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lunes, 16 de marzo de 2015

El Paquete



Carlos y yo siempre estábamos puestos de acuerdo. Esa fue la característica más constante de nuestra amistad a lo largo alrededor de cuarenta años y esa noche no iba a ser  diferente. Realmente no habíamos quedado de vernos en ningún sitio en específico y tampoco si nos íbamos de parranda o, en su defecto, para la casita de Malvina y Tobías, a jugar dominó, juego el que, solamente, se poner fichas. 
El lio es que iba hacia los cines, quiero decir que caminaba hacia la Plaza de la Soledad, creo que se estaba proyectando Amarcord de Fellini, y en el poste que había frente a la entrada del Casablanca, estaba Carlos quien había sufrido en pocas horas una insólita metamorfosis; ah, quiero aclarar que, casi todos los mediodías, Carlos venía desde Tagarro, en las afueras de la ciudad, a mi casa a tomar café y ese día pues fue como todos, hablamos de no se qué y se marchó de nuevo al INDAF que tenía sus cuarteles generales practicamente a la salida de Camagüey hacia las provincias occidentales. Pues ahí estaba, muy sonriente y yo asombrado a más no poder porque Carlos estaba convertido en todo un maniquí: camisa carmelita de mangas largas con unos pequeños diseños en blanco, un pantalón del mismo color que la camisa, y lo mejor de todo, unos zapatos flamantes avellanados. Solamente me dijo: mi tía mandó un paquete, tienes que ir a verlo todo, hasta un mosquitero tan grande que podemos cubrir la casa con el. Y como no podíamos dejar de mostrar el júbilo que nos embargaba, aunque confieso mi poco de envidia, nos fuimos a Vista Hermosa. 
Mis ocurrencias son así. Le había puesto a la casa del Felo y la Pucha eso de Malvina y Tobías por una novela brasileña en la que, dos personajes se quemaban vivos en una casita pequeñísima casi como la de las tenidas de dominó o la timba, como les de la gana. Un éxito el Carlos glamoroso exhibiendo su sorprendente imago. No recuerdo si jugamos dominó o terminamos en un bar, casi seguro, lo que sé es que al día siguiente, al atardecer, entraba a casa de Carlos donde Estrella me fue enseñando una a una toda la ropa que había llegado y muchas cosas más. No era seis de enero, pero los Reyes Magos, se habían dado una vuelta por Jayamá, por la calle Céspedes, pa lla abajo y Estrella, la mamá de Carlos estaba también resplandeciente y era un júbilo contagioso. Estrella no me mencionó a su Dios esa tarde. Pantalones, jeans, medias, calzoncillos, sábanas, un mosquitero inmenso al cual Estrella pensaba achicar, y con el tul que sobraba adornar el rincón donde con algodones y figuras recortadas había en una de las esquinas de la pequeña sala, el sitio de adoración. También venía en el paquete un flamante reloj de pulsera dorada, que ya Carlos mostraba como una joya fabulosa caída del cielo. Estela se botó de peligrosa en Miami comprando esto y aquello, por aquí y por allá y hasta en El Pulguero, que dicen que allá se vende lo mismo que en las tiendas de élite pero a precios mucho más bajos. Yo hubiera vivido de cabeza en El Pulguero, una especie de Tepito del DF, pero sin el horror del asalto. Al reloj tendré que dedicar un punto y aparte, porque si hay algo que adoró Carlos fue ese bendito reloj, coño, fue un amantazgo perfecto.
El caso es que Carlos estaba vestido como persona actualizada, por primera vez en su vida y todo parecía indicar que las camisas raídas y pullovers desvaídos no cubrirían más su desnudez. No fue así exactamente, pero algo de aquel envio se vendió para beber y algo más que para beber, y al fin pues que todo quedó como debió ser. Cosas de Carlos, que ya se fue para siempre hace siete años y pasó lo que NO tenía que pasar, que se fuera primero que yo. Eso no me ha gustado nunca. Hoy voy a hacer una pregunta y el que sepa la respuesta que me la mande: ¿Cómo se sustituye a un ser, que por decirlo de manera común, fue para ti algo más que tu mejor amigo? ¿Cómo?

sábado, 21 de febrero de 2015

Entrevista


Estaba sentado en el parque con un amigo, cuando llegaron hasta nosotros dos periodistas. Ella con un micrófono y él con la cámara de video. Un tanto alejado, un señor vestido de azul claro, venía hablando por un celular. Ella nos preguntó que si podía entrevistarnos y mi amigo habló por los dos. A él lo entrevistaron primero, parado delante de la estatua de Agramonte, le dijo lo que le dio la gana y yo me la pasaba mirando al niño azul que seguía murmurando al teléfono todas las incidencias de lo que estaba ocurriendo en el lugar de los hechos. Terminó con Julio y entonces se acercó a mi diciéndome que ya sabía que yo era escritor, le contesté que yo era folletinero de culebrones radiales de provincia, pero ella, evidentemente mexicana y más que agradable, insistió en que lo que yo hacía era escribir, lo que fuera, pero que como me sentía con que la UNESCO hubiera declarado al casco histórico de mi ciudad "Patrimonio de la Humanidad" y todo eso que a mí ni me iba ni me venía, porque esa declaración de patrimonio no habría de cambiar mi vida y mucho menos la de la ciudad. 


