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sábado, 17 de marzo de 2018

La Candelaria (1)


La señora Candelaria, Princesa del Camagüey, va bajando por Cisneros para que la puedan ver. Envuelta en aires dorados, llega al fin a Matadero y de esa calle, una conga,  rompe el precioso silencio, la señora sin pensarlo mueve los hombros y el pelo, mientras baila cadenciosa el baile más bullanguero, y ángeles que la acompañan danzan con paso ligero, arrollando sonrientes con esa eterna sonrisa de hermosos adolescentes que suben Independencia a ver quien llega primero. De calles y callejones vienen nuevas melodías que se suman a la conga formando un canto tan bello y que nadie conocía:

"Flores, flores, ya está aquí La Candelaria, llenando todo de flores"

Por todas partes hay fiesta, porque en todas partes está, esta Niña Candelaria que no deja de fiestar con la sonrisa más bella que ha visto nuestra ciudad, danza por los arrabales, danza por las Avenidas y en repartos y callejas y plazas desconocidas. Nunca fiesta más hermosa Camagüey ha presenciado, porque todo un pueblo alegre, calles, gentes y edificios, sin faltar uno ha gozado.Y así al declinar la tarde y al brillar de las estrellas, la voz de la Virgen bella se oyó en cualquier corazón:

"Camagüey, ciudad divina, tierra de prodigación, donde la miel se suaviza en los frutos a sazón y las sabanas se pierden en horizontes de sol. Tierra de mil manantiales todos llenos de frescor, tierra por Dios bendecida, tierra amada del buen Dios, benditos sean tus paisajes, bendito tu corazón"

Todo se fue silenciando al hablar el corazón, el corazón de la eterna Candelaria con su voz, y hubo una lluvia de estrellas, cosa que a nadie asombró, pues un día de tanto asombro, con otro asombro acabó: Camagüey como un angelito, bostezó suave y durmió.

sábado, 21 de febrero de 2015

Entrevista


Estaba sentado en el parque con un amigo, cuando llegaron hasta nosotros dos periodistas. Ella con un micrófono y él con la cámara de video. Un tanto alejado, un señor vestido de azul claro, venía hablando por un celular. Ella nos preguntó que si podía entrevistarnos y mi amigo habló por los dos. A él lo entrevistaron primero, parado delante de la estatua de Agramonte, le dijo lo que le dio la gana y yo me la pasaba mirando al niño azul que seguía murmurando al teléfono todas las incidencias de lo que estaba ocurriendo en el lugar de los hechos. Terminó con Julio y entonces se acercó a mi diciéndome que ya sabía que yo era escritor, le contesté que yo era folletinero de culebrones radiales de provincia, pero ella, evidentemente mexicana y más que agradable, insistió en que lo que yo hacía era escribir, lo que fuera, pero que como me sentía con que la UNESCO hubiera declarado al casco histórico de mi ciudad "Patrimonio de la Humanidad" y todo eso que a mí ni me iba ni me venía, porque esa declaración de patrimonio no habría de cambiar mi vida y mucho menos la de la ciudad. 


Ella era una maravilla de simpática y yo le dije que como había nacido aquí en Camagüey, como había vivido toda mi vida aquí y estaba seguro de que moriría aquí muy en contra de mi voluntad, se rió, dije cuatro barbaridades y el azulado señor del móvil al otro extremo del banco seguía en su ronroneo, pienso que tratando, cosa que le iba a ser imposible, de repetir lo que yo decía porque, hablé en voz baja y muy rápido. De todos modos estaba siendo filmado y como siempre tengo ganas de joder, les dije que uno de los lugares más hermosos que tenía la ciudad era la Plaza de San Juan de Dios y los mandé para allá. El muchacho de la cámara me dijo algo del sol, que casi se estaba yendo y yo los apremié para que fueran rápido y filmaran la plaza y que de entrada podías ver todo limpio y bonito, pero que le dieran la vuelta al edificio que, su trasero lo tenía bien jodido y que era posible que con esto de la declaración de patrimonio y todas esas zarandajas decidieran limpiarle las nalgas al antiguo convento de San Juan de Dios que, en un tiempo fue hospital de niños. 

