizado en instantes de tu vida que no sabes cómo, se vuelven un ahora que se escapa, que no puedes apresar como no puedes apresar el rostro de un actor para besar sus labios, en cualquier filme de tu vida. A pesar de todo es algo hermoso esa batalla, apenas perceptible, entre presente y los miles y miles de pasados y como solucionas todo en segundos para transformar lo que no fue en lo que tu quisiste y aun quieres que sea, en lo que amaste, amas, y amarás hasta que mueras; y esos instantes de un felicidad desconocida, conmueven hasta el paisaje urbano que te rodea, y el esplendor de carcajadas, abrazos, caricias veloces te van envolviendo en la asombrosa realidad de lo que no existió, pero que existe en ti, porque es algo que no has tenido tiempo ni de imaginar. Y sigues caminando hacia la plaza, tan agradecido  de tu ciudad, de toda la gente que pudo haberte hecho feliz, y no solo pudo, no, sino que aún puede. Y con setenta largos años, sonríes alegre por las calles que amas porque Camagüey, es para ti es el universo  del único amor que mantienes vivo en tu mente y en tu alma de eterno adolescente. El verdadero amor que no duele.
Domingo por la tarde, algo que nunca me ha gustado. Domingo por la tarde de Febrero, algo que me dio el delicioso respiro de la más bella sorpresa.

domingo, 21 de enero de 2018

Jubilación

Alguien que ha estado muy de cerca de mis folletines radiales me ha dicho que escribo usando arcaísmos, pero que me quedan muy bien. Estoy seguro que es así, como estoy más que seguro que arcaísmos o no, no soy una persona que escriba como un hombre del siglo XXI ni mucho menos, porque mi vida se detuvo en un momento que no puedo recordar y empecé a vivir desde atrás y a, sin percatarme, hacer las cosas como mi madre o mi padre o mi abuela materna, y me sumí a repasar hasta recetas de cocina y dulces caseros, que son sabe Dios de cuándo. Por comodidad me adentré, radialmente, en los siglos XVIII y XlX y me parece que, a veces, hablo como si fuera una persona de esos tiempos. No me preocupa en absoluto, me prefiero a los que hacen textos agonizadores, catalépticos, en un afán, inútil, de destacarse o innovar o superar a otros que los antecedieron: la literatura universal está plagada de ellos.
Yo no se qué soy. Hoy primero de Enero de 2018, no lo sé, con 70 años de vida, no lo se, y lo asombroso de mi situación, es que nadie me lo puede decir porque me da la impresión de que las personas que me hacen críticas nobles, me lo hacen por cariño, por conmiseración o algo así, el caso es que no tengo remedio porque voy a seguir plantado en mis trece.

Dentro de pocos días, el 10 exactamente, se cumplirán 49 años que firmé mi contrato con la radio cubana. Fue a muy pocas horas después de haber conocido a una de las personas que más he querido del mundo de las letras: el santiaguero José Soler Puig, un extraordinario personaje y un ser humano de mucho valor; un escritor cuya novela "El Pan Dormido" fue, es y será un hito en la novelística cubana de todos los tiempos, algo que interesa a muy pocas personas. A partir de entonces he sido hacedor de radio, o sea, que he escrito para este medio durante cuarenta y ocho años , que ahora, en este calvario en el que han convertido mi jubilación, no significan nada, me están tratando como al peor de los seres humanos y por eso tengo derecho a pensar que soy víctima del desprecio y la humillación que hemos padecido los que tenemos una definición sexual diferente a lo largo de siglos. De nada valen distinciones, premios o reconocimientos, de nada vale mi respeto a la labor que  he desempeñado y la petición de ayuda que he hecho. Ahora, viejo, desvalido y enfermo, he podido llegar al 2018, gracias a la ayuda de amigos que me aprecian en el exterior y a la caridad de una organización religiosa. Sigo siendo la persona pisoteada que fui al inicio de mi entrada al mundo de las letras y a la salida parece que será lo mismo. Dios me perdone por pensar así, Dios perdone a los que me han dañado sin darse cuenta, incluso sin saber quién soy.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Navidad