Ella era una maravilla de simpática y yo le dije que como había nacido aquí en Camagüey, como había vivido toda mi vida aquí y estaba seguro de que moriría aquí muy en contra de mi voluntad, se rió, dije cuatro barbaridades y el azulado señor del móvil al otro extremo del banco seguía en su ronroneo, pienso que tratando, cosa que le iba a ser imposible, de repetir lo que yo decía porque, hablé en voz baja y muy rápido. De todos modos estaba siendo filmado y como siempre tengo ganas de joder, les dije que uno de los lugares más hermosos que tenía la ciudad era la Plaza de San Juan de Dios y los mandé para allá. El muchacho de la cámara me dijo algo del sol, que casi se estaba yendo y yo los apremié para que fueran rápido y filmaran la plaza y que de entrada podías ver todo limpio y bonito, pero que le dieran la vuelta al edificio que, su trasero lo tenía bien jodido y que era posible que con esto de la declaración de patrimonio y todas esas zarandajas decidieran limpiarle las nalgas al antiguo convento de San Juan de Dios que, en un tiempo fue hospital de niños. 

Antes que ellos nos agradecieran por haberles concedido la entrevista, ya Blue estaba caminando hacia la calle Cisneros adelantándose un poco como un transeúnte más, y en el abur de arranque los jóvenes, ya dije que eran descendientes directos de Moctezuma, es que a mí se me ocurre preguntar a qué agencia pertenecían y la muchacha me contestó que a Reuters, y le dije a Julio: nos acabamos de inmortalizar. Saldremos en todos los noticieros del orbe, seremos vistos por millones de espectadores, posiblemente nos contraten para la entrevista eterna y sigue viviendo que yo tengo hambre y me voy a comer algo. Entonces agarré por San Isidro abajo hasta Bembeta, que es la calle donde vivo, y me dije que seguro la periodista era homofóbica y nos borraría del mapa, que el azulito trataría de persuadirla que tanto Julio como yo éramos escoria, churre, apátridas, lo que sea y que, por tanto, nuestras opiniones no podían ser tomadas en serio y que además, es como si lo oyera, éramos dos maricones viejos que jamás comprenderíamos la dignidad de ser patrimonio porque a nosotros no nos interesaba Camagüey ni un pito, sino que seguro estábamos en el parque a la caza de alguien. Jamás voy a ver a esa periodista. Jamás al muchacho de la cámara. Jamás he visto al azulado perceptible, pero no puedo dejar de imaginármelo, aún hoy, en ese musitar infinito, que por demás, era el único movimiento que había en su rostro tan pétreo como el granito sobre el que se encontraba sentado.

¿Acaso salimos en algún noticiero? ¿Alguien pudo saber que , aún hoy día, San Juan de Dios, el convento, sigue con el fondillo al aire? ¿Ha cambiado en algo esta vida mortecina de una ciudad asfixiada por ella misma y que no tiene escapatoria posible? ¿Seguirá el niño azul con su musitar a un móvil, un Niño Azul, que desgraciadamente jamás será pintado por Gainsborough?

domingo, 9 de noviembre de 2014

Crimen sin castigo


Para mi que el ruido producido por las teclas de la máquina de escribir al marcar el papel sobre el rodillo, las volvía locas y así fue cuando nos conocimos hace varias semanas. Una primero, más rápida que una flecha atravesó la cocina desde el viandero hacia el refrigerador, metiéndose bajo este y ahí al parecer, desapareció. La segunda fue saliendo de uno de los closets que están bajo la meseta de la cocina y justo yendo bajo el refrigerador. Todo esto lo hacían mientras yo escribía una escena cualquiera, por ejemplo: dos hermanas enfrentadas como perras en celo por un mismo tipo que es un sinverguenza de marca mayor. Otro día hicieron algo sorprendente que fue salir las dos a la vez pero como formando una pelotica de goma y lógico fueron a parar al mismo lugar. Llegué a creer que, bajo el refrigerador, había una colonia de guayabitas, que no son más que unas raticas muy pequeñas y jodedoras y que vivían allí encantadas de la vida al calor que produce el motor del frío. Me entró esa preocupación de que si las enfermedades, de que me enteré que alguien estaba en terapia intensiva con una leptospirosis en estado de coma, y decidí terminar de una vez y por todas con las pequeñas habitantes de mi cocina.

