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lunes, 17 de julio de 2017

Adiós, que triste fue el adiós

Carlos Victoria. Foto de Eva M. Vergara. Revista Conexos

Qué tú dices, mima. Que ojalá les vaya bien, ustedes tienen, mimo, un animal rabioso entre las piernas y eso no es bueno porque lo llevan a donde quiera que vayan. Un animal rabioso, mima, pero lo tenemos en la misma sangre.

El tiempo no era como el de ahora, que va, al menos en la casa vieja había fresco, claro, la casa vieja tenía el techo de tejas criollas y el puntal alto, una casa construida en 1925 y terminada en los primeros días de 1926. Tenía una cocina abierta al mundo, al sol, al cielo ya las campanas de todas las iglesias de Camagüey. El llamado a misa de las campanas entraba por la cocina y uno sentía que la ciudad vivía, que bullía en un sonido que no era prolongado, en los días silencio, que los había, días de esos de cielo plomizo si aguzabas el oído, se escuchaban las campanas de la Iglesia de La Caridad,  y había quien decía que oía las de San José, casi llegando a la plaza  de Méndez.

Las ciudades cambian, los habitantes también, todos cambiamos cada día porque el pensamiento que teníamos ayer sobre algo, hoy es diferente. Todo se mueve, imperceptiblemente, sin que lo sientas, hasta el ritmo de tu corazón y el dolor del alma, el mal dolor, se transforma. El dolor que dejó en mi la partida de mis más queridos amigos ha ido cambiando a lo largo de los años y también el cariño se ha transformado en unas raras evocaciones de un pasaje cualquiera, en el Bosque, en La Feria, en alguna Fonoteca o un parque. A veces ellos forman un conjunto irreal enmarcado en un paisaje real, un ámbito al cual puedes ir ahora mismo. Ya por una canción, especialmente, se vuelve contra ti un 31 de Diciembre, cualquiera de los setenta. Se ha dado en llamar a un quinquenio de los setenta, gris, pero para nosotros, pesar de presidios injustos y decisiones fatales, al menos para mí, los setenta brillan como años de oro, nuestros años felices. De mis amigos con el que tenía un código de humor que no fallaba era con Carlos. Supongo que poco a poco, desde el inicio de la amistad más hermosa y sólida que he conocido, fui haciéndolo reír con mis locuras, improvisaciones, anuncios y un sartal de cosas que, sin más allá ni más acá, lo sorprendía hasta la carcajada. Catorce años después del 1980, al encontrarnos, se había perdido la espontaneidad de nuestra relación. Había cambiado, inevitablemente mucho más serio y mucho más amargado. Ya en ese momento, septiembre del 94, se había establecido el ritual de las llamadas todos los primeros martes de mes a las seis de la tarde. Sucedió hasta cuatro meses antes de su muerte. A los pocos días le fue diagnosticada la enfermedad que lo llevó al suicidio y yo sabía. Desde antes de Junio que algo le pasaba pero él lo negaba. Sólo sé que sufrió dolores terribles gracias a que no permitió que se le hiciera el procedimiento quirúrgico habitual en su caso y debe haberlo pasado pésimo. Yo no pude ni siquiera llamarlo, yo estaba bloqueado, raro, casi indiferente al suceso, negándolo hasta su muerte como si con mi falsa incredulidad yo evitara que una de mis personas más amadas  rabiara y no tuviera siquiera compasión de sí mismo. 
Uno no conoce totalmente ni siquiera a sus padres o a sus hijos, a su familia. Esa sentencia de ¨yo sí que lo conozco, a mí no me puede engañar´´ es totalmente falsa. Alguien se te puede revelar súbitamente como el reverso de lo que pensabas conocer y creo que eso me sucedió con Carlos. El ser que murió el 12 de Octubre de 2007 era alguien que rezumaba todo el dolor y la angustia de 57 años que ni siquiera los privilegios que le proporcionó el destierro, si es que el destierro en realidad puede darnos privilegios,  pudieron amainar. Todo lo que sé de Carlos es por lo que me contó ya en Cuba, ya desde el exilio, y si de alguien no puedo fabular es de él. La pasó como tantos, como yo mismo, arrastrando la cruz que le toco como yo arrastro la mía hacia un Gólgota, me atrevería a decir que miserable, sin nadie al lado.


