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lunes, 14 de mayo de 2018

La Candelaria (2)



En la iglesia murmullos de rezos que susurran las monjas llorantes y los curas desde los altares, todos con miradas muy interrogantes.
Por las calles se siente el silencio de los viejos pregones que nunca existieron , y en los parques los árboles todos claman por la lluvia de modo incesante.
Las campanas  de vuelo volante, sin badajos, ni bronce, ni nada, se desmayan como agonizantes en las raras horas de la madrugada y un niño que llora sin llanto en el alma, entonces pregunta por su Candelaria: ¿Dónde estás señora, dónde estás mi santa? ¿Por donde te te has ido, que aires te levantan, qué rumbo has perdido, que lluvia te espanta, que luna te ciega, que sol no te abrasa, que arroyo te baña, que naranja fresca de los naranjales aplaca la sed del amor de tu alma?Camagüey te busca, señora adorada, del divino nombre de La Candelaria.


Un rumor avanza sordo desde la noche cerrada,  no es rumor de voces, no es rumor de nada como si dos ríos juntos se abrazaran y el Jatibonico ya se desbordara, inundando todo y todo arrasara y el Tínima pronto se arremolinara  saliendo del cauce y también llorara.
!Oh! Cosa tan extraña nunca se habrá visto en esta sabana: las calles se escapan a toda mirada, nada las dibuja en sus raras trazas. Todo es diferente todo es todo y nada, todo es nada y todo se vuelve la nada de le verdad toda, de la verdadera huida de La Candelaria: Se busca, por niños y viejos, por amas de casa, por los dirigentes y por asilados y enfermos del alma y por invidentes, y por anhelantes a una ciudad toda, la que no aparece, Camagüey perdida, así de la nada, como si de pronto borrada se hubiese del mapa más liso en la fiel sabana.
Una voz que dice la vi en La Zambrana y otra que perjura que la vio por Palma, y calles por calles siendo voceadas para que aparezca la ciudad amada y otro niño afirma con su voz dorada: ha salido en busca de La Candelaria, ellas dos son una, por tanto no pueden vivir separadas.

El amanecer teñido de grana, del morado intenso, de malva y naranja,  y el fuego divino de la gran mañana, de pronto saliendo de esa luz intensa que encandila el alma, dos almas en una,  el alma de todos, el alma cubana y la más amada, el alma sencilla: la camagueyana. Camagüey ya llega muy acompañada por su fiel patrona, está Candelaria, llenando de rosas toda la sabana y hasta el arroyito Juan del Toro canta: "Flores,  flores, ya ha vuelto La Candelaria llenando todo de flores."
Las campanas de bronce brillante, baten todas badajos sonantes y las risas alegres, triunfantes, de los ciudadanos corren para alante.

Hay jolgorio en todos los rincones, la ciudad ya no está agonizante, Candelaria fue en busca del Padre, de ese Dios tan galante, que en gesto simple y al oír las suplicas de Nuestra Señora, devolvió a Camagüey la risa que ansiaba, la sonora risa libre y carcajeante, que se va por los estrechos callejones y las amplias Avenidas, y repartos y comercios todos rebosantes. Un niño hermoso de correr sofocante, va de un lado a otro con grito cantante: Camagüey  te saluda, señora, hermosa señora. Oh, nuestra Señora, nuestra Candelaria.
En las calles hay mesas con platos humeantes, los platos del patio, mas ricos que antes, el mas sencillo es el mas  complicado, la gente lo busca, la gente lo gusta y es el matajíbaro ganador triunfante, no hay quien no lo quiera probar y no gustarle. Camagüey es vivo y está tan alegre que su risa hermosa se hace contagiante. 

Y sucede algo muy alucinante que a todos perpleja  este único instante, voces desde el cielo, que es el cielo todo una luz cegante, cantan su más bello coro con voz jubilante:
Exultante ciudad escogida porque Dios te ha dado, por ser como eres, el presente mas bello, brillante y es la paz que pides en tu orar constante. Gloria en altura al Dios generoso del buen Camagüey y en la tierra paz a esta ciudad armada, a sus calles y sus campos, a su sol y a su lucero, a sus casas y familias que comparten, al fin la fuente abundante en sus platos generosos, paz de paz, luz de luces y el amor a esta ciudad de los que están o no están. Paz a este viejo Puerto Príncipe que fue historia y que será, paz al angelito que nace y al anciano que se va Paz, que es cosa difícil, y que la vas a lograr, sólo porque el Altísimo quiere, la paz, verás, hijo mio, que esta ciudad que es la vuestra, la mas querida ciudad, caerá, tranquila, dormida, en los brazos de la paz.



