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lunes, 23 de diciembre de 2013

Navegando sin Lastre


Tomado del blog El Penhouse de Heriberto, del desaparecido amigo de Nikitín, David Lago González.

Xenitis Rebel: MI PERSONAJE INOLVIDABLE.  

Me suscribí a Selecciones del Reader's Digest en un lapsus mentis de mis 10 años de edad, en el año 1961.  La entrega de la revistilla no llegó a final de año: sin duda alguna ya La Revo --mujer inteligente donde las halla-- se habría dado cuenta de lo perjudicial del mensaje que esconde dentro el pequeño formato de esa publicación y con esmero se entregaba a cuidar de nuestras mentes.
Recuerdo que entre toda aquella basura que publicaban, había una sección que se llamaba "Mi personaje inolvidable".  En realidad yo tengo la suerte de tener muchos "personajes inolvidables" que andan conmigo de un lado para otro --"some of them are gone, some remain"--, y sin duda alguna, uno de ellos es Nikitín, a.k.a. (also known as) o t.c.c. ("también conocido como") José Rodríguez Lastre, y sobre todo, para Carlos Victoria y para mí, como "Josep".
Con él, y otras personas, conformamos una especie de "generación" (aunque en realidad es una perversión del término llamarle así), o "grupo", una fantasmagoría que existió y hoy sigue existiendo de la misma forma que comenzamos andando en ella: al mismo tiempo dejando de existir para lo establecido.  No sé cuándo comenzaré a escribir sobre esto: verdaderamente los muertos que quedamos vivos estamos tan cansados que, según las últimas llamadas de ayuda, parece que tendré que ocuparme yo.  No sé en qué barco voy a navegar, me aterra un nuevo viaje, me aterra emigrar otra vez, aunque sea al pasado.
El amigo Xenitis ha hecho este hermoso homenaje a un personaje inolvidable para muchos.

Gracias, Xenitis.