Antes que ellos nos agradecieran por haberles concedido la entrevista, ya Blue estaba caminando hacia la calle Cisneros adelantándose un poco como un transeúnte más, y en el abur de arranque los jóvenes, ya dije que eran descendientes directos de Moctezuma, es que a mí se me ocurre preguntar a qué agencia pertenecían y la muchacha me contestó que a Reuters, y le dije a Julio: nos acabamos de inmortalizar. Saldremos en todos los noticieros del orbe, seremos vistos por millones de espectadores, posiblemente nos contraten para la entrevista eterna y sigue viviendo que yo tengo hambre y me voy a comer algo. Entonces agarré por San Isidro abajo hasta Bembeta, que es la calle donde vivo, y me dije que seguro la periodista era homofóbica y nos borraría del mapa, que el azulito trataría de persuadirla que tanto Julio como yo éramos escoria, churre, apátridas, lo que sea y que, por tanto, nuestras opiniones no podían ser tomadas en serio y que además, es como si lo oyera, éramos dos maricones viejos que jamás comprenderíamos la dignidad de ser patrimonio porque a nosotros no nos interesaba Camagüey ni un pito, sino que seguro estábamos en el parque a la caza de alguien. Jamás voy a ver a esa periodista. Jamás al muchacho de la cámara. Jamás he visto al azulado perceptible, pero no puedo dejar de imaginármelo, aún hoy, en ese musitar infinito, que por demás, era el único movimiento que había en su rostro tan pétreo como el granito sobre el que se encontraba sentado.

¿Acaso salimos en algún noticiero? ¿Alguien pudo saber que , aún hoy día, San Juan de Dios, el convento, sigue con el fondillo al aire? ¿Ha cambiado en algo esta vida mortecina de una ciudad asfixiada por ella misma y que no tiene escapatoria posible? ¿Seguirá el niño azul con su musitar a un móvil, un Niño Azul, que desgraciadamente jamás será pintado por Gainsborough?

domingo, 9 de noviembre de 2014

Crimen sin castigo


Para mi que el ruido producido por las teclas de la máquina de escribir al marcar el papel sobre el rodillo, las volvía locas y así fue cuando nos conocimos hace varias semanas. Una primero, más rápida que una flecha atravesó la cocina desde el viandero hacia el refrigerador, metiéndose bajo este y ahí al parecer, desapareció. La segunda fue saliendo de uno de los closets que están bajo la meseta de la cocina y justo yendo bajo el refrigerador. Todo esto lo hacían mientras yo escribía una escena cualquiera, por ejemplo: dos hermanas enfrentadas como perras en celo por un mismo tipo que es un sinverguenza de marca mayor. Otro día hicieron algo sorprendente que fue salir las dos a la vez pero como formando una pelotica de goma y lógico fueron a parar al mismo lugar. Llegué a creer que, bajo el refrigerador, había una colonia de guayabitas, que no son más que unas raticas muy pequeñas y jodedoras y que vivían allí encantadas de la vida al calor que produce el motor del frío. Me entró esa preocupación de que si las enfermedades, de que me enteré que alguien estaba en terapia intensiva con una leptospirosis en estado de coma, y decidí terminar de una vez y por todas con las pequeñas habitantes de mi cocina.

Busqué veneno, un granulado de color parecido al azafrán que, según dicen es lo más eficaz para acabar con ellas en menos de nada. Ellas acabaron con el veneno y quedaron tan frescas como si tal cosa. Me consiguieron otro veneno que consiste en una especie de arroz con cierto olor y sabor que a ellas, según me dijeron, les encanta, y sucedió que jugaban con el a mis espaldas trasladándolo de un lugar a otro, grano a grano como para hacer acopio y guardar el alimento hasta un invierno que nunca llega. El caso es que me tenían muy jodido con sus cabriolas y me juré que ellas o yo, y eso lo comenté con alguien que lo primero que me dijo fue que me buscara un gato, eso no me convenció porque no quiero más animales a mi alrededor y lo siguiente fue que tratara de conseguir una receta de indometacina, que eso las reventaba (sic) y me libraría de ellas para siempre. ¿Para siempre? pensé...Sí, afirmó quien me lo indicaba: para siempre, jamás las verás. Y lo hice. Pulvericé cuatro pastillas de indometacina y lasqueé un trozo de queso en finas telas untadas con el polvo del antinflamatorio y las coloqué en un plato. ¿Dónde? Debajo del refrigerador donde habían decidido esconderse siempre. Esa noche ni las tocaron. Al día siguiente ahí estaba el queso untado de indometacina como si nada. Completo y apetitoso para cualquier ratón. Pasó ese día y se me olvidaron las dichosas guayabitas y al tercer día miro el plato y todo el contenido había desaparecido, o sea, que decidieron comérselo o trasladarlo de lugar, cosa que me llevó a una pesquisa por la cocina totalmente infructuosa. Recordé entonces, así como quien no quiere las cosas que mi amigo Paul Auster, el escritor norteamericano, también escribía en la mesa de la cocina con su máquina Olympia del año de la bomba y que cuando infirió que las cintas de máquinas iban a desaparecer borradas del mapa por la pujanza de la tecnología, llegó a acaparar unas cuantas de ellas, y hay algo que me inquieta y es el hecho de que, posiblemente el sucumbiera a la civilización, y tenga por ahí por su casa alguna que otra cinta porque yo escribo con unas que son recicladas y teñidas por Mario, un señor muy amable que jura que soy el único de los que le compra cintas reentintadas que se queja de que a los pocos días ya no marcan sino con color gris apagado que convierte mi diario trajinar en mi Olympia en tormento visual.