sábado, 17 de marzo de 2018

La Candelaria (1)


La señora Candelaria, Princesa del Camagüey, va bajando por Cisneros para que la puedan ver. Envuelta en aires dorados, llega al fin a Matadero y de esa calle, una conga,  rompe el precioso silencio, la señora sin pensarlo mueve los hombros y el pelo, mientras baila cadenciosa el baile más bullanguero, y ángeles que la acompañan danzan con paso ligero, arrollando sonrientes con esa eterna sonrisa de hermosos adolescentes que suben Independencia a ver quien llega primero. De calles y callejones vienen nuevas melodías que se suman a la conga formando un canto tan bello y que nadie conocía:

"Flores, flores, ya está aquí La Candelaria, llenando todo de flores"

Por todas partes hay fiesta, porque en todas partes está, esta Niña Candelaria que no deja de fiestar con la sonrisa más bella que ha visto nuestra ciudad, danza por los arrabales, danza por las Avenidas y en repartos y callejas y plazas desconocidas. Nunca fiesta más hermosa Camagüey ha presenciado, porque todo un pueblo alegre, calles, gentes y edificios, sin faltar uno ha gozado.Y así al declinar la tarde y al brillar de las estrellas, la voz de la Virgen bella se oyó en cualquier corazón:

"Camagüey, ciudad divina, tierra de prodigación, donde la miel se suaviza en los frutos a sazón y las sabanas se pierden en horizontes de sol. Tierra de mil manantiales todos llenos de frescor, tierra por Dios bendecida, tierra amada del buen Dios, benditos sean tus paisajes, bendito tu corazón"

Todo se fue silenciando al hablar el corazón, el corazón de la eterna Candelaria con su voz, y hubo una lluvia de estrellas, cosa que a nadie asombró, pues un día de tanto asombro, con otro asombro acabó: Camagüey como un angelito, bostezó suave y durmió.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Crimen sin castigo


Para mi que el ruido producido por las teclas de la máquina de escribir al marcar el papel sobre el rodillo, las volvía locas y así fue cuando nos conocimos hace varias semanas. Una primero, más rápida que una flecha atravesó la cocina desde el viandero hacia el refrigerador, metiéndose bajo este y ahí al parecer, desapareció. La segunda fue saliendo de uno de los closets que están bajo la meseta de la cocina y justo yendo bajo el refrigerador. Todo esto lo hacían mientras yo escribía una escena cualquiera, por ejemplo: dos hermanas enfrentadas como perras en celo por un mismo tipo que es un sinverguenza de marca mayor. Otro día hicieron algo sorprendente que fue salir las dos a la vez pero como formando una pelotica de goma y lógico fueron a parar al mismo lugar. Llegué a creer que, bajo el refrigerador, había una colonia de guayabitas, que no son más que unas raticas muy pequeñas y jodedoras y que vivían allí encantadas de la vida al calor que produce el motor del frío. Me entró esa preocupación de que si las enfermedades, de que me enteré que alguien estaba en terapia intensiva con una leptospirosis en estado de coma, y decidí terminar de una vez y por todas con las pequeñas habitantes de mi cocina.

Busqué veneno, un granulado de color parecido al azafrán que, según dicen es lo más eficaz para acabar con ellas en menos de nada. Ellas acabaron con el veneno y quedaron tan frescas como si tal cosa. Me consiguieron otro veneno que consiste en una especie de arroz con cierto olor y sabor que a ellas, según me dijeron, les encanta, y sucedió que jugaban con el a mis espaldas trasladándolo de un lugar a otro, grano a grano como para hacer acopio y guardar el alimento hasta un invierno que nunca llega. El caso es que me tenían muy jodido con sus cabriolas y me juré que ellas o yo, y eso lo comenté con alguien que lo primero que me dijo fue que me buscara un gato, eso no me convenció porque no quiero más animales a mi alrededor y lo siguiente fue que tratara de conseguir una receta de indometacina, que eso las reventaba (sic) y me libraría de ellas para siempre. ¿Para siempre? pensé...Sí, afirmó quien me lo indicaba: para siempre, jamás las verás. Y lo hice. Pulvericé cuatro pastillas de indometacina y lasqueé un trozo de queso en finas telas untadas con el polvo del antinflamatorio y las coloqué en un plato. ¿Dónde? Debajo del refrigerador donde habían decidido esconderse siempre. Esa noche ni las tocaron. Al día siguiente ahí estaba el queso untado de indometacina como si nada. Completo y apetitoso para cualquier ratón. Pasó ese día y se me olvidaron las dichosas guayabitas y al tercer día miro el plato y todo el contenido había desaparecido, o sea, que decidieron comérselo o trasladarlo de lugar, cosa que me llevó a una pesquisa por la cocina totalmente infructuosa. Recordé entonces, así como quien no quiere las cosas que mi amigo Paul Auster, el escritor norteamericano, también escribía en la mesa de la cocina con su máquina Olympia del año de la bomba y que cuando infirió que las cintas de máquinas iban a desaparecer borradas del mapa por la pujanza de la tecnología, llegó a acaparar unas cuantas de ellas, y hay algo que me inquieta y es el hecho de que, posiblemente el sucumbiera a la civilización, y tenga por ahí por su casa alguna que otra cinta porque yo escribo con unas que son recicladas y teñidas por Mario, un señor muy amable que jura que soy el único de los que le compra cintas reentintadas que se queja de que a los pocos días ya no marcan sino con color gris apagado que convierte mi diario trajinar en mi Olympia en tormento visual.