David

Navegando sin Lastre

«Sabe lo que le falta y lo busca con afán. Tiene una madurez que no se esclaviza al crecimiento y una sabiduría que no prescinde del suceso inmediato, pero tampoco le rinde una adulonería barata. Su sabiduría tiene una excelente fortuna.»
(Paradiso, Lezama Lima
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Como yo no sé de cartas, y porque hace casi una década que navego sin su compañía, me antojo hoy de hacerle un amasijo de agradecimientos. Escribo una “reflexión patrística” referente a una personeidad (en el sentido de Xavier Zubiri); concreta, de carne y hueso; un AMIGO (amico-amicizia). Escribo de una amistad que se afianza por la distancia, y me exige poner el corazón como un altar sobre el que deposito todas mis ofrendas. Ha sido él “la otredad” de la que hablaba Antonio Machado más que la alteridad; la herida cordial que va más allá de la sublimación de la sexualidad, de una forma ética del eros, de un grado de intimidad menor que el amor, y por encima del tiempo y las contradicciones de la vida. Para mí, alguien teleológicamente más allá del multilaureado dramaturgo y escritor radial camagüeyano: “uno de los más importantes de la antigua Villa de Santa María del Puerto del Príncipe.” (*) 
No soy un crítico pero puedo especular que algún día, que sospecho lejano, Nikitín encontrará su Cayetano Alberto de la Barrera«su mármol y su día/su infalible mañana y su poeta». Puede que algún día más cercano sea él mismo quien escriba sus memorias, y si “Antes que anochezca” (Before Night Falls) de Reinaldo Arenas, con sus disímiles garfios melodramáticos fue llevada hasta Hollywood: las memorias de Nikitín muy bien que pudieran desbordarlas. Lástima que Titón no esté para filmarlas, que mientras él viva en Cuba no las pueda escribir, y que si él sale de Cuba y las escribe entonces no le interesen a los editores. Con sus propias palabras sobre José Soler Puigpudiera decir de Nikitín que “tiene obras que marcan un hito” en la cultura y la sofrosine cubana (*). Si no me cree, señora, lea "Delirium Tremens", el mejor monólogo para teatro escrito en Cuba, y que al recordarlo ahora me lo imagino representado por Nacha Guevara o Franca Rame. Que me perdone Nikitín, pero así me parece más dramático después de conocer, “más profundamente”, a mujeres alcohólicas. No sé, puede que me traicione la memoria, o que a lo mejor también haya alguna otra, ausente por mi ignorancia, sobre cómo interpretar el arte de darle vida a una historia pija. 
Conocí a su perrita primero que a él. Yo me mudé para su barrio a finales de los años setenta y, si mal no recuerdo, vine a establecer una conversación “en letra hablada”con él a principio de los noventa. En varias ocasiones cuando regresaba a mi casa y pasaba por frente a la suya la perrita solía estar, cual Cecilia Valdez, asomada entre los barrotes de la ventana grande hasta el suelo. El viejo José, el padre de Nikitín, un poco más adentro de la sala sentado en el perenne sillón, y puede que también la mamá que creo para aquel entonces aun vivía. La perrita era sata de “pura cepa”, pequeña, y de un andar alegre acompañando del sonido de las uñas en el piso. Yo me detenía a pasarle la mano y ella me devolvía su confianza lengüeteandomela. Después noté que también había un gato, pero gato al fin, como si no estuviera. 
Su casa era su universo, o más bien su multi-verso, su convivio cósmico. Llena de vida societaria con él como condición de centro propio en la intercomunicación con otros centros humanos mínimamente ex-céntricos. Su mayor característica (que igualmente formaba parte del temperamento de Nikitín), era algo que extraño en las de por aquí, y es lo que los ingleses llaman openness. Cuando lo visitaba, lo primero que me llamaba la atención era la puerta casi siempre abierta, o puesto un ganchito muy pequeño, o si estaba cerrada, como dice David Lago«de tan vieja aun cerrada ya está abierta». De la misma forma, la cocina consumadamente abierta al mundo, física y metafóricamente. Aunque no tanto, también abierto su cuarto de trabajo, dormir, leer, y quizás amar [«Baena Albornoz que desciende para recibir, cual Adonis consistente, el colmillo del jabalí que lo penetrará hasta hacerle morder el borde de la cama en un éxtasis de delicia» (Paradiso, Lezama Lima )]; cosa esta última de la que creo no hablamos pues qué sé yo, simple mortal heterosexual, de esas pasiones. 
No sé si al viejo José le gustaba lo que cocinaba. Extraño mucho sus apostillas en las conversaciones vespertinas mientras él guisaba «salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados», nos hacía un café, o se sentaba y se enfrascaba en su costumbre de hacerse con la mano una gavilla con su pelo canoso. Era una conversación clara como su café, a lo Virgilio o quizás Gombrowicz, y no espesa como la de Lezama. En una entrevista dice él: “Tengo un intenso mundo imaginario en el cual me muevo, donde yo todo lo convierto si no en letra escrita, pues en letra hablada; hablo mucho solo, con mi perra…”(*) 