Porqué dices eso, mima. Lo sé mijo, yo he conocido a muchas personas pero a alguien con una tristeza tan grande el rostro, mijo, solamente a él. Ya descansó. Es lo mejor que le pudo pasar, si, llora, mijo, muchas veces he creído que lo querías más que a mí. No sé, mima, ahora no sé, ahora…ya no se ni a quien quiero y mucho menos lo que quiero. Lo sé mimo. Mima, las campanas, y esto no es locura, todas las campanas de Camagüey suenan tristes, como si lloraran. Y lloran, mijo, claro que lloran.            

jueves, 13 de abril de 2017

Tobías

Tobías era hijo de Mariposa, la única perra que tuvo mi tía Catalina y a la que traje a la casa vieja cuando esta murió. Mariposa parecía boba y tenía una rara peculiaridad y era que no ladraba, jamás lo hizo; yo pensaba que era muda y un día casi la vuelvo loca haciéndole cosquillas hasta que gruñó y chilló pero no ladró, seguro que no lo hizo. En tres ocasiones un perro  negro de San Isidro la montó. Parece que a Mariposa le encantaba el negro. Todo indica que, en los dos primeros partos, desapareció a la cría porque jamás los vimos. Pero en la tercera, yo por casualidad estaba en la cocina cuando empezó a parir: fueron tres pero solamente se salvó uno, Tobías, el tipo más bueno y más vaina del mundo y que su adoración por mí era enfermiza. Yo ayudé a la vieja perra en su parto y el Tobías  pasó  ser parte de mi familia y la de mi padre pero mi padre se fue a las pocas semanas gracias un infarto y a su negación de ir al hospital a pesar de mis  ruegos. Cuando fuimos ya era tarde.

Tobías no lo conoció y desde finales de enero del 2000 mi perro, Mariposa  y yo entramos al universo mágico de la soledad compartida. Tobías y su madre cometieron el grave pecado del incesto, yo les alertaba de los horrores del Infierno pero ellos se cagaban en eso y cada vez que la perra entraba en celo, ya tú sabes, el horrísono pecado, como diría Fray Bartolomé de las Casas, un buen sacerdote,  creo yo que dominico y que trató al menos de ayudar a los indios taínos y siboneyes que jamás supieron que coño era el misterio de la Santísima Trinidad, cosa que, les confieso yo nunca he llegado a entender del todo. El caso es que  del incesto Mariposa se preñaba y paría, y ni Tobías ni ella insinuaban el sitio donde desaparecían a los hijos, lo cual me llevó al convencimiento de que "los mandaban" lo cual traducido al español quiere decir  que se "los jamaban". Eran perros caníbales, una raza de la casa vieja con el número 310 de San Clemente. La barbarie no siguió porque la pobre perra murió, según un veterinario, de un tumor cerebral bajo un aguacero en el que las goteras terminaron de caer mucho después de haber  escampado. Entonces Tobías hizo un voto de celibato y jamás montó a otra perra, ah, pero cuando olía a alguna en celos, montaba un sainete de aullidos y carreras, y yo  tratando de que se fuera a la calle, tas loco, ni con los guardias. 

Nunca bajó solo del quicio, ni en la casa vieja ni aquí en la que ya no es tan nueva. En la casa vieja yo tuve la suerte, a causa de una crisis de duelo tardío, de caer en un profundo pozo de desesperación, una curiosa anticipación, si en realidad creyera en eso, del verdadero infierno y creo, no, estoy seguro de que el único ser vivo que entendió mi agonía fue Tobías, porque en  las largas  horas que yo pasaba en la cama, él estaba al lado mío, echado allí, esperando que yo lo acariciara de vez en cuando, cosa que, confieso, me pesaba hacer. Me acompañó todo el tiempo y me ayudó porque, gracias a él, me obligaba levantarme e irme a hacer algo de comida, porque mi Tobías no tenía culpa alguna de que me enfrentara a la desdicha de no tener familia, porque las tías que me quedaban vivían lejos, y lograba visitarlas un rato a San Martín cuando salía de la consulta con mi terapeuta, cosa que  hacía esforzándome brutalmente , ya que tenía que viajar en un carretón de caballos hasta el Oncológico que era donde la siquiatra me consultaba, y adonde nunca dejé de ir. Una depresión es indescriptible, al menos para mí, y como el alcohol, que me ha dejado huellas después de veintitrés años de abstinencia, la depresión y otros síntomas emocionales persisten y se irán cuando me vaya.