¿Por qué hay que vivir así ¿Por qué hay que usar un medicamento que es para humanos para exterminar ratoncitos cuando los que debieran hacerlo son los supuestos venenos que, dicen, son destinados a eso? ¿Por qué todo se convierte en un verdadero desatino por la cosa más nimia como es escribir acompañado de las peripecias y revoloteos de unas pequeñas ratas? ¿Por qué nada es como tiene que ser? ¿Quien responde a este cuestionario tan banal?

lunes, 11 de agosto de 2014

Momento de Carlos Victoria


La editorial Verbum acaba de publicar este ensayo de Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco. El séptimo capítulo esta dedicado a Carlos Victoria y aparece una entrevista hecha a su amigo Nikitín en agosto de 2011. (Pinche las imagenes para leer)






domingo, 13 de julio de 2014

Las cosas de mi padre



Mi padre consideraba que manteniéndome en una escuela de burgueses, comprándome los libros, la ropa y la comida, todo estaba resuelto. No era de esos hombres que extrovierten su amor con muestras de afecto evidente y mucho menos un ser que te acariciara y te hiciera sentir que te quería de verdad, cosa que era así y que a mi me costó mucho trabajo entender. Durante muchos años pensé que mis padres no se querían, que si mi madre había aceptado las proposiciones de mi padre era porque mi abuela estaba de acuerdo, porque al parecer ella era quien decidía quienes iban a ser los futuros esposos de sus hijas. De cinco hembras, tres se quedaron solteras y solo una de ellas ya casi en la senectud se caso con alguien con quien, evidentemente, llevaba relaciones a hurtadillas por muchos años. El caso es que mi padre entró en la familia de mi madre y viceversa, pero hablar de la familia de mi padre llevaría una cantidad de tiempo increíble y yo quiero hablar de la persona quien recuerdo con un gran amor y con la que lleve seis años de un idilio perfecto y ni un si ni un no sucedió entre nosotros durante este tiempo: José Julián y yo nos convertimos en dos personas tolerantes el uno para con el otro y durante ese tiempo yo procure complacerlo y atenderlo de la mejor manera posible.

Yo no podía sustituir a mi madre como ama de casa, cosa que he sido por más de tres décadas. Como digo: yo no soy amo de casa, amo de casa se considera al dueño, ahora bien: soy ama de casa, la fregona, la cocinera, la limpiadora y por muchos años la lavandera, es así como lo concibo. Había en mi una proclividad para todos esos menesteres y no porque mi condición de homosexual tuviera que ver algo en eso, sino  que el destino o la moira, como prefieran, decidió que pasara y aun siga pasando diariamente, en la persona que se ocupa y a la vez elabora con cierto desgano, el diario sustento alimenticio, lo cual, en Camagüey, es bastante atormentador. Decía que mi padre católico practicante desde que tengo uso de razón, se convirtió en mi gran amor y que a partir de una conversación que tuvimos poco después de la muerte de mi madre, las cosas cambiaron para bien.