Busqué veneno, un granulado de color parecido al azafrán que, según dicen es lo más eficaz para acabar con ellas en menos de nada. Ellas acabaron con el veneno y quedaron tan frescas como si tal cosa. Me consiguieron otro veneno que consiste en una especie de arroz con cierto olor y sabor que a ellas, según me dijeron, les encanta, y sucedió que jugaban con el a mis espaldas trasladándolo de un lugar a otro, grano a grano como para hacer acopio y guardar el alimento hasta un invierno que nunca llega. El caso es que me tenían muy jodido con sus cabriolas y me juré que ellas o yo, y eso lo comenté con alguien que lo primero que me dijo fue que me buscara un gato, eso no me convenció porque no quiero más animales a mi alrededor y lo siguiente fue que tratara de conseguir una receta de indometacina, que eso las reventaba (sic) y me libraría de ellas para siempre. ¿Para siempre? pensé...Sí, afirmó quien me lo indicaba: para siempre, jamás las verás. Y lo hice. Pulvericé cuatro pastillas de indometacina y lasqueé un trozo de queso en finas telas untadas con el polvo del antinflamatorio y las coloqué en un plato. ¿Dónde? Debajo del refrigerador donde habían decidido esconderse siempre. Esa noche ni las tocaron. Al día siguiente ahí estaba el queso untado de indometacina como si nada. Completo y apetitoso para cualquier ratón. Pasó ese día y se me olvidaron las dichosas guayabitas y al tercer día miro el plato y todo el contenido había desaparecido, o sea, que decidieron comérselo o trasladarlo de lugar, cosa que me llevó a una pesquisa por la cocina totalmente infructuosa. Recordé entonces, así como quien no quiere las cosas que mi amigo Paul Auster, el escritor norteamericano, también escribía en la mesa de la cocina con su máquina Olympia del año de la bomba y que cuando infirió que las cintas de máquinas iban a desaparecer borradas del mapa por la pujanza de la tecnología, llegó a acaparar unas cuantas de ellas, y hay algo que me inquieta y es el hecho de que, posiblemente el sucumbiera a la civilización, y tenga por ahí por su casa alguna que otra cinta porque yo escribo con unas que son recicladas y teñidas por Mario, un señor muy amable que jura que soy el único de los que le compra cintas reentintadas que se queja de que a los pocos días ya no marcan sino con color gris apagado que convierte mi diario trajinar en mi Olympia en tormento visual.

¿Por qué hay que vivir así ¿Por qué hay que usar un medicamento que es para humanos para exterminar ratoncitos cuando los que debieran hacerlo son los supuestos venenos que, dicen, son destinados a eso? ¿Por qué todo se convierte en un verdadero desatino por la cosa más nimia como es escribir acompañado de las peripecias y revoloteos de unas pequeñas ratas? ¿Por qué nada es como tiene que ser? ¿Quien responde a este cuestionario tan banal?

jueves, 30 de octubre de 2014

Tributo


Conocí a Emilia Sánchez en la escalera de la Biblioteca Provincial, quiero decir que fue la primera vez que la vi. Andaba con un vestido color fresa corto y era el año 1965, el mes no lo recuerdo. Después nos encontramos en la escuela de artes plásticas y tuvimos, y me atrevo a decir que tenemos, algo más que una vieja amistad... Somos eternamente jóvenes en cuanto a los sentimientos se refiere; somos sencillos, atrevidos, hacemos planes y nos sentimos más juntos mientras caminamos por la playa de una ciudad desconocida para mi, pero que promete una belleza deslumbradora. Hacemos de todo lo que se pueda hacer en la mente de dos jóvenes ávidos de éxito y con una buena alma, sensible y muchas veces bonachona. Ella gesticula y baila y entonces se nos ocurre que podemos hacer un dúo que arrasaría y hasta mezclamos a Shakespeare en nuestros planes y a Celestino, un pianista casero, que trata infructuosamente de componer algo para nosotros que Cher y Sonny (a quienes no  conocíamos entonces, por supuesto) no eran nada al lado nuestro o Ike and Tina Turner mucho menos. Emilia es muy obstinada y tiene un impulso del que yo carezco, o mejor dicho, una obstinación que le permite franquear umbrales imposibles para mi. El atardecer llega y no nos damos cuenta porque ya estamos en Radio City Music Hall haciendo de las nuestras y no hay sombras en nuestro camino... y por algún lugar se siente una brisa rica de aromas desconocidos lo que aún nos llena más de alegría y ya vivimos en Nueva York, París, Londres y tenemos que rechazar proposiciones fabulosas porque los contratos que tenemos con la tristeza son imposibles de cumplir y con esa si que hay que quedar bien para que no se enfurezca y aumente su dosis de dolor...Es una playa de arenas blancas y espuma y de pronto me detengo, no sé, no puedo hablar más, ella sigue y camina por la playa sin volver la cabeza atrás y me quedo sonriente y alentado: Emilia va a abrirnos los caminos al mundo, va a hacer el contrato definitivo con la vida y con algo tan difícil de conciliar que es la felicidad. Pero estoy seguro de que la va a alcanzar... y se pierde en el horizonte y el atardecer es el más hermoso que se ha visto. El mundo. El sol se va perdiendo por la línea infinita del mar, y me quedo esperanzado, seguro de que todo lo que hemos planeado lo vamos a poder realizar. Es lo más natural y no es tan difícil, no, pero algo también me dice que tenemos al fracaso mordiéndonos los talones y eso me molesta. Mordiendo ya y fuerte y pasa la noche y todos los atardeceres de nuestra existencia en la desolada vida sin playas que hemos resistido. Y más aún y es que ninguno de nuestros planes surtieron efecto: nadie nos contrató, nunca hicimos el dúo y la vida nos arrasó con tantas cosas increíbles. En un momento de nuestra existencia tuvimos conciencia de uno de los sentimientos o lo que sea más hermosos que pueda tener el hombre: la amistad... No pensábamos en tropiezos ni malos entendidos sino que siempre seríamos así...que estaríamos en algún lugar, juntos... pero fue un sitio desprovisto de luces o micrófonos o música, lo que prefieran. Fue un sitio de inexplicables emociones en la mayoría de los casos nada buenas. Y ahora, eso lo sé, Emilia está viviendo en una de las más famosas playas del mundo y yo sigo dormido en una arena árida sin mar lo cual quiere decir sin horizonte, y ella camina alcanzando el éxito de la vejez que puede ser la tranquilidad, y puede que cante conmigo hasta en el Teatro Real de Londres aquellos sonetos shakespereanos que Celestino trató de infructuosamente de musicalizar como se dice. Y triunfamos y somos nuestro propio público y nos vitoreamos hasta el delirio por haber soportado la vida más árida que se pueda soportar y nos llenamos de agradecimiento. Emilia y yo tenemos la misma edad.