Cuando la isla se hizo señorita y cayó con el “período especial”, nos intercambiábamos alimentos o aliños de su patio para liar menjunjes salvatorios más que salivatorios, y discernimientos de dónde arrancar una mascada para terminar el día. Con los aliños de casa de Nikitín y los limones de la de Jesús David Curbelo, cualquier bródigo se posesionaba del aliento de una cena lezamiana o de unos spaghetti a lo Virgilio. Eran tiempos en los que en un mismo día podía ver a Rafael Zequeira en casa de Nikitín, si atravesaba la calle, en casa de Curbelo (premio David de poesía) estaba Rafael Almanza(premio Alejo Carpentier) y si tomaba un rumbo más al norte Luis Álvarez Álvarez(premio Casa de las Américas). 
Y así como Las olimpiadas de la vida surrealista así después Curbelo asumió el oficio de hacer zapatos, Almanza el de vivir lezamianamente, Zequeira se esfumó para España, y Luis Álvarez le innovó travesuras al régimen maquiavélico y la indigencia significativa de la kultura camagüeyana para poder viajar. A mi forma de ver, de todos ellos Nikitín era el más diurno y apolíneo; aunque, señora, con dable desenvoltura sabía descender a la gruta para desnucar la serpiente Pitón y exigir el oráculo para si. Y mientras todos nosotros nos enfrentábamos a ese mundo de una manera humana, demasiado humana para decirlo como Nietzsche, a Nikitín todo esto que pasaba en Cuba le daba más fuerzas. Si una vez se dijo de la Avellaneda “mucho hombre esa mujer”, yo diría de Nikitín que ha sido más hombre que muchos de nosotros. Para completar y despejar la idea de que no fueron tiempos cómodos para Nikitín recuerdo el hecho de “el último huevo”. Lo llamo así por un suceso paradigmático de esos días. Resulta que le quedaba un único huevo en el refrigerador y al intentar cogerlo se le cayó al piso (algo que merecería figurar en los “Cuentos Fríos” de Virgilio). Si mal no recuerdo, Nikitín, muy indignado, escribió sobre ese instante que, como diría Cortázar:«tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo». Yo pensé entonces que ese fue uno de los escasos momentos en que él hubiera preferido estar lejos de allí y junto a muchos de sus amigos lejanos. 
Hojeando más hacia atrás el calendario recuerdo que, a ratos, en su casa o en la mía, bebíamos junto a Curbelo, Zequeira y alguna otra «de cuyo nombre no quiero acordarme» ahora. En cualquier morada y en cualquier terreno Nikitín bebía pródigamente. Una vez que había bebido mucho fue asaltado; aprovechando su embriaguez les fueron arrancados hasta uno de sus perdurables pantalones blancos, que tanto le gustaban, y tuvo que regresar semidesnudo a su casa. Estos, otros hechos que paso en silencio, y saben sólo Dios y Nikitín cuántas otras cosas más, llevaron sus pies hacia Alcohólicos Anónimos. Dejó de tomar, mató al águila que le consumía el hígado, y mostró una fuerza oculta en él que siempre tuvo y que pocos conocíamos. Esa fuerza que es la que creo yo fue transmitida por su padre, y que a la vez se pudo haber hecho presente al enfrentarse a su padre mismo y crecer en cada uno de esos encuentros. Esa misma fuerza que le ayudó a desafiar una sociedad homofóbica y machista, la misma que él sabe que tendrá que enfrentar cuando elige no abandonar el país y quedarse. Porque él se sabía, como no muchos, con cojones suficientes para ello. La paradoja es brutal, la parábola bestial y el hecho en si una bofetada al sistema donde más le duele. Con solo este gesto de quedarse, y de después enfrentársele sobriamente, Nikitín deja anonadada y desarmada a una sociedad dirigida por, ideologizada con y basada en una homofobia contumaz. Una sociedad que impone, de facto, leyes medievales y se hace eco del Aquinate (“De Potentia”): «matar al hombre pecador puede ser bueno, como matar a las bestias»; o de la filosofía moral de Kant (“Fundamentación de la metafísica de las costumbres”), para el cual una persona es más digna que otra si su comportamiento moral es más “adecuado”. 
Es cuando se corre el velo del mejor Nikitín de todos en el campo axiológico, porque son valores que conciernen al centro de su personeidad y la fuente de su valor. Es aquí cuando se sube el telón y él es el actor de la mejor de sus obras teatrales; de su cuadrilátero, de su puesta en escena, y esta vez ejecutada en ese tablado que según Shakespeare es la vida misma. A mi forma de ver es como la resurrección de Nikitín, demiurgo en su propia excelsitud. Que no ocurre en un pueblo subyugado por los romanos sino en una sociedad gobernada por una kleptocracia; y rodeado él por ladrones por todos sus flancos, peores que los que una vez lo asaltaron físicamente, porque estos ladrones durante años han pretendido despojarle su altura óntica y natural de hombre [«...tiene la forma perfecta que se adopta frente a un hecho, tal vez lo que dentro de la tradición clásica nuestra se puede llamar belleza dentro de un estilo. Es como un estratega que siempre ofrece a la ofensiva un flanco muy cuidado. No puede ser sorprendido. Avanzando parece que revisa los centinelas de la retaguardia.» (Paradiso, Lezama Lima)]. 