Un día se me ocurre que Tobías debía conocer a Camagüey y lo saco aún de noche y sin cadena a dar una vuelta por ahí. Él, apenas salimos, empezó a olfatear todo lo que se encontraba por delante mientras yo, con ese empeño a lo Juan Ramón Jiménez, le iba explicando esto y aquello y mira Tobías, las cuatro palmas del Parque y la calle Independencia y la calle Maceo y General Gómez y El Encanto, que fue una de mis maravillas infantiles cuando, mirando a través de la vidriera, se me salían los lagrimones soñando con el tren eléctrico que exhibían por Navidades. Si lo vieras, Tobías, con su estación, los retranqueros, los guardavías, los túneles y el coño de la madre. No puedes imaginar lo que pené por el jodido tren eléctrico y, esto es así, del mismo modo que juré, en aquellos años, que nunca guardaría un quilo; juré que  mi hijo tendría el tren de juguete más grande, pero, Tobías, ni hijo ni tren.  Si hay un instante en el que la ciudad adquiere un tono como de fábula o algo parecido, es el momento que preludia el amanecer, o sea, cuando el cielo adquiere una tonalidad azul que es de una belleza arrolladora, Tobías, y tu olfateando y yo mira, es como un azul cobalto; es como ese azul que he visto en unas láminas de Van Gogh en un cuadro "La Noche Estrellada", un alucine. Creo que si veo un original me paralizo, y mira, es un azul diferente Tobías. Un azul regocijado porque abre con su color la entrada de los colores fabulosos del alba, allá por San Francisco, por donde mismo se forman las aguas que caían cuando yo era un muchacho. Ya ni eso. Pero Tobías es de una indiferencia brutal, ni siquiera se entera cuando ya el sol va saliendo y estamos los dos sentados en el parque, y la luz  comienza a posarse en los penachos de las palmas y hay un verde oro en ellas y una brisa y una vida y una casa y una calle y tú mismo, agradeciendo al Dios que se te antoje, poder apreciar eso, mi perro, que Camagüey se enjoya y se atavía muy elegante para empezar otro día que, bajo esas palmas, puede ser un día fatal y delirante, como la mayoría de estos días. Regresamos bajando por San Isidro buscando Bembeta, Tobías en su empecinamiento de olfatear el mundo, sigue en lo suyo y yo llego casi contento porque hoy es un Domingo de mañana y hay campanas y misas y cultos y oraciones y fe. Si tuviera fe, daría gracias por la belleza que me ha tocado presenciar y lo hago, doy gracias a ELLO por mi Tobías, porque cuando entra a la casa se sacude como si lo hubiese bañado y mueve alegre  el rabo, muy ufano de llevar en su olfato tantos olores diferentes. Entramos al mejor domingo de nuestra vida, él, esperando su leche y yo esperando una sorpresa cualquiera.


Tobías se morirá en Febrero del 2015, en un amanecer soleado; se morirá en lo que yo salgo a tomar café y lo hará tranquilo, reposado y sin dolor, no ha comido en dos días y ni siquiera ha tomado agua, ha intentado levantarse, pero no ha podido.  Cuando lo estamos enterrando en el patio de Efraín, he sentido que con él, lo hice lo mejor que pude y siento la satisfacción de que se ha ido antes que yo porque que habría sido de él si yo me hubiese ido antes: ciego, sordo, lleno de mataduras y convertido en un viejo gruñón. Fue una buena salida y a mí sólo me queda hacer una pregunta: ¿Será cierto que son los mejores amigos del hombre? ¿Será cierto que puede recordarme desde el desconocido Paraíso de los que nos aman más allá de la vida?

miércoles, 8 de junio de 2016

Tributo


Caridad es una persona bondadosa. Caridad se preocupa por mí. Caridad, como se dice, me da vueltas todos los días y siempre se aparece con algo; siempre me está trayendo pequeños presentes, dulces, cosas de comer. Por primera vez en su vida Caridad esta gorda y por primera vez en muchos años ha comenzado a desistir del viaje a España. Este viaje es una historia fabulosa y delirante que yo, en el estado de ánimo en que me encuentro, no puedo describirlo. Si no me muero este año, como tengo previsto, lo haré el año que viene, y si no, todos se quedarán con el deseo de saber de personajes fabulosos, millonarios excéntricos que visitan de noche a Caridad, que la llaman por teléfono y que le dicen que ya todo esta resuelto. El viaje va. Naturalmente, yo soy uno de los pasajeros que se montará en un Iberia enorme hasta Madrid. Eso ni Caridad lo sabe, pero el tipo fabuloso y excéntrico si. Ropas, comidas, paseos, exposiciones en las mejores galerias de Europa, divino, como ella dice, divino, tu lo vas a ver.

