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lunes, 14 de agosto de 2017

Los jueves

Foto: Farmacia en la calle Cisneros esquina a Cristo. Camagüey.

Los jueves son los días de medicamentos, quiero decir que son los días en que los sacan a la venta. Desde la madrugada se va formando una cola, principalmente de ancianos a esperar que abran la farmacia a las ocho. Son personas víctimas de dolores y de cientos de malestares y todas las ventajas que trae consigo la vejez que son innombrables, una de las cuales consiste en un ejercicio  mental, donde todos nos vamos dando un poco más de tiempo para no montarnos en la balsa de Caronte que navega airosa por las aguas infectas del Tinima y el Hatibonico, donde si no te mata la muerte, te matan las clarias, pez de origen, para mi desconocido, comestible y que, a su vez, se come lo que sea.

En estos días fui un jueves a la farmacia donde puedo comprar con mi tarjetón -que no lo voy a explicar ahora-, y no había los medicamentos, traté de sedarme y salí. Desde la esquina me llama alguien mucho mayor, jorobado, un bastón en una mano y en la otra una jaba y me pide que lo ayude a cruzar Bembeta para seguir Martí arriba. Lo hago y comienzo a hablar con él: lo reconocí a pesar de lo viejito que está y le digo que se ha pasado la vida vendiendo cosas, y él, que cómo yo lo sé y le digo que lo recuerdo dentro de los cines, con un cajón colgado del cuello, hace más de sesenta años, además, que era compañero de barras y traganíqueles de mi tío y cuando le digo el nombre me aprieta el brazo y me dice: ¿Lastre? Personas como el ya no hay. En la jaba lleva cajas de fósforos para venderlas por allá arriba. No le pregunté el nombre pero si la edad: 93 años. Por la calle Martí, pesada Bedoya van 93 años de una vida que no es vida. No gano mucho, pero algo es algo, me dijo en la despedida. Algo es algo, sí, la muerte también es algo. Y su voz baja por los pasillos de los cines, chicles, caramelos, dulces finos y cigarros de todo tipo,  en la pantalla Kim Novak, destacaba su rubia belleza en un fondo rojo. Es una escena de Vértigo que no he olvidado como no olvido el suave ofrecimiento, el susurro de sus golosinas. Alabado sea. Alabada su angustiosa tenacidad. Alabada su fortaleza. Ojalá ese día hubiera vendido todos los fósforos y se comprara una libra de carne de puerco de 25 pesos.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Antes que fallezca


Muchas personas se me han acercado y me han pedido que cuente mi vida, que sería más intensa, cosa que dudo, que "Antes que anocheza". He pensado hacerlo, quiero decir, olvidar afectos y  desnudar vidas que conozco y hacerlo sin el menor de los escrúpulos, sin detenerme ante nada y hablar de seres humanos a los cuales he estado ligado, ya por una supuesta amistad o por otro tipo de relación.

Todos guardamos secretos, algo de lo que nos avergonzamos, y en muchos casos, estos secretos son dolorosos y otros no. Un ser humano siempre lleva algo oculto que tratará de no revelar jamás.

He tenido muchas personas a mi alrededor, amigos buenos, otros menos buenos y de cierta manera, tanto unos como otros, me han dañado. Aprendí que es cuestión propia de la vida y, que esos cariños apasionados que sientes por los otros nunca es eterno. Acabo de perder a alguien que siempre se mantuvo fiel a mi, que jamás me hizo daño y que me cuidó y protegió hasta pocos días antes de morir. Fue la que más cariño me tuvo y se encargó de hacérmelo saber todo el tiempo durante cincuenta y dos años, ahora bien, ¿qué ganaría yo revelando sustanciosos secretos de esta persona, secretos confesados sólo a mi, creo yo?¿Qué sacaría en limpio si siempre me he sentido orgulloso de ser un hombre honesto y confiable?