En realidad sostener esa conversación, se convirtió en una solicitud de perdón, una suplica de disculpa y ahora voy a explicar el por qué durante cuarenta y seis años yo culpé a mi padre de todas las cosas, hasta de haberme engendrado, de las goteras del techo, de la falta de una serie de comodidades, de todo, insisto y eso se lo dije así mismo una mañana. El regresaba de buscar el pan,  los pancitos que nos daban diariamente, -ahora me dan un pancito- y le dije que se sentara frente a mi y lo primero que le hable fue como si mi alma se abriera de par en par y luego de decirle que lo deteste por mucho tiempo, que incluso renegué de él como padre ahora solicitaba que me perdonara por todo aquello, que por muchos años no me di cuenta de cuanto había trabajado años y mas años, se jubiló a los ochenta y un años y desde los catorce estaba detrás de un mostrador, casi trabajando de sol a sol para mi y ahorrando para mi y cuando le dije eso, mi padre, un ancianito delgado, limpio hasta lo maniático, se puso a llorar y a decirme que el no tenía nada que perdonarme, que yo era el mejor hijo del mundo, que entre nosotros nunca había pasado nada y entonces se levanto y me dio un beso, cosa que yo no recordaba lo hubiera hecho alguna vez en la vida y supe que el era mi ángel tutelar y que si bien no podía ser como él, si podía admirarlo y quererlo y pasar por alto todos sus resabios de viejo y recibir su bendición estando en su lecho de muerte y decirme lo mismo, que yo era el mejor hijo del mundo y yo decirle que el , siempre, había sido el mejor padre del mundo y entonces Dios nos oyó.

lunes, 10 de febrero de 2014

Obrigado Brasil


Es posible que en alguna clase de geografía, no lo recuerdo, se hubiese hablado de Brasil, al menos una vez se nos enseñara que era uno de los territorios más grandes del mundo y que hablaban portugués sus habitantes. Ahora bien la primera vez que lo recuerdo es, que, estando enfermo de paperas y sin poder hacer nada, pasó un vendedor de periódicos que también traía una revista llamada Bohemia y que, según dicen, por aquel entonces era una de las publicaciones semanales más importantes de América y del país, compró mi madre un ejemplar y entre una serie de artículos y comentarios de todo tipo, venía uno que creo no haber olvidado el título: Brasil, el coloso del Sur. Yo lo leí y estoy hablando de 1958, en el mes de abril o algo así, yo no había cumplido aún los once años. Aquello me impresionó por el asunto de que se hablaba que el coloso despertaría algún día y que su economía podría superar a la de las grandes potencias de entonces.

Mi próximo encuentro con ese país sucedió al año siguiente por una fiesta de fin de curso. Un coreógrafo montó una samba cuya música era nada menos que Acuarela do Brasil de Ary Barroso y me mató. Nosotros cantábamos la letra traída al español por no se quien y ahora antes de ponerme a escribir este comentario, la canté completa como el día que la aprendí. No sé. Brasil es como una meta rara que no puedo alcanzar, como un deseo dormido, como la mejor amante perdida, el más bello amante perdido, Brasil es mi sueño y mi paradoja. En algo que escribí en 1990, en el climax de mi carrera alcohólica, gritaba al mundo que quería morir en Río de Janeiro, anonimamente entre miles de turistas.

Realmente, aunque escribía por aquel entonces bebiendo uno que otro trago; lo cierto es que,  más o menos, mantengo esa idea, esa del sambódromo y la samba de Mangueira frenética y deslumbradora cegando mi última mirada. Brasil, con su palmeras murmurantes, sus noches llenas de esplendor, aquello pasó a ser y aún es, parte de mi alma, parte de mis ilusiones, ad infinitum.

Ahora no voy a hablar del Brasil hermoso y provocador de mis más enfermizos deseos, sino del Brasil de la transnacional O Globo, la cadena televisiva, la que crea las novelas que de todos modos, nos hacen pensar que si ese país ha llegado a alcanzar lo que ha alcanzado es por el desmedido amor que sienten sus ciudadanos por su tierra, por lo de ellos, por lo que les pertenece por derecho propio, por su extraordinario sentido de pertenencia. Brasil, lo veo casi a diario porque no hay que olvidar que siempre tenemos aunque sea una telenovela de O Globo en pantalla hace más de veinte años, Brasil, insisto se promueve a si mismo, invita al televidente, de la manera más sabrosa a irse allá, a ver aquello, a bailar el samba o cantar el bossa o lo que sea.