Anoche, repito, por primera vez, me dijo que si el viaje no se daba, nos teníamos que seguir jodiendo. O sea, que nos vamos a seguir sumergiendo en esta jodedera que es la vida camagüeyana diaria, sale y busca y encuentra lo que aparezca y ella, Caridad, compra lo que sea, lo mismo llega con una tartaleta, con un poco de gofio, una papaya, una berengena, bicarbonato, tabletas antiácidas, lo que sea. Se lo gasta todo y siempre está sin un kilo. Ella recibe, ademas de su pensión, una dádiva por algo que ella define como « personalidad en desgracia », de veincicinco ceucés (CUC), que equivalen a mas de quinientos pesos, los gasta en un santiamén, una pensión de doscientos setenta que se evapora como el agua, pero es que este le pide y ella le da y de pronto otro le vuelve a pedir y ella le da…porque tiene uno de los corazones mas nobles que yo haya podido conocer y es buena no se ni como. Porque si hay alguien que le cae mal, pero muy mal a Dios es Caridad. Con su rostro deformado de nacimiento y sus temores y su timidez y su demencia de hace mas de cuarenta años. Ella dice que lo ha resuelto sola, que ella no ha tenido mas nunca que tomarse una pastilla para domir. Caridad tiene un enorme talento para la pintura. De hecho nos conocimos en las escuela de arte hace cincuenta años y desde entonces, siempre, hemos estado muy cerca;  y desde entonces siempre ha querido irse del pais y desde entonces nunca se ha podido ir y no se va a ir. ¿De qué manera si cuando le sugieres que tiene necesidad de un pasaporte te arremete conque « el tipo fabuloso » lo va a resolver todo? Hace años yo la disuadía. Yo utilizaba un ardid inapelable que la sacaba de quicio. Cuando llevaba un tiempo suficiente hablando del viaje yo me limitaba a decirle : eso es imposible. Allí estallaba y salía dando un portazo y los vecinos me contaban que iba peleando en voz alta y maldiciendome y todo lo que le diera la gana y estaba un dia sin aparecer, pero al otro dia ya venía o viene con algo en las manos que puede ser dulce de coco o maní molido.

Caridad es mi angel tutelar. Caridad no tiene televisor, no tiene radio, no tiene mas que una cama, una mesa, una cocina de gas licuado cuya bala y la instalación de la misma, se la han robado en los últimos tiempos cuatro veces y no solo eso, sino que le han llevado hasta las ollas con comida y la ropa y el dinero porque, simplemente, no cierra la puerta mas que para dormir. ¿Por qué? Si alguien quiere saberlo que se lo pregunte a ella. Caridad, entre otras cosas tiene a su hijo en el extranjero y a su hija con trastorno mental severo en un lugar donde albergan a niños con esos problemas. Pero la hija de Caridad no es una niña, ya tiene casi cuarenta años y el varón pasa de esa edad y anda por México y la ayuda cuando puede, digo yo, y le manda algún dinero que se volatiliza al segundo, cuando puede o cuando quiere.
Caridad Hernández Carlos es una de las mejores dibujantes que he tenido la oportunidad de conocer. En la escuela de arte era la mejor. Dibujaba las manos de los modelos con una facilidad extraordinaria. En estos dias pinta, he visto lo que hace y me resulta muy hermoso. Ultimamente ha hecho exposiciones personales porque en la UNEAC la aprecian y siempre le consiguen algun tipo de material. Tiene la casa limpia, organizada y viene casi todos los dias. Soy el unico asidero que tiene y le gusta ver seriales y novelas de afuera, mexicanas, colombianas. Antes leía mucho, ahora no lee, ahora vaga por la ciudad con la espalda encorvada, caminando con dificultad, arrastrando los 66 anos junto a la SOLEDAD mas cruel, sádica, implacable y creyendo en la virgen.