Dicen los psiquiatras, y los conductistas, que no se deben dejar dos adicciones a la vez porque al final no se deja ninguna: Nikitín poco tiempo después también dejó de fumar. ¿Qué tomaba para enfrentar esta actualización práxica, para lidiar con sus bestias interiores? Agua, solamente agua para apagar la incertidumbre consiguiente a la mesura. Y lo hacía sin una cognición del acto, sin un sentido teleonómico del cambio de conducta. Me decía él: “No sé el porqué de esta tomadera de agua”. Aunque religioso, no se refugió en Dios ni se convirtió al protestantismo muy chic en esos días, ni buscó otro aquietante que su trabajo, su amor al ser humano, y el ir dejando espacio a la esperanza. El insomnio resultante lo atenuaba con lecturas insaciables que dilataban su ya considerable cultura: Benito Pérez Galdós, Soler Puig (Bertillón 166 veces leído), Thomas Mann, Marcel Proust. Pero en esto último se parece más a su maestro Virgilio, quien se consideraba antiliterario y no le gustaba que le llamaran maestro como a Lezama. Gracias a Nikitín se remozaron mis lecturas, y gracias a su deleite por la música clásica aprendí a apreciarla aun mejor, incluyendo a Rachmaninoff y su intricadoPiano Concerto No. 3, el cual él siempre dijo que era el más difícil de interpretar al piano. 
De mis múltiples conatos como escribidor recuerdo cuando le mostré a él uno de mis “peomas” donde utilizaba la palabra seso, me dijo que era una de los vocablos menos poéticos que él conocía y nos reímos mucho. Le agradezco cuando llevó a Carlos Victoria a mi casa y me lo presentó. Mucho antes yo conocía de la existencia de Carlos por Nikitín; porque por supuesto el régimen ya había empleado con Carlos la técnica de la evaporación, la de que nunca antes existió un Carlos Victoria (maña muy bien relatada por George Orwell en “1984”). Nikitín me había facilitado su lectura y usualmente conversábamos de él. Luego cuando llegué aquí llamé a Carlos y quedamos en vernos pero no nos vimos nunca, cosa de la que me arrepiento siempre. Sin embargo, he estado en un parque que creo es el descrito en uno de los cuentos de “El Resbaloso”, y en ese lugar he visto a Carlos y a Guillermo Rosales, por fin juntos, los dos soñando escrituras y escuchan a Led Zeppelín interpretando “Immigrant Song”: «We come from the land of the ice and snow, from the midnight sun where the hot springs blow». 
«Un amigo distante
escritor y comediante
me pide que le vaya a
musicar la letra de su drama
y aquí voy con buenas
ganas de ayudar» 
Así dice la canción “Camino a Camagüey” de Silvio Rodríguez, quien forma un capitulo aparte en la vida de Nikitín, pero que sería aquí un subplot muy largo. No obstante, y aunque soy de los que siguen escuchando a Silvio a pesar de todo, voy a decir algo que me revienta. 
No creo que Silvio traicionó a los de su generación, como tampoco Bob Dylan, pero a diferencia de Dylan sí se proclamó la voz de esa generación (si no de jure por lo menosde facto en sus canciones) y a similitud de Dylan, invariablemente y escuetamente, le ha importado siempre una sola persona: él mismo (algo muy sui generis de Fidel Castro). Por eso, muchos de los que le rodeaban en esa época soñolienta, cuando despertaron se encontraron del otro lado de la barrera, o bajados y frente a la tribuna mientras Silvio sigue subido allí cantando (recuerde, señora, cómo dice Günter Grass en“Tambor de hojalata”: «arriba o debajo de la tribuna, pero nunca delante»). 
La canción “Buena mañana tenga febrero” (1969), resultado de una colaboración de Silvio con Nikitín, y compuesta para su pieza teatral "El cuadrilátero" dice: 
«Entre todo estoy tan solo,
solo en medio de una calle,
en pleno día con su gente,
solo en plaza y solo en casa.
Todo el día me saluda mi vacío» 
Son de esas letras de Silvio que llevan a una exégesis múltiple. Y si a Silvio le sale del forro decir que el “Unicornio azul” era un penco que andaba por El Salvador con la guerrilla (la auto-elucidación de la metáfora es el clásico comodín del abyecto oficialista); entonces yo hago aquí la lectura que me dé la gana, porque me toca los huevos. 
Pudieran ser esos versos una imagen de lo que cuenta Nikitín, cuando años después de que “sonó el despertador” Silvio y él se encuentran en una “actividad político-cultural”. Seguido al saludo y a un “beso judaico”, como lo llamaba Nikitín, se sientan a la mesa. Entonces el escolta y/o ayudante le sirve a Silvio y sólo a él de una bebida traída para si, y Silvio no le brinda ni tan siquiera a su viejo amigo. Nikitín y los demás en la mesa quedan perplejos ante un acto propio de monarca británico. ¡Era como para, en ese mismo momento, “encajarle una caravana de sentimientos gigantes”! 
Schopenhauer dijo que lo que tenemos puede no hacernos felices, pero lo que nos falta nos hace desdichados. La nostalgia de su amistad, hoy día, convierte a Nikitín en mito personal mío, y al faltarle Lastre a mi barca esta se ha tornado muy inestable. Amigos como él no los hay por estos mares, no obstante, como dice Borges: «sólo se pierde lo que nunca se ha tenido». 
(*) Nota y frase aclaratoria con texto aparecido en
http://www.cadenagramonte.cubaweb.cu/default.asp:
“Siempre digo que cuando hablas con alguien de mi, no puedes decir José Rodríguez Lastre, porque ese es un nombre vacío desde 1964. Para todos yo soy nada más que Nikitín”.