Y yo estoy agradecido de eso, de haber entendido al menos un mensaje muy nítido, perfectamente claro que me llegó de Brasil: Alcohólicos Anónimos. La novela se llamaba Vale Todo y en la misma una mujer que no podía tener más problemas con la bebida porque aquella la enloquecía como a mí, logró salir de su adicción gracias a A.A. y eso me lo estaba diciendo aquella novela. Ahora transmitieron otra novela que también habla de A.A. como una solución para el que bebe. Lo entendí y pedí ayuda hace ya 20 años, santo Dios, veinte años que no bebo y fue O Globo con Vale Todo y ahora O Globo con Por amor, también me reafirma que hice lo mejor del mundo al tomar la decisión de no ingerir más alcohol. Un mensaje más limpio que el agua del manantial. Y como soy agradecido, lo cuento. A veces pienso que mi decisión de romper todo vínculo con el alcohol me debió haber llegado por cualquier programa de la TV nacional, pero no ha sido así. No es que no se hable del problema alcohol no, si lo dicen, pero las soluciones quedan siempre dispersas y debe ser que, como soy novelero por aficción por más de 45 años, agarré aquello que me susurraba Brasil al oído, no bebas más imbécil porque te vas a matar. Obrigado, Brasil, obrigado.


sábado, 18 de enero de 2014

La mañana



En la finca la Lucha el día comienza  a eso de las tres de la mañana. Al menos el despertador de mi tío suena a esa hora y mi tía comienza a trajinar para hacer el café que hay que tomarse antes de ir a ordeñar. Se van a esa hora a buscar el ganado, mi tío y Tí, un empleado que duerme en la casa, en el cuartico que está al lado de la cocina. Están ordeñando las casi cien vacas hasta las seis. A esa hora mi prima comienza a sacar ropa para hacer el lavado diario y mi tía viene por la cocina vieja, conmigo a su lado, a darle comida a las aves de corral que ya, por instinto, se han concentrado más allá de la talanquera que da en el pedazo de patio que queda entre la cocina de antes y el garaje. Mi tía lleva en una de sus manos con una jaba inmensa de yarey cargada de maíz desgranado y seco y apenas ella sale del lugar los animales se revuelven cloqueando y batiendo alas en un remolinar que aturde y alegra los sentidos. Mi tía comienza a echarles el maíz a puñados y ya puedes ver a un gallo negro con la cresta  roja, montando a unas de las gallinas que se afana picoteando como puede y donde puede aquel amasijo de guineos, pavos, guanajos y gallinas, que sin exagerar pasan mucho más allá del ciento. Cuando mi tía sacude la jaba dejando caer los últimos granos, los animales se dispersan por el potrero de atrás y por ahí se van a hacer sus nidos y a poner y si acaso, puedes encontrarlas por algún cacareo insistente, o al fin porque la gallina regresa oronda con un montón de pollitos recién salidos del cascarón apenas plumados.

Mi tía es una mujer bonita, se llama Mercedes. Mi tío se llama Enrique y mi prima, la hija de ambos, se llama Elia y es un grato recuerdo en mi memoria. A veces, la memoria es como un castigo porque puede despertarte cada cosas que mejor ni hablarlas. Pero ahora, en esta mañana mi tía me mira con una complicidad y me dice que qué hacemos de almuerzo, que que yo creo de un arroz con guineo y yo a que sí y los animales están pelándose en el fogón de atrás después de haberlos sumergido en agua hirviendo. Es un olor fuerte ese de la pluma hervida y no me gusta, pero este olor es desplazado por el que luego inundará la casa , un olor a comino tostado y los pequeños granos saltan en la sartén como endemoniados, mientras mi tía pica los tomates, el ají, macera los dientes de ajo y rodaja la cebolla y esparce sobre una tabla, montones de hojas de cilantro, y ahora mismo todo aquello junto con las postas de los dos guineos se sofríe en el caldero y hay un olor a regusto de mañana festiva mientras mi tía introduce en la ceniza caliente de los dos fogones, cuatro plátanos pintones para que se asen. Qué fiesta. A las once en punto, el almuerzo.

La mesa es muy grande, larga, como para doce comensales, pero hoy somos nada más que la gente de la casa, que, como se dice, somos mi tío a la cabecera, mi tía a un lado al lado de mi prima y al otro lado junto a Tí, el peón que según dice mi tío, mientras me guiña un ojo, es mejor pagarle el entierro que no el almuerzo, pero a Tí ni le va ni le viene y come con cuchara las inmensas lomas de arroz que granea por el aire y hay como alegría y como más hambre y mi tía pica fino  aguacate y platanitos manzanos y tostones y ensalada de pepinos y arroz, mucho arroz, para que nadie se quede con hambre y lo que quede, mi tía se lo manda a Agustina la lavandera por el aquello de que por la tarde no se come lo mismo que por la mañana. Ah, y siempre hay por si alguien llega de improviso y no se vaya a quedar sin almorzar, la criatura de Dios. Hoy hay manjares de postre y eso es la delicia de la santísima virgen del cobre, un dulce que hace palidecer a Tí que se relame de gusto nada más de ver y ya paladea la suavidad de la crema de maíz con leche y canela cocinada como debe ser.