Caridad es mi amiga. Es un honor muy grande que lo sea. Agradezco serlo y solo espero que si me voy primero esté a mi lado y viceversa. Es una gran persona que, marcada por el sufrimiento, aún tiene la intención de ser feliz cuando lleguemos al termino del viaje.¿ Por qué a veces Dios le da la espalda a personas bondadosas?

lunes, 16 de marzo de 2015

El Paquete



Carlos y yo siempre estábamos puestos de acuerdo. Esa fue la característica más constante de nuestra amistad a lo largo alrededor de cuarenta años y esa noche no iba a ser  diferente. Realmente no habíamos quedado de vernos en ningún sitio en específico y tampoco si nos íbamos de parranda o, en su defecto, para la casita de Malvina y Tobías, a jugar dominó, juego el que, solamente, se poner fichas. 
El lio es que iba hacia los cines, quiero decir que caminaba hacia la Plaza de la Soledad, creo que se estaba proyectando Amarcord de Fellini, y en el poste que había frente a la entrada del Casablanca, estaba Carlos quien había sufrido en pocas horas una insólita metamorfosis; ah, quiero aclarar que, casi todos los mediodías, Carlos venía desde Tagarro, en las afueras de la ciudad, a mi casa a tomar café y ese día pues fue como todos, hablamos de no se qué y se marchó de nuevo al INDAF que tenía sus cuarteles generales practicamente a la salida de Camagüey hacia las provincias occidentales. Pues ahí estaba, muy sonriente y yo asombrado a más no poder porque Carlos estaba convertido en todo un maniquí: camisa carmelita de mangas largas con unos pequeños diseños en blanco, un pantalón del mismo color que la camisa, y lo mejor de todo, unos zapatos flamantes avellanados. Solamente me dijo: mi tía mandó un paquete, tienes que ir a verlo todo, hasta un mosquitero tan grande que podemos cubrir la casa con el. Y como no podíamos dejar de mostrar el júbilo que nos embargaba, aunque confieso mi poco de envidia, nos fuimos a Vista Hermosa. 
Mis ocurrencias son así. Le había puesto a la casa del Felo y la Pucha eso de Malvina y Tobías por una novela brasileña en la que, dos personajes se quemaban vivos en una casita pequeñísima casi como la de las tenidas de dominó o la timba, como les de la gana. Un éxito el Carlos glamoroso exhibiendo su sorprendente imago. No recuerdo si jugamos dominó o terminamos en un bar, casi seguro, lo que sé es que al día siguiente, al atardecer, entraba a casa de Carlos donde Estrella me fue enseñando una a una toda la ropa que había llegado y muchas cosas más. No era seis de enero, pero los Reyes Magos, se habían dado una vuelta por Jayamá, por la calle Céspedes, pa lla abajo y Estrella, la mamá de Carlos estaba también resplandeciente y era un júbilo contagioso. Estrella no me mencionó a su Dios esa tarde. Pantalones, jeans, medias, calzoncillos, sábanas, un mosquitero inmenso al cual Estrella pensaba achicar, y con el tul que sobraba adornar el rincón donde con algodones y figuras recortadas había en una de las esquinas de la pequeña sala, el sitio de adoración. También venía en el paquete un flamante reloj de pulsera dorada, que ya Carlos mostraba como una joya fabulosa caída del cielo. Estela se botó de peligrosa en Miami comprando esto y aquello, por aquí y por allá y hasta en El Pulguero, que dicen que allá se vende lo mismo que en las tiendas de élite pero a precios mucho más bajos. Yo hubiera vivido de cabeza en El Pulguero, una especie de Tepito del DF, pero sin el horror del asalto. Al reloj tendré que dedicar un punto y aparte, porque si hay algo que adoró Carlos fue ese bendito reloj, coño, fue un amantazgo perfecto.
El caso es que Carlos estaba vestido como persona actualizada, por primera vez en su vida y todo parecía indicar que las camisas raídas y pullovers desvaídos no cubrirían más su desnudez. No fue así exactamente, pero algo de aquel envio se vendió para beber y algo más que para beber, y al fin pues que todo quedó como debió ser. Cosas de Carlos, que ya se fue para siempre hace siete años y pasó lo que NO tenía que pasar, que se fuera primero que yo. Eso no me ha gustado nunca. Hoy voy a hacer una pregunta y el que sepa la respuesta que me la mande: ¿Cómo se sustituye a un ser, que por decirlo de manera común, fue para ti algo más que tu mejor amigo? ¿Cómo?