domingo, 20 de octubre de 2013

viernes, 11 de octubre de 2013

Las tardes

a la memoria de tantos que se han ido...

Las tardes tenían un encanto especial en García Roco #61. Era el momento del domingo, del día que fuera en la casa de Agustina González y David Lago, padres de Lázaro David (Davicito), que tenían un hermoso tocadiscos Admiral en la saleta de su casa donde escuchábamos los discos que llegaban de manera incomprensible de Glendale o de Venezuela, el caso es que nos la pasábamos escuchando una música que no se ponía en las emisoras cubanas, y que nosotros disfrutábamos gracias a los familiares de alguno. La casa de David era hermosa y siempre nos concentrábamos alrededor del tocadiscos. Por lo regular nunca se abría la ventana a no ser que hubiese alguna fiesta, pero total, que todas las tardes lo eran y, a veces, circulaba el vino en unos vasos llenos y nos embriagábamos suavemente con las canciones y el tinto. Por aquello disfrutábamos de una rara sensación de clandestinos o de burladores de la ley, porque si bien no había ningún estatuto en la constitución que dijese que era prohibido escuchar aquel tipo de música, de manera tácita se sabía que no nos miraban bien por eso. En realidad cuando pienso en esta casa, en aquellas tardes, recuerdo a Agustina moviéndose como la dueña de la sazón, la reina de los aliños, la emperatriz de la cocina porque mientras los Beatles sonaban en el tocadiscos, Cat Stevens, el que fuera, ella preparaba unos sofritos cuyas emanaciones nos venían por oleadas y aquello se mezclaba con las ondas sonoras y era, realmente, una delicia.