¿Cuál será la explicación si es que se diera el caso de que alguien se atreviera a tratar de explicarnos nuestras vidas? ¿Quién puede hacerlo? ¿Quién puede justificar todo lo que pasó y que no fue por culpa nuestra? ¿Quién lo va a hacer y de qué manera? ¿Quién se atreverá a develar tanta miseria y tanta infelicidad?

Foto: Luis Sánchez Curbelo. Tomada del facebook de Emilia Sánchez Herrera.

lunes, 11 de agosto de 2014

Momento de Carlos Victoria


La editorial Verbum acaba de publicar este ensayo de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. El séptimo capítulo esta dedicado a Carlos Victoria y aparece una entrevista hecha a su amigo Nikitín en agosto de 2011. (Pinche las imagenes para leer)






lunes, 21 de julio de 2014

Entrevista a Nikitín en Radio Cadena Agramonte (2008)


¿Y cómo llega usted a Santiago de Cuba? Porque su etapa en aquella ciudad tiene una gran incidencia en su desarrollo como escritor.

“Sucede que hay una puesta teatral aquí en Camagüey, que atrajo una serie de conflictos y la mayor parte de los actores y actrices se fueron del Conjunto Dramático –y entre ellos me fui yo también, que iba a ser asesor del Conjunto-. Así fue voy a dar a Santiago de Cuba. 

“Allí conocí a una de las personas que más quiero, para mi maravillosa. Cada vez que hablo de él me emociono mucho, porque tuvo una calidad humana sin precedentes. Me refiero a José Soler Puig, un hombre de una talla increíble, un escritor a quien pienso que aún no se le ha dado en las letras cubanas el significado que tiene, ni se ha dignificado en la medida que tendría que ser. 

“Mi encuentro con José Soler Puig fue algo divertido. Yo me encontraba en la emisora esperándolo, me pongo a hablar con una persona; ese ‘alguien’ me pregunta que si yo conozco a Soler, le respondo que no; me pregunta mi opinión sobre él, y yo me explayo admirativamente sobre Soler. Y cuando termino, me estrecha la mano y me dice ‘Yo soy José Soler Puig’. Imagínate, ahí mismo nos hicimos amigos, una amistad entrañable, y esa misma tarde estaba comiendo en su casa. Eso sucedió el 10 de enero de 1969. Y la mantuvimos hasta que falleció en 1994".

Para leer la entrevista completa pinche aquí

domingo, 20 de julio de 2014

Comunicando con Nikitín


Les informo a  los amigos de Niki que quieran comunicarse directamente con el por teléfono, que ya pueden hacerlo. Deje un mensaje aquí con su nombre y dirección de correo, y el número de su celular le será enviado en el plazo más breve posible. Gracias a la persona (imagino que otro de sus buenos amigos) que ha hecho posible este milagro!