¿Por qué hay que vivir así ¿Por qué hay que usar un medicamento que es para humanos para exterminar ratoncitos cuando los que debieran hacerlo son los supuestos venenos que, dicen, son destinados a eso? ¿Por qué todo se convierte en un verdadero desatino por la cosa más nimia como es escribir acompañado de las peripecias y revoloteos de unas pequeñas ratas? ¿Por qué nada es como tiene que ser? ¿Quien responde a este cuestionario tan banal?

lunes, 13 de octubre de 2014

Carlos Victoria in memoriam: Mi vida en Cuba fue una pesadilla

Por Ivette Leyva Martínez
En el verano de 1999 llegué a Miami desde Londres para realizar mi tesis de maestría, que estaría dedicada a producir un documental de radio sobre los cambios en la comunidad cubana después de las últimas oleadas migratorias.
Entre los artistas e intelectuales con los que hablé entonces para mi trabajo de grado se encontraba el escritor Carlos Victoria. La entrevista que dio inicio a nuestra amistad se realizó el 18 de junio de 1999 en el noroeste de Miami; fue una conversación de una hora y 15 minutos grabada en formato digital. Yo tenía 26 años, había llegado a esta ciudad hacía tres meses y desconocía los pormenores de muchas historias ocultas de la Cuba que había dejado atrás. Este fue uno de los primeros testimonios que escuché -en primera persona- sobre la brutal represión que sufrieron muchos intelectuales cubanos durante el llamado Quinquenio Gris.
Durante años la grabación permaneció en una gaveta y este verano me decidí a escucharla nuevamente. Además de emocionarme en el recuerdo, me impactó la absoluta vigencia que conservan sus palabras.
Este 12 de octubre, en el séptimo aniversario de la muerte de Carlos, me parece una fecha propicia para publicar este testimonio a manera de homenaje y recordación del excepcional escritor y del entrañable ser humano que fue. Se trata de una versión abreviada de la entrevista, en la que aborda sus problemas en Cuba, la aventura literaria de la revista Mariel (1983-1985) y su relación con el ex ministro de Cultura Abel Prieto, entre otros temas.
La conversación completa -una de las pocas grabaciones de la voz de Carlos que existen- pasará como donación a los archivos de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami...seguir leyendo en Caféfuerte
Foto: Carlos Victoria en Miami. Agosto de 1984. Archivos de José Rodríguez Lastre

lunes, 11 de agosto de 2014

Momento de Carlos Victoria


La editorial Verbum acaba de publicar este ensayo de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. El séptimo capítulo esta dedicado a Carlos Victoria y aparece una entrevista hecha a su amigo Nikitín en agosto de 2011. (Pinche las imagenes para leer)






sábado, 8 de marzo de 2014

320867


Yo no sospeché, aquella mañana de enero de 1979 que esa sería la última vez que hablaría con Virgilio Piñera en su apartamento de 27 y N en el Vedado, un sitio casi cerrado herméticamente y en el cual Virgilio se movía como una mansa fiera en su cubil. Estaba fracasado, caído de brazos, lleno de angustia, y no es que tuviera problemas económicos, ya que recién había recibido un cheque procedente de una afamada editorial italiana que había publicado de nuevo sus Cuentos Fríos. Yo estaba sentado en uno de los balances y Virgilio no cesaba de hablar sobre algo que lo tenía muy atormentado en ese momento: el hecho de no publicar en su país. Ya habían pasado casi diez años de su última publicación, el teatro Dos Viejos Pánicos, premio Casa de las Américas 1968 y, desde ese entonces, el silencio había caído sobre él como una losa de granito, como una especie de sepultura bajo la cual se asfixiaba y temblaba de terror. No se por qué, a cada rato cuando pienso en él, pienso en los lamentables actos de repudio de 1980, uno de los episodios más lamentables de la  historia de la nación cubana donde los cubanos humillaron, apedrearon, insultaron a los cubanos que decidían irse por el puente marítimo del Mariel, una inusitada fuga casi impensada por la que pasaron mas de ciento veinte mil cubanos en menos de dos meses  y que, de haber continuado, la cifra seria imposible de cuantificar. Un momento de nuestra historia que no debemos olvidar nunca. No sé, pero supongo que, de haber decidido salir de Cuba por esa vía, el apartamento de 27 y N en el corazón del Vedado, casi en plena Rampa Habanera hubiera sido bombardeado con huevos y todo tipo de objetos que se pudieran lanzar y Virgilio temblando de pies  a cabeza, encerrado como un preso, sentiría los insultos de que se vaya la escoria y fuera los maricones traidores y cuanta cosa se le ocurriera a alguien que, el día anterior, estaba compartiendo tu casa y tu mesa. Vecinos, compañeros de aula, subalternos y jefes, alguien que se decía tu amigo, era conducido a la casa del que faltaba era la sangre para hacerla mas pintoresca. La nación se estigmatizo y así está.