La Lucha, la finca de mis tíos, el lugar de paraíso de todas las vacaciones de verano, un sitio donde no podía crecer un marabú ni por milagro y ahora, según me cuentan todo está cubierto por esa plaga que ha llenado la mayor parte del campo cubano. ¿Por qué no dejaron que mi tío siguiera cultivando en la estancia y ordeñando las vacas? ¿Por qué no permitir que la abundancia de la tierra terminara sobre la mesa de cualquier hombre o mujer que ganara su sustento de manera honrada? ¿Qué pasó con todo aquello, con aquel colorido en el paisaje y en la mesa, en los ojos y en el alma? ¿Qué se hicieron las mariposas que todos los veranos inundaban en jardín de mi tía con geranios rojos y amarillos y gladiolos y lirios del valle y hasta diez del día y unas florecitas que se llamaban nomeolvides...? Yo tengo un montón de nomeolvides de La Lucha, del jardín de la casa sembradas en mi corazón... Siempre estarán florecidas y hay olor a mariposas blancas, la flor de Cuba, esa que no falta en ningún jardín, algún día... ¿Se secará para siempre la flor que es símbolo de la patria...? ¿Será así? ¿No será así?

jueves, 3 de octubre de 2013

Tuya Esther (apasionante como la vida misma) (I)


Para P. que tanto disfruta esta historia.

Tuya Esther es el título de una de las tantas novelas radiales que he escrito a lo largo de mi existencia, pero no es una más, sino que nace de una solicitud que se me hizo por parte de la dirección de la emisora (Radio Cadena Agramonte) y de uno de los tantos departamentos del Partido Provincial para enfrentar a una enemiga brutal: Esmeralda. Me dije que a una mujer hay que enfrentarla con otra mujer, y que por tanto mi novela tenía que tener un nombre femenino y el que me vino a la mente fue Esther; también me dije que no era cuestión de ponerle el nombre a solas sino que había la necesidad de otra palabra, incluso que tuviera una connotación sensual y se me ocurre el posesivo "tuya" o sea: te pertenezco, firmado Esther, simplemente. La historia no la recuerdo, pero sí muy claro lo que la motivó, lo que hizo despertar en mi el argumento de una de mis novelas más escuchadas y que aún hoy día, haya personas que la recuerden después de casi 30 años, justamente en el año 1985, año en que al gobierno norteamericano se le ocurrió comenzar con un programa radial de servicios para Cuba con el nombre de alguien tan socorrido, para todo el mundo, como el poeta José Martí Pérez y el mismo día de su salida al aire transmitiera el primer capítulo de una novela de la más triunfadora de las autoras, como rezaba la presentación: Delia Fiallo, una escritora que trabajó, según me dijeron, en Radio Progreso y creo que en la televisión en tiempos del capitalismo.

La cuestión es que Esmeralda, apasionante como la vida misma, se comenzó a oir desde su primer capítulo y logró un furor de audiencia solo comparable, si no fue más que el que despertó El Derecho de Nacer de Félix B. Caignet a finales de la década del cincuenta en el siglo veinte. Era algo muy curioso porque se hizo una especie de mitología con la novela, al punto que, se dice, los alumnos universitarios entraban a los turnos de clase con radios portátiles soviéticos para oir el capítulo del día y hasta en los hospitales, de eso fui testigo ocular y presencial con una novela posterior de esa misma emisora; La Pasión de Silvia Eugenia: las enfermeras se encerraban en los llamados cuarticos de enfermeras a escuchar de manera casi desfachatada la novela. Con Esmeralda sucedió un fenómeno sin precedentes y era que uno iba bajando por la calle San Isidro, por ejemplo, hasta Bembeta procediendo de la calle Cisneros y a todo lo largo del recorrido ibas oyendo el capítulo que se escuchaba en la mayoría de las casas. Así fue. Ni más ni menos. Por lo tanto entra entonces la situación que hay que combatir al enemigo con sus propias armas y se le ocurre a alguien hacer hacer una novela que saliera en el mismo horario y que fuera tanto o más tentadora que Esmeralda y fui escogido, bendito sea Dios, para enfrentar a la más triunfadora y yo estaba haciéndome agua los sesos para encontrar o inventar o lograr una historia enjundiosa y lo suficientemente atractiva con todos los ganchos posibles para despertar el interés en el oyente y ganarle, ahora sí, una verdadera batalla ideológica al imperialismo.