Quiero escribir sobre las Navidades, sobre las Nochebuenas, sobre el color y el sonido de mi ciudad, sobre las personas y sus planes y sus sueños. Quisiera decir lo que recuerdo de los únicos años en los que verdaderamente fui feliz; quisiera relatar de los pregoneros de cariocas y de uno en especial que rajaba el comienzo de la noche con una voz que estoy escuchando en este momento: "Crocante Habanero de chocolate y maní, a centavo el paquete", quisiera saber qué era, porque nunca lo probé. Quisiera hoy, Miércoles 13 de Diciembre de 2017, estar ensayando en el coro de la escuela, los villancicos, "arbolito, arbolito, campanitas te pondré..." o Adeste Fideles. Quisiera escuchar las voces de Barbarito Diez y Benny Moré y a Fajardo y sus Estrellas, y  a Jorrín y La Aragón y a la Riverside con Tito Gómez y a Guillot  y Celia Cruz con la Sonora Matancera, y a Rolando Laserie, "que te vas, que te vas, entonces viviré si tú te vas",  y tanta música nuestra inundando la ciudad con canciones que a mis 70 no he olvidado, y sentir cómo mi ciudad bailaba un son un danzón, un cha cha cha, bailando con ella misma en ese movimiento acompasado, con esa sensualidad que un día, sin que nos diéramos cuenta, se fue por un camino cualquiera, o no, cualquiera no, sino por el "dichoso" camino del exilio.

martes, 5 de diciembre de 2017

Nostalgia


Yo era de los que decía que la nostalgia era maldita. Lo decía y lo digo. Ahora me pego a cada rato y escucho canciones en inglés de los 70s, y aunque no quiera, los fantasmas llegan, suavecito, sin que puedas detenerlos, porque, cuando te percatas, ya están aquí, acompañando cualquier canción de John Denver,  Queens, Cat Stevens, así , como si nada, dueños del ámbito de mi corazón o de mi mente. 
Comúnmente no escucho estas canciones, pero estamos en Diciembre, que es el más especial del año, que debía serlo y ahora, para mi ya no lo es, porque se convierte en un torbellino de jóvenes desandando por Estrada Palma buscando "La Popular" e irse de fonoteca a saltar y a beber hasta que una melodía de Chicago corre por las venas, una y otra vez y no piensas porque la música lo hace por ti y tu estúpida ingenuidad hace que te sientas un ciudadano del mundo, un tipo libre y feliz con estos tontos a los que quieres así, de verdad. No, no puedes pensar que muchos de ellos van a salir de tu vida, por Cisneros abajo, o por Padre Valencia o por un callejón cualquiera y en un yate por el puerto de Mariel, insultados, humillados para regresar con los años siendo otros, me atrevería a decir sin tener nada que ver con los que bailaban en el Dancing Ligth de La Popular, y mucho menos con los que llenan mi corazón mientras Gilbert O'Sullivan  provoca un raro sentimiento de cariño cantando Alone Again. Sigo y seguiré preguntándome, ¿ Por qué?



jueves, 12 de octubre de 2017

Pequeño homenaje a Carlos Victoria


Foto: inCUBAdora

Hoy 12 de Octubre, Día de la Hispanidad cumples el primer decenio de tu último viaje, el único que has hecho sin fumar, el único que un buen día te sumirá en el olvido como a tantos. Dicen que dejaste una carta en la que decías que habías sido feliz. Bueno, la felicidad es tan efímera que se puede resumir quizás en una simple sonrisa o en una sonora carcajada.
No tengo mucho que decir sino que aun te quiero y que siempre serás el hermano menor que no tuve. No estoy en forma, estoy enfermo, pero lo único que puedo decirte es que soy una de las pocas personas que te recuerda todos los días y que, todos los días, agradece haberte conocido. Gracias por haber existido 57 años, Carlos Manuel Victoria y Olivera. Gracias por haber sido mi eterno mejor amigo.