Pero ahora quiero hablar del hombre que casi me inició en el laberinto de las letras y que me dio un apoyo incondicional todo el tiempo y sin pedir nada a cambio. Virgilio era temido por su lengua considerada bífida y viperina por muchos de sus amigos y por todos sus enemigos. Era una persona difícil que hoy por cualquier cosa podía pelearse contigo a muerte y ponerse a rajar de ti con todo el mundo. Solo y cansado andaba de un lado para otro de su sala y me repetía lo mismo. Yo insistí en dos ocasiones sobre si el consideraba que sus obras tenían problemas por hacer referencia a algo indebido o si hablaba mal de esto o de aquello y me aseguraba que no.
Le dije que hablara con alguien en la UNEAC que fuera responsable de literatura y me dijo que era Eliseo Diego y le insistí que fuera a verlo, que le llevara sus manuscritos y no se si lo hizo o no, porque en aquel entonces yo andaba un poco dislocado metido en discotecas provincianas y no tuve un gesto de acercamiento con alguien que se había comportado de manera tan altruista conmigo, o sea, que no se me ocurrió marcar a la operadora y pedir una comunicación a la Habana con el 320867 y hablar con él y resulta que tampoco fui ese año de vacaciones de verano a algún hotel del Vedado a los que teníamos acceso todavía en aquel entonces, y que jamás el dolor de Virgilio se me borro de la mente, pero por descuido, por indolencia, por lo que fuera no supe de él hasta que una mañana de octubre , trabajando en uno de los tantos folletines que me han dado el pan diario desde 1969, Carlín Galán apareció en el umbral de mi puerta, lloroso y muy nervioso a darme la noticia de que Virgilio, en ese momento, estaba de cuerpo presente en la funeraria de Calzada y K y yo también me eché a llorar  y pensé que jamás le agradecí todo lo que hizo por mi, que no fui capaz de nada, y por esos vericuetos de la mente, pensé en el número telefónico de su  apartamento que no timbraría jamás y que sería sometido al silencio en el que ya se encontraba su dueño y que mucho antes de ese día de su muerte estaba sumido en el terrible soliloquio de la soledad. ¿Por qué …. ? ¿Por qué ……. ? ¿Por qué?

domingo, 5 de mayo de 2013

La dolorosa historia de Catalina Rodríguez


A mi tía Cata

Durante años, Catalina Rodríguez Salcedo, hija de Blas, alférez del Ejército Libertador y nacida en mil novecientos tres, vivió sumida en un silencio más profundo, algo que, sin dudas, se podía tocar, que se podía palpar.

Este silencio comenzó en 1971 cuando su única hija y sus dos nietos abandonaron definitivamente el país en el mes de Abril. Su vida cambió por completo y solamente se oía espantar a las gallinas cuando venían hasta su cocina y que se criaban en el inmenso patio de la casa. Catalina vivía al lado nuestro y todo lo que hacía se sentía acá, del otro lado: toses en la madrugada, a veces comentarios en voz baja y hasta uno que otro suspiro que a mi se me antojaba que era de desesperación. Poco a poco fui ocupando el lugar más importante en su vida, contaba conmigo para todo y, a pesar de mi alcoholismo, siempre confió en mi y terminó por quererme casi como a su hija. Yo resolvía las pocas cosas que hubo que hacerle cuando ya decidió no salir más a la calle, entre ellas, cobrarle la lamentable pensión de asistencia social que constaba de unos 44 pesos mensuales que cualquiera que tenga un dedo de frente puede entender que esto no es dinero ni es nada en el país que sea. Su hija la ayudaba desde USA pero a partir de 1991, en el mes de agosto, lapidó la memoria hacia su madre y se puede decir que colocó la losa sobre su madre y esto sucedió cuando nuestro país comenzó a padecer de una rara epidemia económica sin precedentes que se ha dado en llamar, como a tantas otras cosas lamentables con el rimbombante nombre de Período Especial en Tiempos de Paz, algo que pasa de ser un mero significado de uno de los momentos más alocados de la nación y que aún en el 2013 no ha concluido del todo. 