Curiosamente la mayoría de los que fueron mis amigos, vivos o muertos, no pueden suponer las cosas que se de ellos, pero pueden estar tranquilos, no soy Reinaldo Arenas y mucho menos voy a escribir "Antes que Fallezca", por otra parte a Arenas también se le quedaron cartas ocultas y más aún: no me interesa hacer algo mejor que otros, me gusta lo que hago y si se parece a cualquiera, me da lo mismo.
Ahora tengo nuevas personas alrededor, me brindan afecto y en algunos casos admiración y no puedo negar que esto me disguste por muy deprimido que esté. La depresión, en muchos casos es crónica, y ante eso  ¿qué se puede hacer..?
Soy una buena persona, me rio y lo sigo siendo, como ahora, me debato en la extrema pobreza y soy la misma buena persona, trato de no tener muchos escondrijos y de un modo u otro echar al aire cuatro o cinco carcajadas al día.
Para concluir: la he pasado pésimo la mayor parte de mi vida, pero lo que sembró mi madre y abonó mi padre no cayó en terreno árido, sino en el fecundo terreno de mi alma que es tan pródigo como el de la bendita tierra cubana.


domingo, 30 de julio de 2017

Las hijas de Luz Vázquez


Su obra puesta en escena era el nombre del concurso convocado por Teatro Estudio, la entidad teatral más prestigiosa en los años 70. El premio consistía en el montaje de la obra y el pago del derecho de autor. Hacía unos meses había terminado una pieza: Las hijas de Luz Vázquez y la convocatoria me venía como anillo al dedo y, tenía la certeza de que, en ese momento no podía haber una obra mejor y por eso, el 4 de  Septiembre de 1978 me encontraba entregando en la recepción de la sala Hubert de Blanck un original y dos copias de la obra que, al ser premiada, algo de lo que estaba seguro, mi porvenir en la escena nacional estaba asegurado. Al dejar la obra en manos de una señora muy amable, creo que su nombre era Olga Abreu, me dijo que yo hacía el número 34 y quedé asombrado de que tantas personas escribieran teatro. El día anterior, domingo por cierto, al llegar al hotel llamé a Virgilio Piñera y me rogó que fuera para su casa. Yo llevaba una copia de la obra con la intención  de leersela como era mi costumbre y se negó, me dijo que el sabía mi calibre de escritor y hablamos de un problema que un amigo mío, poeta de altura, había tenido, cuatro meses atrás, con la policía política y fumando y tomando café pasó la tarde y salí sin su opinión sobre mi texto y tampoco le dije que se la había dedicado a José Soler Puig, persona que aún hoy, tiene en mi un  cariño infinito y al que considero el escritor de la novela más importante escrita en Cuba en mucho más de medio siglo.

Regresé a Camagüey a esperar el resultado. El jurado estuvo constituido por: Humberto Solás, Rine Leal y Mario Balmaseda, un buen jurado en ese entonces. Un día leo en la prensa que la participación en el concurso llegaba a la cifra de 99 escritores y me dije que en mi país había más dramaturgos que en China, cosa que me hizo pensar que iba a ser algo reñido y que fuera lo que se le ocurriera a Dios y ya. Pero sucedió algo imprevisto y es que conocidos mios en La Habana, comenzaron a enviarme telegramas asegurándome que mi obra iba a ser la premiada, yo estaba en jaque y ya con un pasaje para pasar mis vacaciones en en Hotel Saint John's.

Llegué un domingo a las tres de la tarde, llamé a Virgilio y salí disparado para su casa y abriéndome la puerta me soltó que yo era el premio, que Luis Felipe Bernaza le había dicho en casa de Olga Andreu que Humerto Solás se lo había afirmado, y yo con los ojos desorbitados le solté que no sabía nada y que si estaba en La Habana era de vacaciones y yo no había recibido ninguna noticia. Pues la premiación es mañana a las cinco en la casa teatro y llamó a Estorino, y yo brincando en un solo pié porque Estorino le dijo lo mismo de que era yo. Y me fui y me emborraché en el Pico Blanco y canté junto a José Antonio Méndez: La Gloria eres tú, Novia mía y todo lo que me ocurrió y como era de esperar cuando estaba en La Habana, el teléfono me anunció que comenzaba una mañana más con Virgilio y su café y aquellas cajetillas sin etiqueta. Yo estaba mal, pésimamente mal porque ya tenía la certeza de que lo del premio se había jodido y Virgilio pensaba lo mismo. La premiación era esa tarde y yo no tenía ningún indicio de mi triunfo y me pasé el día bebiendo por toda La Habana terminando en La Bodeguita del Medio, junto a unos holandeses capitaneados por una tal Crecía.