Hay cosas que no tienen ni pies ni cabeza y aunque yo andaba muy ufano con el hecho de que me hubieran escogido para tamaña hazaña, había una espina clavada en lo más profundo de mis entrañas, que me provocaba algo de dolor al respirar y era que sabía, viviendo en el país del disparate, que lo disparatado estaba por llegar; que sí, que estaba muy bien eso de enfrentar a la triunfadora, que era una maravilla luchar a brazo partido con Esmeralda ciega, con Marcos Malabé, con Juan Pablo y con la tal Dominga que armó todo ese enredillo, pero que algo tendría que salir, que como todo, una sombra volaría, empañaría mis mejores intenciones de combatir en buena lid al enemigo en el famoso campo de batalla de la competencia radial. De todos modos yo tenía que registrar en lo más profundo de mis ideas para batallar con las incalculables peripecias que protagonizaba Esmeralda y, cuando me entero de que fue algo de furor en su primera transmisión creo que en la radio venezolana, fue cuando me entró la furia por meterle mano a la guerra y salir airoso porque yo estaba, como todo vanidoso y pagado de si mismo, seguro de que iba a ripiar a golpe limpio a aquella enemiga solapada, taimada, que día a día a la misma hora se dedicaba a visitar a mis vecinos y más allegados amigos con la consabida historia de niños cambiados, ese llevado y traído de que este no es hijo de estos sino de estos otros y despertar la terrible sospecha de que, dos personas que se aman hasta el frenesí, puede que sean hijos del mismo padre: el incesto gravitando como una espada de palabras y enredos que van más allá de lo imaginable para que los oyentes digan:  ¡Ay, Dios mío, eso no puede ser!¿Como es posible que sean hermanos?¡Es horrible, ellos no lo saben! Pero de todos modos eso es el incesto, el peor de los pecados y allá te va con conjeturas, definiciones, conclusiones a priori y la triunfadora, y ya en este caso el triunfador que no es otro que yo, armando la historia de Tuya Esther que estaba plagada de tarros, metedura de patas, malas madres, hijos despreocupados, relaciones de negros y blancas y padres oponiéndose, pero el amor triunfando, y vete a ver que cantidad de disparates que tenían que parecer reales, al punto de que el éxito de la novela, me parece que radicaba en el triunfo de una mujer que por su amor sacrifica en vehemente deseo de su madre de irse a Estados Unidos, y se opone a la autora de sus días logrando quedarse en Cuba al lado de su hombre, el que llegó tarde a su vida, pero llegó al fin y a la postre.

continuará...





Agradecimientos


domingo, 5 de mayo de 2013

La dolorosa historia de Catalina Rodríguez


A mi tía Cata

Durante años, Catalina Rodríguez Salcedo, hija de Blas, alférez del Ejército Libertador y nacida en mil novecientos tres, vivió sumida en un silencio más profundo, algo que, sin dudas, se podía tocar, que se podía palpar.

Este silencio comenzó en 1971 cuando su única hija y sus dos nietos abandonaron definitivamente el país en el mes de Abril. Su vida cambió por completo y solamente se oía espantar a las gallinas cuando venían hasta su cocina y que se criaban en el inmenso patio de la casa. Catalina vivía al lado nuestro y todo lo que hacía se sentía acá, del otro lado: toses en la madrugada, a veces comentarios en voz baja y hasta uno que otro suspiro que a mi se me antojaba que era de desesperación. Poco a poco fui ocupando el lugar más importante en su vida, contaba conmigo para todo y, a pesar de mi alcoholismo, siempre confió en mi y terminó por quererme casi como a su hija. Yo resolvía las pocas cosas que hubo que hacerle cuando ya decidió no salir más a la calle, entre ellas, cobrarle la lamentable pensión de asistencia social que constaba de unos 44 pesos mensuales que cualquiera que tenga un dedo de frente puede entender que esto no es dinero ni es nada en el país que sea. Su hija la ayudaba desde USA pero a partir de 1991, en el mes de agosto, lapidó la memoria hacia su madre y se puede decir que colocó la losa sobre su madre y esto sucedió cuando nuestro país comenzó a padecer de una rara epidemia económica sin precedentes que se ha dado en llamar, como a tantas otras cosas lamentables con el rimbombante nombre de Período Especial en Tiempos de Paz, algo que pasa de ser un mero significado de uno de los momentos más alocados de la nación y que aún en el 2013 no ha concluido del todo. 