El editor.

domingo, 13 de julio de 2014

Las cosas de mi padre



Mi padre consideraba que manteniéndome en una escuela de burgueses, comprándome los libros, la ropa y la comida, todo estaba resuelto. No era de esos hombres que extrovierten su amor con muestras de afecto evidente y mucho menos un ser que te acariciara y te hiciera sentir que te quería de verdad, cosa que era así y que a mi me costó mucho trabajo entender. Durante muchos años pensé que mis padres no se querían, que si mi madre había aceptado las proposiciones de mi padre era porque mi abuela estaba de acuerdo, porque al parecer ella era quien decidía quienes iban a ser los futuros esposos de sus hijas. De cinco hembras, tres se quedaron solteras y solo una de ellas ya casi en la senectud se caso con alguien con quien, evidentemente, llevaba relaciones a hurtadillas por muchos años. El caso es que mi padre entró en la familia de mi madre y viceversa, pero hablar de la familia de mi padre llevaría una cantidad de tiempo increíble y yo quiero hablar de la persona quien recuerdo con un gran amor y con la que lleve seis años de un idilio perfecto y ni un si ni un no sucedió entre nosotros durante este tiempo: José Julián y yo nos convertimos en dos personas tolerantes el uno para con el otro y durante ese tiempo yo procure complacerlo y atenderlo de la mejor manera posible.

Yo no podía sustituir a mi madre como ama de casa, cosa que he sido por más de tres décadas. Como digo: yo no soy amo de casa, amo de casa se considera al dueño, ahora bien: soy ama de casa, la fregona, la cocinera, la limpiadora y por muchos años la lavandera, es así como lo concibo. Había en mi una proclividad para todos esos menesteres y no porque mi condición de homosexual tuviera que ver algo en eso, sino  que el destino o la moira, como prefieran, decidió que pasara y aun siga pasando diariamente, en la persona que se ocupa y a la vez elabora con cierto desgano, el diario sustento alimenticio, lo cual, en Camagüey, es bastante atormentador. Decía que mi padre católico practicante desde que tengo uso de razón, se convirtió en mi gran amor y que a partir de una conversación que tuvimos poco después de la muerte de mi madre, las cosas cambiaron para bien.


En realidad sostener esa conversación, se convirtió en una solicitud de perdón, una suplica de disculpa y ahora voy a explicar el por qué durante cuarenta y seis años yo culpé a mi padre de todas las cosas, hasta de haberme engendrado, de las goteras del techo, de la falta de una serie de comodidades, de todo, insisto y eso se lo dije así mismo una mañana. El regresaba de buscar el pan,  los pancitos que nos daban diariamente, -ahora me dan un pancito- y le dije que se sentara frente a mi y lo primero que le hable fue como si mi alma se abriera de par en par y luego de decirle que lo deteste por mucho tiempo, que incluso renegué de él como padre ahora solicitaba que me perdonara por todo aquello, que por muchos años no me di cuenta de cuanto había trabajado años y mas años, se jubiló a los ochenta y un años y desde los catorce estaba detrás de un mostrador, casi trabajando de sol a sol para mi y ahorrando para mi y cuando le dije eso, mi padre, un ancianito delgado, limpio hasta lo maniático, se puso a llorar y a decirme que el no tenía nada que perdonarme, que yo era el mejor hijo del mundo, que entre nosotros nunca había pasado nada y entonces se levanto y me dio un beso, cosa que yo no recordaba lo hubiera hecho alguna vez en la vida y supe que el era mi ángel tutelar y que si bien no podía ser como él, si podía admirarlo y quererlo y pasar por alto todos sus resabios de viejo y recibir su bendición estando en su lecho de muerte y decirme lo mismo, que yo era el mejor hijo del mundo y yo decirle que el , siempre, había sido el mejor padre del mundo y entonces Dios nos oyó.

sábado, 8 de marzo de 2014

320867


Yo no sospeché, aquella mañana de enero de 1979 que esa sería la última vez que hablaría con Virgilio Piñera en su apartamento de 27 y N en el Vedado, un sitio casi cerrado herméticamente y en el cual Virgilio se movía como una mansa fiera en su cubil. Estaba fracasado, caído de brazos, lleno de angustia, y no es que tuviera problemas económicos, ya que recién había recibido un cheque procedente de una afamada editorial italiana que había publicado de nuevo sus Cuentos Fríos. Yo estaba sentado en uno de los balances y Virgilio no cesaba de hablar sobre algo que lo tenía muy atormentado en ese momento: el hecho de no publicar en su país. Ya habían pasado casi diez años de su última publicación, el teatro Dos Viejos Pánicos, premio Casa de las Américas 1968 y, desde ese entonces, el silencio había caído sobre él como una losa de granito, como una especie de sepultura bajo la cual se asfixiaba y temblaba de terror. No se por qué, a cada rato cuando pienso en él, pienso en los lamentables actos de repudio de 1980, uno de los episodios más lamentables de la  historia de la nación cubana donde los cubanos humillaron, apedrearon, insultaron a los cubanos que decidían irse por el puente marítimo del Mariel, una inusitada fuga casi impensada por la que pasaron mas de ciento veinte mil cubanos en menos de dos meses  y que, de haber continuado, la cifra seria imposible de cuantificar. Un momento de nuestra historia que no debemos olvidar nunca. No sé, pero supongo que, de haber decidido salir de Cuba por esa vía, el apartamento de 27 y N en el corazón del Vedado, casi en plena Rampa Habanera hubiera sido bombardeado con huevos y todo tipo de objetos que se pudieran lanzar y Virgilio temblando de pies  a cabeza, encerrado como un preso, sentiría los insultos de que se vaya la escoria y fuera los maricones traidores y cuanta cosa se le ocurriera a alguien que, el día anterior, estaba compartiendo tu casa y tu mesa. Vecinos, compañeros de aula, subalternos y jefes, alguien que se decía tu amigo, era conducido a la casa del que faltaba era la sangre para hacerla mas pintoresca. La nación se estigmatizo y así está.