El martes por la mañana, al Virgilio abrirme la puerta me espetó: te quitaron el premio. Yo lo sabía, pero al tener la certeza, me derrumbé y esa misma mañana llamé a Teatro Estudio y me entrevisté con Raquel Revuelta, que me confesó que ella había dicho a Solás que el grupo podía asumir dos obras. Yo no lograba controlar el llanto y mucho menos, porque Virgilio me dijo que Estorino le confesó, que en el acta del jurado  se extendía más hablando sobre mi obra, que sobre la premiada. Raquel fue una gran señora y me dijo que no entendía lo que había pasado, que ella confiaba ciegamente en Solás y que este le había comentado en ocasiones la calidad de mi obra. Horas después al percatarme de que no había preguntado por el premiado, llamé al teatro y este señor estaba allí y lo felicité. Creo que terminé de llorar en el Scherezada. Yo no se perder. Regresé a Camagüey y a los pocos meses, alguien, un viejo amigo, se me acercó en la Avenida de la Libertad, y me dijo en voz baja que el premio me lo habían mandado a quitar. Eso me dejo raro y seguí. Lo que me sorprendió fue lo de años más tarde, ya había dejado de beber alcohol y estaba en una recepción, me llaman de lejos y al momento se acerca otro amigo y me lleva con una persona que me quería conocer. Estaba al tanto de todo lo que había  sucedido, pero no solo eso, sino que había leído la obra y la recordaba y me reiteró que las autoridades provinciales, tanto políticas como culturales, habían decidido que yo no merecía ese premio, que no podía ser porque no era confiable, era alcohólico e irreverente. No era mentira, no, quizá haya sido aún mucho más, pero, ¿y la obra? ¿Qué tenía que ver la obra, su calidad, su teatralidad con mi vida desastroza? ¿Qué me diferenciaba de tantos y tantos escritores?. Yo no perdí el concurso, claro que no, lo perdió el Teatro Cubano y eso es lo que lamento.

sábado, 29 de julio de 2017

Fefa

Foto: Biblioteca Provincial "Julio Antonio Mella", antes Liceo de Camagüey

Josefa Gómez trabaja en la Sala de Literatura de la Biblioteca recién inaugurada. Yo soy el socio número 20 y voy todos los días y de repente, como quien no quiere las cosas. Fefa y yo intimamos y se convierte en mi consejera literaria. Yo tengo 15 años y he leído a muchos autores, pero Fefa, cautelosa,me va prestando libros, poco a poco y así leo por países, norteamericanos, rusos, españoles, latinoamericanos, franceses, en fin que andaba con la cabeza llena de letras, a punto de entrar a estudiar pintura, casi al enamorarme del ser más perfecto de Camagüey, y era feliz. Había logrado desprenderme de un grupo que no me gustaba y solo por aquí, por allá, entrando y saliendo de algunas tiendas que aún se parecían a lo que fueron pero sin serlo y  era feliz y, como siempre, como aun lo hago, cantando cientos de canciones, y era feliz, digo yo, porque para nada me molestaba la soledad y, como ahora, tenía una facilidad para hacer empatía con cualquiera, ancianos, barrenderos, gente común que son las que más me han rodeado.

Pero Fefa no era ni por asomo, una mujer común sino todo lo contrario, adivinaba tu estado de ánimo y entraba al almacén y salía con algo sorprendente, diciendo, esto te va a encantar, y pégale el cuño, que te encantaba y luego lo comentaba contigo como si tu fueras todo un literato. Lo que más me gustaba de ella era su sencillez y lo que más me sorprendía era una alergia que le provocaba una andanada de estornudos mas veloces que los segundos.

Fefa se murió un domingo. Murió como vivió, apacible y sin ostentaciones. Voy a resaltar lo que para mi era su gran distinción, su habilidad para leer entre líneas. La que yo considero mi obra más importante: Las Hijas de Lux Vazquez, escrita entre 1976 y 1977, la única obra que pienso se ha escrito en Cuba sobre nuestras guerras libertarias y es una exaltación a  nuestra nacionalidad y a nuestra libertad, tiene un parlamento, que la única persona de todos los que la leyeron, que supo mi verdadera intención al escribirlo, fue Josefa Gomez y me lo dijo y me felicitó. " Has dicho algo osado, pero tan bien dicho que es imperceptible, un buen texto." Y lo más importante, me anunció la presencia de quien sería mi mejor amigo y así fue, el más amado, el Carlos de los sesenta del siglo pasado, el que aún vive en mi corazón y que morirá conmigo como el otro amor, el tipo más perfecto de Camagüey, el que nunca logré apresar con estas envejecidas manos.