En enero de 1997 Catalina tuvo la fractura de cadera que finalmente la llevaría a la muerte. Durante once meses padeció de una invalidez que hasta le prohibía llevarse la cuchara a la boca y yo tenía que darle la comida mientras hablábamos a gritos, ya que estaba casi sorda, pero la pasábamos tranquilo. Es cierto que yo apenas dormía pendiente de cuando me llamara para cualquier cosa, pero recuerdo ese tiempo como algo bueno y que aún yo no había perdido la fe en el Dios de mis mayores, lógicamente el Dios de Catalina, castigador e implacable en sus designios, al menos para con ella. Ahora me viene de pronto la imagen de mi tía, sentada en la silla de ruedas que mi madre usó por siete años, llorando desconsoladamente y diciéndome que "quería saber de los suyos", o de que trataba de buscar una palabra, una noticia, algo que acabara con aquellos seis años de silencio absoluto por parte de su hija. Carlos Victoria me dijo una de las veces que hablamos por teléfono, que no fueron pocas ya que me llamaba todos los meses desde Miami, que había personas que decidían olvidarse de los suyos de acá, lo cual no entendí, porque era como olvidarse de haber nacido de alguien, o vivir en un limbo familiar que para mi, que lo soy tanto, resulta totalmente incomprensible. No creo que nadie pueda olvidar a su madre, para bien o para mal tiene que recordarla de alguna manera, cosa que parece haber sucedido con la única hija de Catalina, que la sacó de su cabeza o de su corazón o de los dos lugares a la vez por una sencilla razón, porque mi tía era mestiza, así como suena, según mi padre la más atrasada de catorce hermanos, la que heredó la negritus de María Bencomo, la madre de mi abuela Eugenia y estoy seguro que esa fue la causa, porque lo que sí sé, es que ella, la hija de Catalina, Olga Juliana, la negaba desde niña, cuando estaba en la escuela de monjas, diciendo a las compañeras de aula que su madre era la sirvienta de la casa. Eso lo oí desde que nací. Pero no es motivo para silenciarse, esa no es la causa para borrar al ser más importante de la vida de otro ser; eso no puede convertir un sentimiento de agradecimiento por haberte criado en un desprecio devastador hacia una anciana de 94 años que clama por la presencia de una hija. Y lo hizo. ¿Por qué? ¿Porque su madre era mulata? ¿Porque su odio hacia mi era visceral? ¿Porque era homofóbica y yo representaba ante sus ojos a lo más despreciable de la naturaleza humana? ¿Por eso? ¿Por ser quizás más extremista o pertenecer a la ultraderecha de Miami o algo por el estilo? ¿Por borrar su vida en Cuba lo cual era imposible ya que había vivido treinta y cinco años en su país y sus hijos, hembra y varón, eran cubanos y por más aún camagueyanos? ¿Porque quería hacer borrón y cuenta nueva?,Para estas preguntas no hay respuestas, no las hay. Catalina murió el once de Noviembre de 1997 a las doce del día, tranquila, recibiendo la oración de una vecina que tenía sus manos entre las de ella mientras yo me negaba a que aquello pasara por mucho que, desde hacía rato, mi padre me lo venía diciendo. La habíamos pasado, aquella persona que se iba ya y yo muy mal...?

Habíamos atravesado algo triste, penoso, demasiado angustiado, como para que la dejara ir así, sin más y me quedara solo con mi padre...Era el noventaisiete del siglo XX, el Gran Siglo y la humanidad se revolvía entre atentados, crecimiento económico en muchos países y en otros no, pero Cuba, como siempre, distinguiéndose de las demás, viviendo un tiempo de escasez que no era más que un tiempo de miseria aguda donde hasta algunos se quitaron la vida por la desesperación de no tener ni un comino de esperanza: Cuba, la más bella, agonizando en su propio caldo, en su plataforma insular y una vez más sometida a sacrificios en aras de un futuro que había perdido hace mucho tiempo. Y nada más queda por hacer otra pregunta, una pregunta que mi tía Catalina Rodríguez se hubiera hecho o quizás se la hizo en los momentos, en los inmensos momentos de soledad a los que se vio sometida: ¿Qué es un Período Especial en Tiempos de Paz? ¿Qué carajo es eso?