sábado, 7 de octubre de 2017

Camelia

Foto: Calle República en Camagüey por la década de 1950


Desde muy pequeño he sentido una atracción inexplicable por el universo interminable del negocio del placer, de las "damas de la noche ".  Mira que he tratado de explicármelo y no lo logro, puede ser esa parte femenina que tenemos todos, que se inclina al pecado de la lujuria y lo multiplica y lo envicia, así mismo, en una adicción al hombre que supongo, acabará con la muerte. Yo tuve un amigo mucho mayor que yo, que a cada rato me decía que el ya no quería acostarse con nadie, que lo que soñaba era con tener en su mano un miembro contundente y sopesarlo y mirarlo, que con eso se conformaba, solo con eso, ni  siquiera besarlo sino sentirlo, adorarlo como a una reliquia, y dar gracias a Dios por haber creado algo tan hermoso. Era muy simpático, pero esas palabras las decía tan en serio que uno no podía  burlar aquella adoración deslumbradora porque mientras lo hablaba, miraba su mano ahuecada y veía y sentía el imaginario peso de un falo poderoso.
Lo de las putas era el "bisne", ganar  y en nuestra ciudad, por lo que me cuentan, las había para todos los gustos y de todos los colores y categorías. Baratas, caras, y algunas que hablaban idiomas para ocuparse con norteamericanos que andaban por aquí. Me dicen que tenían médicos que las atendían y que muchísimos años atrás tenían su día para salir a las calles de comercios y que esos dias,  los Lunes, las arterias de Camagüey, República y Maceo, se llenaban de mujeres vestidas con colores brillantes y con los rostros maquillados de manera exagerada, y que los muchachones se pelaban por irlas a ver y que algún dependiente y hasta un dueño, buen hombre, padre de familia, de misa dominical e hijos en colegios católicos, echaban un "mira quien viene"  y pagaban gozosos el encuentro en la trastienda y ellas, como si tal cosa, gastaban en perfumes baratos, retazos de telas de  colorines y barquillas de helados y manzanas y bocaditos de lechón, minutas de pescado y formaban un revuelo que las señoras escribieron al obispo y al alcalde, pero dicen, dicen que el alcalde tenía predilección por las puticas jóvenes y el Obispo Monseñor se hacía el de la vista gorda ante los lunes comerciales de las rameras y éstas seguían revoloteando y llenando las tiendas con sus perfumes, con sus carcajadas y volviendo locos de ganas a heladeros, refresqueros, fruteros, y todos los vendedores de baratijas y a moros, libaneses, chinos, gallegos y hasta polacos que,  detrás de los mostradores, se enganchaban en el delicioso juego de habilidades amorosas que sólo una buena y cabrona puta puede proporcionar. Las cartas de las señoras dieron su fruto años más tarde, cuando un buen lunes, dejaron de aparecer y desde  entonces no hubo el bullicio de sus voces, risas y escarceos y algunos comerciantes lloraron de una nostalgia que jamás habían sentido.