martes, 25 de julio de 2017

Domingos


…Me sucede exactamente igual, pero lo que me resulta angustioso es el mediodía  las horas que van de las doce o la una hasta las cinco.
Casi todos los domingos nos íbamos a pasear, menos el que papi me halaba por los moños y yo iba pataleteando,  y que a mi no me gusta "Los Cocos de Durán" y mi padre me metía a empellones en un carro de alquiler  y antes de media hora, no eran ni las siete si acaso, llegábamos al mismo ritual de contar vacas, novillas, toretas, añojos y terneros. Papi repetía lo mismo: ¿Y pa quien es to eso, cabrón? y yo: pa mi. Claro pa que no pase trabajo como yo y estudie una carrera, médico, sí, eso.
Volvíamos a media tarde casi siempre con el mismo chofer Carmenates. ¿Ya vio? Todo es suyo.
Un día mi padre llegó del trabajo a almorzar y venía sollozando. Todo lo perdió y la vida cambió y los Domingos jamás fueron iguales, a no ser los mediodías, algo de lo que no es posible sentir nostalgia.

lunes, 17 de julio de 2017

Adiós, que triste fue el adiós

Carlos Victoria. Foto de Eva M. Vergara. Revista Conexos

Qué tú dices, mima. Que ojalá les vaya bien, ustedes tienen, mimo, un animal rabioso entre las piernas y eso no es bueno porque lo llevan a donde quiera que vayan. Un animal rabioso, mima, pero lo tenemos en la misma sangre.

El tiempo no era como el de ahora, que va, al menos en la casa vieja había fresco, claro, la casa vieja tenía el techo de tejas criollas y el puntal alto, una casa construida en 1925 y terminada en los primeros días de 1926. Tenía una cocina abierta al mundo, al sol, al cielo ya las campanas de todas las iglesias de Camagüey. El llamado a misa de las campanas entraba por la cocina y uno sentía que la ciudad vivía, que bullía en un sonido que no era prolongado, en los días silencio, que los había, días de esos de cielo plomizo si aguzabas el oído, se escuchaban las campanas de la Iglesia de La Caridad,  y había quien decía que oía las de San José, casi llegando a la plaza  de Méndez.

Las ciudades cambian, los habitantes también, todos cambiamos cada día porque el pensamiento que teníamos ayer sobre algo, hoy es diferente. Todo se mueve, imperceptiblemente, sin que lo sientas, hasta el ritmo de tu corazón y el dolor del alma, el mal dolor, se transforma. El dolor que dejó en mi la partida de mis más queridos amigos ha ido cambiando a lo largo de los años y también el cariño se ha transformado en unas raras evocaciones de un pasaje cualquiera, en el Bosque, en La Feria, en alguna Fonoteca o un parque. A veces ellos forman un conjunto irreal enmarcado en un paisaje real, un ámbito al cual puedes ir ahora mismo. Ya por una canción, especialmente, se vuelve contra ti un 31 de Diciembre, cualquiera de los setenta. Se ha dado en llamar a un quinquenio de los setenta, gris, pero para nosotros, pesar de presidios injustos y decisiones fatales, al menos para mí, los setenta brillan como años de oro, nuestros años felices. De mis amigos con el que tenía un código de humor que no fallaba era con Carlos. Supongo que poco a poco, desde el inicio de la amistad más hermosa y sólida que he conocido, fui haciéndolo reír con mis locuras, improvisaciones, anuncios y un sartal de cosas que, sin más allá ni más acá, lo sorprendía hasta la carcajada. Catorce años después del 1980, al encontrarnos, se había perdido la espontaneidad de nuestra relación. Había cambiado, inevitablemente mucho más serio y mucho más amargado. Ya en ese momento, septiembre del 94, se había establecido el ritual de las llamadas todos los primeros martes de mes a las seis de la tarde. Sucedió hasta cuatro meses antes de su muerte. A los pocos días le fue diagnosticada la enfermedad que lo llevó al suicidio y yo sabía. Desde antes de Junio que algo le pasaba pero él lo negaba. Sólo sé que sufrió dolores terribles gracias a que no permitió que se le hiciera el procedimiento quirúrgico habitual en su caso y debe haberlo pasado pésimo. Yo no pude ni siquiera llamarlo, yo estaba bloqueado, raro, casi indiferente al suceso, negándolo hasta su muerte como si con mi falsa incredulidad yo evitara que una de mis personas más amadas  rabiara y no tuviera siquiera compasión de sí mismo. 
Uno no conoce totalmente ni siquiera a sus padres o a sus hijos, a su familia. Esa sentencia de ¨yo sí que lo conozco, a mí no me puede engañar´´ es totalmente falsa. Alguien se te puede revelar súbitamente como el reverso de lo que pensabas conocer y creo que eso me sucedió con Carlos. El ser que murió el 12 de Octubre de 2007 era alguien que rezumaba todo el dolor y la angustia de 57 años que ni siquiera los privilegios que le proporcionó el destierro, si es que el destierro en realidad puede darnos privilegios,  pudieron amainar. Todo lo que sé de Carlos es por lo que me contó ya en Cuba, ya desde el exilio, y si de alguien no puedo fabular es de él. La pasó como tantos, como yo mismo, arrastrando la cruz que le toco como yo arrastro la mía hacia un Gólgota, me atrevería a decir que miserable, sin nadie al lado.