sábado, 21 de febrero de 2015

Entrevista


Estaba sentado en el parque con un amigo, cuando llegaron hasta nosotros dos periodistas. Ella con un micrófono y él con la cámara de video. Un tanto alejado, un señor vestido de azul claro, venía hablando por un celular. Ella nos preguntó que si podía entrevistarnos y mi amigo habló por los dos. A él lo entrevistaron primero, parado delante de la estatua de Agramonte, le dijo lo que le dio la gana y yo me la pasaba mirando al niño azul que seguía murmurando al teléfono todas las incidencias de lo que estaba ocurriendo en el lugar de los hechos. Terminó con Julio y entonces se acercó a mi diciéndome que ya sabía que yo era escritor, le contesté que yo era folletinero de culebrones radiales de provincia, pero ella, evidentemente mexicana y más que agradable, insistió en que lo que yo hacía era escribir, lo que fuera, pero que como me sentía con que la UNESCO hubiera declarado al casco histórico de mi ciudad "Patrimonio de la Humanidad" y todo eso que a mí ni me iba ni me venía, porque esa declaración de patrimonio no habría de cambiar mi vida y mucho menos la de la ciudad. 


Ella era una maravilla de simpática y yo le dije que como había nacido aquí en Camagüey, como había vivido toda mi vida aquí y estaba seguro de que moriría aquí muy en contra de mi voluntad, se rió, dije cuatro barbaridades y el azulado señor del móvil al otro extremo del banco seguía en su ronroneo, pienso que tratando, cosa que le iba a ser imposible, de repetir lo que yo decía porque, hablé en voz baja y muy rápido. De todos modos estaba siendo filmado y como siempre tengo ganas de joder, les dije que uno de los lugares más hermosos que tenía la ciudad era la Plaza de San Juan de Dios y los mandé para allá. El muchacho de la cámara me dijo algo del sol, que casi se estaba yendo y yo los apremié para que fueran rápido y filmaran la plaza y que de entrada podías ver todo limpio y bonito, pero que le dieran la vuelta al edificio que, su trasero lo tenía bien jodido y que era posible que con esto de la declaración de patrimonio y todas esas zarandajas decidieran limpiarle las nalgas al antiguo convento de San Juan de Dios que, en un tiempo fue hospital de niños. 

Antes que ellos nos agradecieran por haberles concedido la entrevista, ya Blue estaba caminando hacia la calle Cisneros adelantándose un poco como un transeúnte más, y en el abur de arranque los jóvenes, ya dije que eran descendientes directos de Moctezuma, es que a mí se me ocurre preguntar a qué agencia pertenecían y la muchacha me contestó que a Reuters, y le dije a Julio: nos acabamos de inmortalizar. Saldremos en todos los noticieros del orbe, seremos vistos por millones de espectadores, posiblemente nos contraten para la entrevista eterna y sigue viviendo que yo tengo hambre y me voy a comer algo. Entonces agarré por San Isidro abajo hasta Bembeta, que es la calle donde vivo, y me dije que seguro la periodista era homofóbica y nos borraría del mapa, que el azulito trataría de persuadirla que tanto Julio como yo éramos escoria, churre, apátridas, lo que sea y que, por tanto, nuestras opiniones no podían ser tomadas en serio y que además, es como si lo oyera, éramos dos maricones viejos que jamás comprenderíamos la dignidad de ser patrimonio porque a nosotros no nos interesaba Camagüey ni un pito, sino que seguro estábamos en el parque a la caza de alguien. Jamás voy a ver a esa periodista. Jamás al muchacho de la cámara. Jamás he visto al azulado perceptible, pero no puedo dejar de imaginármelo, aún hoy, en ese musitar infinito, que por demás, era el único movimiento que había en su rostro tan pétreo como el granito sobre el que se encontraba sentado.

¿Acaso salimos en algún noticiero? ¿Alguien pudo saber que , aún hoy día, San Juan de Dios, el convento, sigue con el fondillo al aire? ¿Ha cambiado en algo esta vida mortecina de una ciudad asfixiada por ella misma y que no tiene escapatoria posible? ¿Seguirá el niño azul con su musitar a un móvil, un Niño Azul, que desgraciadamente jamás será pintado por Gainsborough?