Pero ahora quiero hablar del hombre que casi me inició en el laberinto de las letras y que me dio un apoyo incondicional todo el tiempo y sin pedir nada a cambio. Virgilio era temido por su lengua considerada bífida y viperina por muchos de sus amigos y por todos sus enemigos. Era una persona difícil que hoy por cualquier cosa podía pelearse contigo a muerte y ponerse a rajar de ti con todo el mundo. Solo y cansado andaba de un lado para otro de su sala y me repetía lo mismo. Yo insistí en dos ocasiones sobre si el consideraba que sus obras tenían problemas por hacer referencia a algo indebido o si hablaba mal de esto o de aquello y me aseguraba que no.
Le dije que hablara con alguien en la UNEAC que fuera responsable de literatura y me dijo que era Eliseo Diego y le insistí que fuera a verlo, que le llevara sus manuscritos y no se si lo hizo o no, porque en aquel entonces yo andaba un poco dislocado metido en discotecas provincianas y no tuve un gesto de acercamiento con alguien que se había comportado de manera tan altruista conmigo, o sea, que no se me ocurrió marcar a la operadora y pedir una comunicación a la Habana con el 320867 y hablar con él y resulta que tampoco fui ese año de vacaciones de verano a algún hotel del Vedado a los que teníamos acceso todavía en aquel entonces, y que jamás el dolor de Virgilio se me borro de la mente, pero por descuido, por indolencia, por lo que fuera no supe de él hasta que una mañana de octubre , trabajando en uno de los tantos folletines que me han dado el pan diario desde 1969, Carlín Galán apareció en el umbral de mi puerta, lloroso y muy nervioso a darme la noticia de que Virgilio, en ese momento, estaba de cuerpo presente en la funeraria de Calzada y K y yo también me eché a llorar  y pensé que jamás le agradecí todo lo que hizo por mi, que no fui capaz de nada, y por esos vericuetos de la mente, pensé en el número telefónico de su  apartamento que no timbraría jamás y que sería sometido al silencio en el que ya se encontraba su dueño y que mucho antes de ese día de su muerte estaba sumido en el terrible soliloquio de la soledad. ¿Por qué …. ? ¿Por qué ……. ? ¿Por qué?

sábado, 18 de enero de 2014

La mañana



En la finca la Lucha el día comienza  a eso de las tres de la mañana. Al menos el despertador de mi tío suena a esa hora y mi tía comienza a trajinar para hacer el café que hay que tomarse antes de ir a ordeñar. Se van a esa hora a buscar el ganado, mi tío y Tí, un empleado que duerme en la casa, en el cuartico que está al lado de la cocina. Están ordeñando las casi cien vacas hasta las seis. A esa hora mi prima comienza a sacar ropa para hacer el lavado diario y mi tía viene por la cocina vieja, conmigo a su lado, a darle comida a las aves de corral que ya, por instinto, se han concentrado más allá de la talanquera que da en el pedazo de patio que queda entre la cocina de antes y el garaje. Mi tía lleva en una de sus manos con una jaba inmensa de yarey cargada de maíz desgranado y seco y apenas ella sale del lugar los animales se revuelven cloqueando y batiendo alas en un remolinar que aturde y alegra los sentidos. Mi tía comienza a echarles el maíz a puñados y ya puedes ver a un gallo negro con la cresta  roja, montando a unas de las gallinas que se afana picoteando como puede y donde puede aquel amasijo de guineos, pavos, guanajos y gallinas, que sin exagerar pasan mucho más allá del ciento. Cuando mi tía sacude la jaba dejando caer los últimos granos, los animales se dispersan por el potrero de atrás y por ahí se van a hacer sus nidos y a poner y si acaso, puedes encontrarlas por algún cacareo insistente, o al fin porque la gallina regresa oronda con un montón de pollitos recién salidos del cascarón apenas plumados.

Mi tía es una mujer bonita, se llama Mercedes. Mi tío se llama Enrique y mi prima, la hija de ambos, se llama Elia y es un grato recuerdo en mi memoria. A veces, la memoria es como un castigo porque puede despertarte cada cosas que mejor ni hablarlas. Pero ahora, en esta mañana mi tía me mira con una complicidad y me dice que qué hacemos de almuerzo, que que yo creo de un arroz con guineo y yo a que sí y los animales están pelándose en el fogón de atrás después de haberlos sumergido en agua hirviendo. Es un olor fuerte ese de la pluma hervida y no me gusta, pero este olor es desplazado por el que luego inundará la casa , un olor a comino tostado y los pequeños granos saltan en la sartén como endemoniados, mientras mi tía pica los tomates, el ají, macera los dientes de ajo y rodaja la cebolla y esparce sobre una tabla, montones de hojas de cilantro, y ahora mismo todo aquello junto con las postas de los dos guineos se sofríe en el caldero y hay un olor a regusto de mañana festiva mientras mi tía introduce en la ceniza caliente de los dos fogones, cuatro plátanos pintones para que se asen. Qué fiesta. A las once en punto, el almuerzo.