Porqué dices eso, mima. Lo sé mijo, yo he conocido a muchas personas pero a alguien con una tristeza tan grande el rostro, mijo, solamente a él. Ya descansó. Es lo mejor que le pudo pasar, si, llora, mijo, muchas veces he creído que lo querías más que a mí. No sé, mima, ahora no sé, ahora…ya no se ni a quien quiero y mucho menos lo que quiero. Lo sé mimo. Mima, las campanas, y esto no es locura, todas las campanas de Camagüey suenan tristes, como si lloraran. Y lloran, mijo, claro que lloran.            

jueves, 13 de abril de 2017

Tobías

Tobías era hijo de Mariposa, la única perra que tuvo mi tía Catalina y a la que traje a la casa vieja cuando esta murió. Mariposa parecía boba y tenía una rara peculiaridad y era que no ladraba, jamás lo hizo; yo pensaba que era muda y un día casi la vuelvo loca haciéndole cosquillas hasta que gruñó y chilló pero no ladró, seguro que no lo hizo. En tres ocasiones un perro  negro de San Isidro la montó. Parece que a Mariposa le encantaba el negro. Todo indica que, en los dos primeros partos, desapareció a la cría porque jamás los vimos. Pero en la tercera, yo por casualidad estaba en la cocina cuando empezó a parir: fueron tres pero solamente se salvó uno, Tobías, el tipo más bueno y más vaina del mundo y que su adoración por mí era enfermiza. Yo ayudé a la vieja perra en su parto y el Tobías  pasó  ser parte de mi familia y la de mi padre pero mi padre se fue a las pocas semanas gracias un infarto y a su negación de ir al hospital a pesar de mis  ruegos. Cuando fuimos ya era tarde.

Tobías no lo conoció y desde finales de enero del 2000 mi perro, Mariposa  y yo entramos al universo mágico de la soledad compartida. Tobías y su madre cometieron el grave pecado del incesto, yo les alertaba de los horrores del Infierno pero ellos se cagaban en eso y cada vez que la perra entraba en celo, ya tú sabes, el horrísono pecado, como diría Fray Bartolomé de las Casas, un buen sacerdote,  creo yo que dominico y que trató al menos de ayudar a los indios taínos y siboneyes que jamás supieron que coño era el misterio de la Santísima Trinidad, cosa que, les confieso yo nunca he llegado a entender del todo. El caso es que  del incesto Mariposa se preñaba y paría, y ni Tobías ni ella insinuaban el sitio donde desaparecían a los hijos, lo cual me llevó al convencimiento de que "los mandaban" lo cual traducido al español quiere decir  que se "los jamaban". Eran perros caníbales, una raza de la casa vieja con el número 310 de San Clemente. La barbarie no siguió porque la pobre perra murió, según un veterinario, de un tumor cerebral bajo un aguacero en el que las goteras terminaron de caer mucho después de haber  escampado. Entonces Tobías hizo un voto de celibato y jamás montó a otra perra, ah, pero cuando olía a alguna en celos, montaba un sainete de aullidos y carreras, y yo  tratando de que se fuera a la calle, tas loco, ni con los guardias. 