Por las mañanas, cuando sacaba a Tobías, mi pequeño perro, algunas veces me sentaba con Enrique en el quicio de su casa y conversábamos de cantidad de cosas, y un día una oración mágica me sobresaltó: "eso no pasaba ni en el bayú de Camelia". El corazón se me detuvo y el fascinante  nombre de Camelia se me ha quedado como un golpe sonoro. Tengo un amigo que me dice que en mis reencarnaciones anteriores yo tuve que ser puta y asesino por mi predilección por la novela negra y todo tipo de programas y series de asesinatos. Para que tengan una idea, cuando se publicó "A Sangre Fría" de Truman Capote, hace medio siglo, me la leí de un tirón y terminé con fiebre.
El bayú de Camelia lo he usado en dos de mis folletines radiales y no me cansaré nunca de ella, ese nombre me atrae y mucho mas la verdad o la leyenda que me contó mi vecino, que jamás lo visitó, que Camelia tenía un prostíbulo en la calle Rosario y en el que se armaban unas broncas de altura, porque la mayoría de los clientes eran guajiros armados, con mucha plata y parece que con afición a disparar; guajirones que tenían los bolsillos llenos de billetes y un revólver en la cintura y que habían cabalgado mucha distancia para jalarse y enredarse con una de las pupilas y si estaban ocupadas, no vacilaban en sacar a tiros de los cuartos y acabar con la quinta y los marañones y salir que jodían al galope disparando al aire con una oriental en las ancas. Siempre pasaba lo mismo y allá te va Camelia al juzgado y el juez, esto no puede  ser y Camelia, ¿qué quiere usted que haga? Y eran hijos de papá y no pasaba nada. Camelia, resignada se iba al burdel y todo empezaba igual hasta el próximo tiroteo, decía Enrique que no sabía cuál fue el final de Camelia y su famosa casa de citas.
Antes de saber de Camelia, en 1983, escribí "Día tras día", otro de mis folletines por cierto con gran audiencia. Una mañana al llegar a la emisora, la recepcionista me entregó un papel con un nombre y un teléfono. Llamé y la mujer que me salió me invitó a su casa en la calle Progreso o Esteban Borrero, antigua calle de prostíbulos y eso me impresionó, me preguntó cuándo podría ir a visitarla y le dije que esa misma mañana y al rato estaba tocando una puerta que no demoró en abrir y al mirarme mientras yo entraba me dijo que yo era muy joven, le dije mi edad y me siguió diciendo que era muy joven, qué cómo pude escribir con tal seguridad la vida en una casa de mujeres de la vida, las comidas, los maltratos de algunos hombres, que era como si hubiera vivido allí o si yo había recibido información de alguna mujer que hubiera estado en una casa de esas y yo le dije que no, que todo había salido de mi mente,  que me hubiera gustado mucho haber ido, que siempre sentí  atracción por esos lugares.
Era una mujer triste, con voz cansada, con el alma cansada y el cuerpo muy cansado, como desplomada en un viejo balance, habló poco y hubo un momento que sentí una necesidad enorme de huir y casi lo hice, ni siquiera le pregunté por qué vivía en esa calle, al levantarme ella lo hizo  y me abrazó. Me dijo que, a pesar de no hacer esa vida, para muchos seguiría siendo una puta, tuve intenciones de decirle algo, pero me quedé callado. Ella, a mi lado me repetía mientras yo salía que mi cerebro era privilegiado, le di las gracias y casi salgo huyendo.
Me dijo que se llamaba Dolores y el nombre le venía como caído del cielo. Pero en su mirada presentí un raro brillo de nostalgia, quizás a las agitadas noches del lupanar, donde a veces tenía que ocuparse con ocho y hasta diez hombres ávidos de placer o la música que envolvía aquel sitio, que no eran más que boleros llenos de reclamos y despecho y que salían una y otra vez de un colorido traganíquel.