Las tardes en García Roco #61 convertían a Camaguey y muy especialmente a La Vigía en un paraíso para todos porque eran tardes de esplendor, de brillos de fuegos de artificio en nuestras mentes juveniles donde casi todo era posible. Teníamos la certeza de que alguien estaba pendiente de aquellas reuniones y lo pudimos comprobar tiempo después cuando nos vimos involucrados en un asunto con la policía política, pero esto no viene al caso y por lo tanto es mejor hablar de otra cosa: Teníamos otra salida. También teníamos la radio y cuando no sonaba el tocadiscos con Simon and Garfunkel o Jethro Tull, nos la pasábamos entonces oyendo a dos emisoras enemigas o que nos decían, como todo lo que provenía de Estados Unidos, que era propaganda enemiga, a la WQBS y a la WQAM que se convertían en tablas de salvación a la que nos aferrábamos para estar al tanto del TOP musical. 

Pasaban años y meses y se iba acercando 1980, el año que cierra con broche de oro una parte de la historia nacional, que se destaca por la salida más que masiva por el puente del Mariel. Mis amigos, los más queridos, estaban preparando una maleta que tendrían que cargar vacía, sin equipaje alguno; la maleta de una vida rota, de una familia rota, rotos ellos mismos que abandonaron Cuba casi sin darse cuenta en precarias embarcaciones que, milagrosamente, no perecieron en la travesía. EL MARIEL, ese capítulo aparte de la existencia de nuestra nación y del que no se ha hablado lo suficiente e pesar de que han sucedido treinta y tres largos años. ¿Como pasó?¿Quien lo inició?¿Quien dio la orden de partida o quien convocó a los de Miami a llenar aquel puerto de todo tipo de embarcaciones en las que venían a recoger a sus familiares y que además en muchos casos fueron llenadas por presidiarios? ¿Cómo fue que salió una generación de cubanos que apenas cabía aquí y pienso que, en algunos casos, tampoco cabía allá y han quedado, como confesó mi mejor amigo, más que amigo un hermano, Carlos Victoria, que el "vivía en tierra de nadie" cuando nos encontramos después de 14 años? Eran los mios, mi gente, la que yo había elegido para transcurrir con ellos mi vida entera y se acabaron, eran parte de lo mejor de mi vida, ahora, muchos, no sé, pueden haber muerto, otros deambulan y viven en sitios como Nueva York, Madrid, Buenos Aires o Lima, pero la mayoría en Miami y ya pasan todos de los sesenta. ¿Qué hacen que llevan a Cuba mucho más que dentro del alma?¿Qué hablan, qué piensan de mi, que ya ni siquiera puedo sufrir porque ni vale la pena sufrir?








viernes, 4 de octubre de 2013

Tuya Esther (apasionante como la vida misma) (II)

Primera Parte aqui

Todo venía con paso seguro, pero algo me decía, esto no, que por aquí si pero por acá no, que no se ponen de acuerdo por esto o por lo otro hasta que al fin saltó como de una caja de resorte el payaso brillante con una idea más brillante aún: la programación establecida no se podía alterar porque había programas en la misma de una buena audiencia y ya eran horarios de costumbre, que lo único que se podía hacer era que los sábados (Esmeralda salía de lunes a viernes) se habilitara un espacio a las once de la mañana (el mismo horario de Radio Martí) y entonces podíamos hacer lo que queríamos que, parece ser, no era otra cosa que mantener a las personas oyendo radio toda la semana, menos el domingo, ocupadas en melodramas, uno de factura extranjera y en una emisora que había irrumpido como la gran enemiga y nosotros, en nuestra humilde emisora de provincias los sábados, o sea, que Esmeralda, apasionante como la vida misma, original de la más triunfadora de las autoras, estaba de lunes a viernes y nos dejaba el camino expedito para que los sábados ofreciéramos Tuya Esther con todas las de la ley, aunque tuvo una gran acogida, no se logró lo que se pensó al inicio que era desplazar la audiencia de Esmeralda a nuestra emisora, pero eso repito, no sucedió, y ahora al cabo de los años, me doy cuenta de que no hubiera sucedido nunca.