Nunca bajó solo del quicio, ni en la casa vieja ni aquí en la que ya no es tan nueva. En la casa vieja yo tuve la suerte, a causa de una crisis de duelo tardío, de caer en un profundo pozo de desesperación, una curiosa anticipación, si en realidad creyera en eso, del verdadero infierno y creo, no, estoy seguro de que el único ser vivo que entendió mi agonía fue Tobías, porque en  las largas  horas que yo pasaba en la cama, él estaba al lado mío, echado allí, esperando que yo lo acariciara de vez en cuando, cosa que, confieso, me pesaba hacer. Me acompañó todo el tiempo y me ayudó porque, gracias a él, me obligaba levantarme e irme a hacer algo de comida, porque mi Tobías no tenía culpa alguna de que me enfrentara a la desdicha de no tener familia, porque las tías que me quedaban vivían lejos, y lograba visitarlas un rato a San Martín cuando salía de la consulta con mi terapeuta, cosa que  hacía esforzándome brutalmente , ya que tenía que viajar en un carretón de caballos hasta el Oncológico que era donde la siquiatra me consultaba, y adonde nunca dejé de ir. Una depresión es indescriptible, al menos para mí, y como el alcohol, que me ha dejado huellas después de veintitrés años de abstinencia, la depresión y otros síntomas emocionales persisten y se irán cuando me vaya.

Un día se me ocurre que Tobías debía conocer a Camagüey y lo saco aún de noche y sin cadena a dar una vuelta por ahí. Él, apenas salimos, empezó a olfatear todo lo que se encontraba por delante mientras yo, con ese empeño a lo Juan Ramón Jiménez, le iba explicando esto y aquello y mira Tobías, las cuatro palmas del Parque y la calle Independencia y la calle Maceo y General Gómez y El Encanto, que fue una de mis maravillas infantiles cuando, mirando a través de la vidriera, se me salían los lagrimones soñando con el tren eléctrico que exhibían por Navidades. Si lo vieras, Tobías, con su estación, los retranqueros, los guardavías, los túneles y el coño de la madre. No puedes imaginar lo que pené por el jodido tren eléctrico y, esto es así, del mismo modo que juré, en aquellos años, que nunca guardaría un quilo; juré que  mi hijo tendría el tren de juguete más grande, pero, Tobías, ni hijo ni tren.  Si hay un instante en el que la ciudad adquiere un tono como de fábula o algo parecido, es el momento que preludia el amanecer, o sea, cuando el cielo adquiere una tonalidad azul que es de una belleza arrolladora, Tobías, y tu olfateando y yo mira, es como un azul cobalto; es como ese azul que he visto en unas láminas de Van Gogh en un cuadro "La Noche Estrellada", un alucine. Creo que si veo un original me paralizo, y mira, es un azul diferente Tobías. Un azul regocijado porque abre con su color la entrada de los colores fabulosos del alba, allá por San Francisco, por donde mismo se forman las aguas que caían cuando yo era un muchacho. Ya ni eso. Pero Tobías es de una indiferencia brutal, ni siquiera se entera cuando ya el sol va saliendo y estamos los dos sentados en el parque, y la luz  comienza a posarse en los penachos de las palmas y hay un verde oro en ellas y una brisa y una vida y una casa y una calle y tú mismo, agradeciendo al Dios que se te antoje, poder apreciar eso, mi perro, que Camagüey se enjoya y se atavía muy elegante para empezar otro día que, bajo esas palmas, puede ser un día fatal y delirante, como la mayoría de estos días. Regresamos bajando por San Isidro buscando Bembeta, Tobías en su empecinamiento de olfatear el mundo, sigue en lo suyo y yo llego casi contento porque hoy es un Domingo de mañana y hay campanas y misas y cultos y oraciones y fe. Si tuviera fe, daría gracias por la belleza que me ha tocado presenciar y lo hago, doy gracias a ELLO por mi Tobías, porque cuando entra a la casa se sacude como si lo hubiese bañado y mueve alegre  el rabo, muy ufano de llevar en su olfato tantos olores diferentes. Entramos al mejor domingo de nuestra vida, él, esperando su leche y yo esperando una sorpresa cualquiera.


Tobías se morirá en Febrero del 2015, en un amanecer soleado; se morirá en lo que yo salgo a tomar café y lo hará tranquilo, reposado y sin dolor, no ha comido en dos días y ni siquiera ha tomado agua, ha intentado levantarse, pero no ha podido.  Cuando lo estamos enterrando en el patio de Efraín, he sentido que con él, lo hice lo mejor que pude y siento la satisfacción de que se ha ido antes que yo porque que habría sido de él si yo me hubiese ido antes: ciego, sordo, lleno de mataduras y convertido en un viejo gruñón. Fue una buena salida y a mí sólo me queda hacer una pregunta: ¿Será cierto que son los mejores amigos del hombre? ¿Será cierto que puede recordarme desde el desconocido Paraíso de los que nos aman más allá de la vida?