lunes, 2 de octubre de 2017

Homenaje a Pablo Verbitsky


Ayer recibí un correo de Pablo, un correo que desbordaba una enorme alegría, un correo exultante donde me anunciaba el nacimiento de Eva,  una nieta más, pero  Pablo se siente muy feliz de ser un patriarca, justamente en la tierra de los patriarcas, o sea, Israel. No se de cuál de las doce tribus descenderá y no creo que importe mucho. El hecho es que este ser humano ha sido un tipo muy cosmopolita. Nacido en Argentina, descendiente de judíos rusos, estuvo por México , luego Italia y en un momento de su vida y deslumbrado por las voces entusiasmadas de los cubanos y su gobierno, se dejó caer en Camagüey, esta ciudad que le abrió los brazos y le dio todo el afecto que sabe dar cuando le da la gana, porque es una ciudad antojadiza y en ocasiones, como todas las ciudades muy importantes, voluble y hasta hipocritona. El caso es que Pablo se establece en Camagüey y por sus conocimientos de Teatro pasa a ser director del primer Conjunto Dramático de Camagüey y en esos años sesenta del pasado siglo dirige diferentes obras de teatro, especialmente latinoamericanas con éxito de público siempre. El Conjunto llegó a tener renombre nacional y todos los años hacia temporada de un mes en la sala de teatro más prestigiosa del país: la Hubert de Blanck en La Habana. La década del sesenta fue para mi una sucesión de horrores y bondades que no puedo explicar; lo mismo andaba por las nubes que me arrastraban al cieno para luego alabarme y al instante estrellarme hacia el polvo. Era para volverse loco y más, pero yo andaba por los diez y tanto y casi tomaba con indiferencia el aborrecimiento de los mediocres dirigentes de la cultura en mi ciudad, que de cultura sabían lo que yo de billar que jamás he cogido un taco en la mano.
Pues, en una de esas rachas de crueldades y odio que padecí, un mediodía en la Pizzería La Piazza estaba Pablo con su esposa, la actriz Elvira Cruz, buena actriz, con una de las voces mas bellas que han subido a las tablas nacionales, y Pablo se me acercó y me dijo que el quería que escribiera una obra para él y ya en ese momento, con los olores de las salsas y el bullicio circundantes sentí por él, el mismo cariño fraternal que siento ahora, cincuenta años después. Se me ocurre El Cuadrilátero, un enfrentamiento de ideas sociales y  políticas de personajes de antes de la revolución y de aquel presente de los sesenta. Silvio hizo la musica, Daniel Grajales la escenografía, para mi muy impresionante y lo que más disfruté en aquel tiempo fue el entusiasmo de Pablo dirigiendo mi texto. Ahora pienso lo mismo que medio siglo atrás y es que Pablo amaba lo que hacía y escuchaba y preguntaba a todo el mundo y era receptivo a la crítica, naturalmente después de la consabida perreta argentina. La crítica destrozó el texto. Yo entré a un terreno resbaladizo y prohibido: el cuestionamiento. Pecado mortal, pero Pablo no hizo mucho caso de aquello y me dijo que quería montar seguidamente Dos Viejos Pánicos de Virgilio Piñera y que yo fuera escribiendo otra obra. Siempre fue un soñador y, claro, un romántico. Sé, que a estas alturas es como no saber, que hubiéramos hecho buenas cosas, pero, agazapado en una de las esquinas estaba el mal y, como era de esperar, ganó la batalla, y si no fuimos tildados de diversionistas ideológicos, es me parece, porque ese término no estaba en uso por aquellos años.
El Conjunto Dramático se desmembró y, como todas las cosas valiosas, pasó un tiempo a "la memoria y el olvido". Luego Pablo comenzó a trabajar en la radio nacional donde hizo muchos programas y no hace tanto, ya estando en su estado que no sé como decirlo, digamos que "de aquí pa' yá", se le otorgó el Premio Nacional de Radio, pero este hombre no es gente de esa que se envanezca por esto o lo otro. Como dije al principio donde está a sus anchas es donde están sus hijos y su esposa Marylin Manero quien lo ha tolerado con su carácter envidiable por más de cuarenta años, y a quien conocí cuando estaba preñada de su primer hijo que ahora le ha dado una nieta en tierras judías.

Pablo no es perfecto ni el mejor hombre del mundo. Nadie lo es, pero entre los honores que me ha dado la vida, Pablo Verbitsky, es uno de los verdaderamente valiosos y por eso me alegra que esta persona, este argentino, cubano, por demás camagüeyano y además hebreo, esté con los suyos en la tierra de sus antepasados, esperando, como un Jacob del siglo veintiuno, tras haber batallado con el ángel que llevamos todos en el alma, subir las escaleras de luz, como un buen sujeto más.