La llama de Esmeralda fue demasiado poderosa, a la gente no le interesaba otra cosa de la emisora recién estrenada, que no fuera a las once de la mañana, sintonizar, del modo que fuera a Radio Martí para encontrarse con el capítulo del día donde la protagonista haría de las suyas y por supuesto, sufriría más que el día anterior con su ceguera y todo lo que se le pueda ocurrir a alguien. Tuya Esther se quedó los sábados, resignada y sencilla como el mismo personaje, calmada como toda buena mujer y hasta feliz por haber logrado aquel amor que tanto anhelaba. Se quedó en eso, en la cenicienta de los sábados después que yo me hice la idea de que fuera la reina del baile radial.

¿Por qué no pudimos tener una buena confrontación a la misma hora las dos novelas y los mismos días de la semana? ¿Por qué la batalla fue desigual y aunque fructífera para mi no lo fue del todo porque más lo hubiera sido en una contienda con todas las de la ley? ¿Por qué?





jueves, 3 de octubre de 2013

Tuya Esther (apasionante como la vida misma) (I)


Para P. que tanto disfruta esta historia.

Tuya Esther es el título de una de las tantas novelas radiales que he escrito a lo largo de mi existencia, pero no es una más, sino que nace de una solicitud que se me hizo por parte de la dirección de la emisora (Radio Cadena Agramonte) y de uno de los tantos departamentos del Partido Provincial para enfrentar a una enemiga brutal: Esmeralda. Me dije que a una mujer hay que enfrentarla con otra mujer, y que por tanto mi novela tenía que tener un nombre femenino y el que me vino a la mente fue Esther; también me dije que no era cuestión de ponerle el nombre a solas sino que había la necesidad de otra palabra, incluso que tuviera una connotación sensual y se me ocurre el posesivo "tuya" o sea: te pertenezco, firmado Esther, simplemente. La historia no la recuerdo, pero sí muy claro lo que la motivó, lo que hizo despertar en mi el argumento de una de mis novelas más escuchadas y que aún hoy día, haya personas que la recuerden después de casi 30 años, justamente en el año 1985, año en que al gobierno norteamericano se le ocurrió comenzar con un programa radial de servicios para Cuba con el nombre de alguien tan socorrido, para todo el mundo, como el poeta José Martí Pérez y el mismo día de su salida al aire transmitiera el primer capítulo de una novela de la más triunfadora de las autoras, como rezaba la presentación: Delia Fiallo, una escritora que trabajó, según me dijeron, en Radio Progreso y creo que en la televisión en tiempos del capitalismo.

La cuestión es que Esmeralda, apasionante como la vida misma, se comenzó a oir desde su primer capítulo y logró un furor de audiencia solo comparable, si no fue más que el que despertó El Derecho de Nacer de Félix B. Caignet a finales de la década del cincuenta en el siglo veinte. Era algo muy curioso porque se hizo una especie de mitología con la novela, al punto que, se dice, los alumnos universitarios entraban a los turnos de clase con radios portátiles soviéticos para oir el capítulo del día y hasta en los hospitales, de eso fui testigo ocular y presencial con una novela posterior de esa misma emisora; La Pasión de Silvia Eugenia: las enfermeras se encerraban en los llamados cuarticos de enfermeras a escuchar de manera casi desfachatada la novela. Con Esmeralda sucedió un fenómeno sin precedentes y era que uno iba bajando por la calle San Isidro, por ejemplo, hasta Bembeta procediendo de la calle Cisneros y a todo lo largo del recorrido ibas oyendo el capítulo que se escuchaba en la mayoría de las casas. Así fue. Ni más ni menos. Por lo tanto entra entonces la situación que hay que combatir al enemigo con sus propias armas y se le ocurre a alguien hacer hacer una novela que saliera en el mismo horario y que fuera tanto o más tentadora que Esmeralda y fui escogido, bendito sea Dios, para enfrentar a la más triunfadora y yo estaba haciéndome agua los sesos para encontrar o inventar o lograr una historia enjundiosa y lo suficientemente atractiva con todos los ganchos posibles para despertar el interés en el oyente y ganarle, ahora sí, una verdadera batalla ideológica al imperialismo.