En enero de 1997 Catalina tuvo la fractura de cadera que finalmente la llevaría a la muerte. Durante once meses padeció de una invalidez que hasta le prohibía llevarse la cuchara a la boca y yo tenía que darle la comida mientras hablábamos a gritos, ya que estaba casi sorda, pero la pasábamos tranquilo. Es cierto que yo apenas dormía pendiente de cuando me llamara para cualquier cosa, pero recuerdo ese tiempo como algo bueno y que aún yo no había perdido la fe en el Dios de mis mayores, lógicamente el Dios de Catalina, castigador e implacable en sus designios, al menos para con ella. Ahora me viene de pronto la imagen de mi tía, sentada en la silla de ruedas que mi madre usó por siete años, llorando desconsoladamente y diciéndome que "quería saber de los suyos", o de que trataba de buscar una palabra, una noticia, algo que acabara con aquellos seis años de silencio absoluto por parte de su hija. Carlos Victoria me dijo una de las veces que hablamos por teléfono, que no fueron pocas ya que me llamaba todos los meses desde Miami, que había personas que decidían olvidarse de los suyos de acá, lo cual no entendí, porque era como olvidarse de haber nacido de alguien, o vivir en un limbo familiar que para mi, que lo soy tanto, resulta totalmente incomprensible. No creo que nadie pueda olvidar a su madre, para bien o para mal tiene que recordarla de alguna manera, cosa que parece haber sucedido con la única hija de Catalina, que la sacó de su cabeza o de su corazón o de los dos lugares a la vez por una sencilla razón, porque mi tía era mestiza, así como suena, según mi padre la más atrasada de catorce hermanos, la que heredó la negritus de María Bencomo, la madre de mi abuela Eugenia y estoy seguro que esa fue la causa, porque lo que sí sé, es que ella, la hija de Catalina, Olga Juliana, la negaba desde niña, cuando estaba en la escuela de monjas, diciendo a las compañeras de aula que su madre era la sirvienta de la casa. Eso lo oí desde que nací. Pero no es motivo para silenciarse, esa no es la causa para borrar al ser más importante de la vida de otro ser; eso no puede convertir un sentimiento de agradecimiento por haberte criado en un desprecio devastador hacia una anciana de 94 años que clama por la presencia de una hija. Y lo hizo. ¿Por qué? ¿Porque su madre era mulata? ¿Porque su odio hacia mi era visceral? ¿Porque era homofóbica y yo representaba ante sus ojos a lo más despreciable de la naturaleza humana? ¿Por eso? ¿Por ser quizás más extremista o pertenecer a la ultraderecha de Miami o algo por el estilo? ¿Por borrar su vida en Cuba lo cual era imposible ya que había vivido treinta y cinco años en su país y sus hijos, hembra y varón, eran cubanos y por más aún camagueyanos? ¿Porque quería hacer borrón y cuenta nueva?,Para estas preguntas no hay respuestas, no las hay. Catalina murió el once de Noviembre de 1997 a las doce del día, tranquila, recibiendo la oración de una vecina que tenía sus manos entre las de ella mientras yo me negaba a que aquello pasara por mucho que, desde hacía rato, mi padre me lo venía diciendo. La habíamos pasado, aquella persona que se iba ya y yo muy mal...?

Habíamos atravesado algo triste, penoso, demasiado angustiado, como para que la dejara ir así, sin más y me quedara solo con mi padre...Era el noventaisiete del siglo XX, el Gran Siglo y la humanidad se revolvía entre atentados, crecimiento económico en muchos países y en otros no, pero Cuba, como siempre, distinguiéndose de las demás, viviendo un tiempo de escasez que no era más que un tiempo de miseria aguda donde hasta algunos se quitaron la vida por la desesperación de no tener ni un comino de esperanza: Cuba, la más bella, agonizando en su propio caldo, en su plataforma insular y una vez más sometida a sacrificios en aras de un futuro que había perdido hace mucho tiempo. Y nada más queda por hacer otra pregunta, una pregunta que mi tía Catalina Rodríguez se hubiera hecho o quizás se la hizo en los momentos, en los inmensos momentos de soledad a los que se vio sometida: ¿Qué es un Período Especial en Tiempos de Paz? ¿Qué carajo es eso?





jueves, 2 de mayo de 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Tienda de víveres






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Nikitín desde el Camaguey



Nací en Camaguey y lo más terrible es que puede ser seguro que muera en ella y siempre sería en contra de mi voluntad. Hago folletines de radio y mi vida es la de casi todo el mundo por acá, o sea, que no le alcanza el dinero para comer. No soy músico, no soy deportista y no soy pintor porque no me dejaron graduar en la década del sesenta por mi condición sexual. Ahora tengo más de sesenta años y quisiera encontrame con todo aquel, al menos de manera simbólica, con los que supongan que me puedan responder lo que pregunto. ¿Hay respuestas? ¿no las hay? ¿Quien sabe?