La mesa es muy grande, larga, como para doce comensales, pero hoy somos nada más que la gente de la casa, que, como se dice, somos mi tío a la cabecera, mi tía a un lado al lado de mi prima y al otro lado junto a Tí, el peón que según dice mi tío, mientras me guiña un ojo, es mejor pagarle el entierro que no el almuerzo, pero a Tí ni le va ni le viene y come con cuchara las inmensas lomas de arroz que granea por el aire y hay como alegría y como más hambre y mi tía pica fino  aguacate y platanitos manzanos y tostones y ensalada de pepinos y arroz, mucho arroz, para que nadie se quede con hambre y lo que quede, mi tía se lo manda a Agustina la lavandera por el aquello de que por la tarde no se come lo mismo que por la mañana. Ah, y siempre hay por si alguien llega de improviso y no se vaya a quedar sin almorzar, la criatura de Dios. Hoy hay manjares de postre y eso es la delicia de la santísima virgen del cobre, un dulce que hace palidecer a Tí que se relame de gusto nada más de ver y ya paladea la suavidad de la crema de maíz con leche y canela cocinada como debe ser.

La Lucha, la finca de mis tíos, el lugar de paraíso de todas las vacaciones de verano, un sitio donde no podía crecer un marabú ni por milagro y ahora, según me cuentan todo está cubierto por esa plaga que ha llenado la mayor parte del campo cubano. ¿Por qué no dejaron que mi tío siguiera cultivando en la estancia y ordeñando las vacas? ¿Por qué no permitir que la abundancia de la tierra terminara sobre la mesa de cualquier hombre o mujer que ganara su sustento de manera honrada? ¿Qué pasó con todo aquello, con aquel colorido en el paisaje y en la mesa, en los ojos y en el alma? ¿Qué se hicieron las mariposas que todos los veranos inundaban en jardín de mi tía con geranios rojos y amarillos y gladiolos y lirios del valle y hasta diez del día y unas florecitas que se llamaban nomeolvides...? Yo tengo un montón de nomeolvides de La Lucha, del jardín de la casa sembradas en mi corazón... Siempre estarán florecidas y hay olor a mariposas blancas, la flor de Cuba, esa que no falta en ningún jardín, algún día... ¿Se secará para siempre la flor que es símbolo de la patria...? ¿Será así? ¿No será así?

jueves, 2 de enero de 2014

Un escritor popular, pero...desconocido

Publicado en el periódico Trabajadores el 12 de julio de 2004


Pinche en las imágenes para poder leer o descarguelas para agrandar la letra:



domingo, 20 de octubre de 2013

domingo, 21 de julio de 2013

La Olympia de Nikitín



Dice Paul Auster en su libro La historia de mi máquina de escribir sobre su Olympia:


" Hace dos o tres años, presintiendo que se acercaba el final, fui a Leon, mi papelería del distrito de Brooklyn, y encargué cincuenta cintas para la máquina. El dueño se pasó varios dias llamando a todas partes para que le sirvieran un pedido de tamaña envergadura. Según me conto más tarde, algunas cintas vinieron de sitios tan lejanos como Kansas City"

...el pobre, se ve que no sabe lo que es tener que untarle betún o tinta de zapatos, para poder seguir usando la misma cinta del quinquenio pasado.

domingo, 5 de mayo de 2013

La dolorosa historia de Catalina Rodríguez


A mi tía Cata

Durante años, Catalina Rodríguez Salcedo, hija de Blas, alférez del Ejército Libertador y nacida en mil novecientos tres, vivió sumida en un silencio más profundo, algo que, sin dudas, se podía tocar, que se podía palpar.

Este silencio comenzó en 1971 cuando su única hija y sus dos nietos abandonaron definitivamente el país en el mes de Abril. Su vida cambió por completo y solamente se oía espantar a las gallinas cuando venían hasta su cocina y que se criaban en el inmenso patio de la casa. Catalina vivía al lado nuestro y todo lo que hacía se sentía acá, del otro lado: toses en la madrugada, a veces comentarios en voz baja y hasta uno que otro suspiro que a mi se me antojaba que era de desesperación. Poco a poco fui ocupando el lugar más importante en su vida, contaba conmigo para todo y, a pesar de mi alcoholismo, siempre confió en mi y terminó por quererme casi como a su hija. Yo resolvía las pocas cosas que hubo que hacerle cuando ya decidió no salir más a la calle, entre ellas, cobrarle la lamentable pensión de asistencia social que constaba de unos 44 pesos mensuales que cualquiera que tenga un dedo de frente puede entender que esto no es dinero ni es nada en el país que sea. Su hija la ayudaba desde USA pero a partir de 1991, en el mes de agosto, lapidó la memoria hacia su madre y se puede decir que colocó la losa sobre su madre y esto sucedió cuando nuestro país comenzó a padecer de una rara epidemia económica sin precedentes que se ha dado en llamar, como a tantas otras cosas lamentables con el rimbombante nombre de Período Especial en Tiempos de Paz, algo que pasa de ser un mero significado de uno de los momentos más alocados de la nación y que aún en el 2013 no ha concluido del todo. 

En enero de 1997 Catalina tuvo la fractura de cadera que finalmente la llevaría a la muerte. Durante once meses padeció de una invalidez que hasta le prohibía llevarse la cuchara a la boca y yo tenía que darle la comida mientras hablábamos a gritos, ya que estaba casi sorda, pero la pasábamos tranquilo. Es cierto que yo apenas dormía pendiente de cuando me llamara para cualquier cosa, pero recuerdo ese tiempo como algo bueno y que aún yo no había perdido la fe en el Dios de mis mayores, lógicamente el Dios de Catalina, castigador e implacable en sus designios, al menos para con ella. Ahora me viene de pronto la imagen de mi tía, sentada en la silla de ruedas que mi madre usó por siete años, llorando desconsoladamente y diciéndome que "quería saber de los suyos", o de que trataba de buscar una palabra, una noticia, algo que acabara con aquellos seis años de silencio absoluto por parte de su hija. Carlos Victoria me dijo una de las veces que hablamos por teléfono, que no fueron pocas ya que me llamaba todos los meses desde Miami, que había personas que decidían olvidarse de los suyos de acá, lo cual no entendí, porque era como olvidarse de haber nacido de alguien, o vivir en un limbo familiar que para mi, que lo soy tanto, resulta totalmente incomprensible. No creo que nadie pueda olvidar a su madre, para bien o para mal tiene que recordarla de alguna manera, cosa que parece haber sucedido con la única hija de Catalina, que la sacó de su cabeza o de su corazón o de los dos lugares a la vez por una sencilla razón, porque mi tía era mestiza, así como suena, según mi padre la más atrasada de catorce hermanos, la que heredó la negritus de María Bencomo, la madre de mi abuela Eugenia y estoy seguro que esa fue la causa, porque lo que sí sé, es que ella, la hija de Catalina, Olga Juliana, la negaba desde niña, cuando estaba en la escuela de monjas, diciendo a las compañeras de aula que su madre era la sirvienta de la casa. Eso lo oí desde que nací. Pero no es motivo para silenciarse, esa no es la causa para borrar al ser más importante de la vida de otro ser; eso no puede convertir un sentimiento de agradecimiento por haberte criado en un desprecio devastador hacia una anciana de 94 años que clama por la presencia de una hija. Y lo hizo. ¿Por qué? ¿Porque su madre era mulata? ¿Porque su odio hacia mi era visceral? ¿Porque era homofóbica y yo representaba ante sus ojos a lo más despreciable de la naturaleza humana? ¿Por eso? ¿Por ser quizás más extremista o pertenecer a la ultraderecha de Miami o algo por el estilo? ¿Por borrar su vida en Cuba lo cual era imposible ya que había vivido treinta y cinco años en su país y sus hijos, hembra y varón, eran cubanos y por más aún camagueyanos? ¿Porque quería hacer borrón y cuenta nueva?,Para estas preguntas no hay respuestas, no las hay. Catalina murió el once de Noviembre de 1997 a las doce del día, tranquila, recibiendo la oración de una vecina que tenía sus manos entre las de ella mientras yo me negaba a que aquello pasara por mucho que, desde hacía rato, mi padre me lo venía diciendo. La habíamos pasado, aquella persona que se iba ya y yo muy mal...?

Habíamos atravesado algo triste, penoso, demasiado angustiado, como para que la dejara ir así, sin más y me quedara solo con mi padre...Era el noventaisiete del siglo XX, el Gran Siglo y la humanidad se revolvía entre atentados, crecimiento económico en muchos países y en otros no, pero Cuba, como siempre, distinguiéndose de las demás, viviendo un tiempo de escasez que no era más que un tiempo de miseria aguda donde hasta algunos se quitaron la vida por la desesperación de no tener ni un comino de esperanza: Cuba, la más bella, agonizando en su propio caldo, en su plataforma insular y una vez más sometida a sacrificios en aras de un futuro que había perdido hace mucho tiempo. Y nada más queda por hacer otra pregunta, una pregunta que mi tía Catalina Rodríguez se hubiera hecho o quizás se la hizo en los momentos, en los inmensos momentos de soledad a los que se vio sometida: ¿Qué es un Período Especial en Tiempos de Paz? ¿Qué carajo es eso?





jueves, 2 de mayo de 2013