Hay cosas que no tienen ni pies ni cabeza y aunque yo andaba muy ufano con el hecho de que me hubieran escogido para tamaña hazaña, había una espina clavada en lo más profundo de mis entrañas, que me provocaba algo de dolor al respirar y era que sabía, viviendo en el país del disparate, que lo disparatado estaba por llegar; que sí, que estaba muy bien eso de enfrentar a la triunfadora, que era una maravilla luchar a brazo partido con Esmeralda ciega, con Marcos Malabé, con Juan Pablo y con la tal Dominga que armó todo ese enredillo, pero que algo tendría que salir, que como todo, una sombra volaría, empañaría mis mejores intenciones de combatir en buena lid al enemigo en el famoso campo de batalla de la competencia radial. De todos modos yo tenía que registrar en lo más profundo de mis ideas para batallar con las incalculables peripecias que protagonizaba Esmeralda y, cuando me entero de que fue algo de furor en su primera transmisión creo que en la radio venezolana, fue cuando me entró la furia por meterle mano a la guerra y salir airoso porque yo estaba, como todo vanidoso y pagado de si mismo, seguro de que iba a ripiar a golpe limpio a aquella enemiga solapada, taimada, que día a día a la misma hora se dedicaba a visitar a mis vecinos y más allegados amigos con la consabida historia de niños cambiados, ese llevado y traído de que este no es hijo de estos sino de estos otros y despertar la terrible sospecha de que, dos personas que se aman hasta el frenesí, puede que sean hijos del mismo padre: el incesto gravitando como una espada de palabras y enredos que van más allá de lo imaginable para que los oyentes digan:  ¡Ay, Dios mío, eso no puede ser!¿Como es posible que sean hermanos?¡Es horrible, ellos no lo saben! Pero de todos modos eso es el incesto, el peor de los pecados y allá te va con conjeturas, definiciones, conclusiones a priori y la triunfadora, y ya en este caso el triunfador que no es otro que yo, armando la historia de Tuya Esther que estaba plagada de tarros, metedura de patas, malas madres, hijos despreocupados, relaciones de negros y blancas y padres oponiéndose, pero el amor triunfando, y vete a ver que cantidad de disparates que tenían que parecer reales, al punto de que el éxito de la novela, me parece que radicaba en el triunfo de una mujer que por su amor sacrifica en vehemente deseo de su madre de irse a Estados Unidos, y se opone a la autora de sus días logrando quedarse en Cuba al lado de su hombre, el que llegó tarde a su vida, pero llegó al fin y a la postre.

continuará...





Agradecimientos


domingo, 21 de julio de 2013

La Olympia de Nikitín



Dice Paul Auster en su libro La historia de mi máquina de escribir sobre su Olympia:


" Hace dos o tres años, presintiendo que se acercaba el final, fui a Leon, mi papelería del distrito de Brooklyn, y encargué cincuenta cintas para la máquina. El dueño se pasó varios dias llamando a todas partes para que le sirvieran un pedido de tamaña envergadura. Según me conto más tarde, algunas cintas vinieron de sitios tan lejanos como Kansas City"

...el pobre, se ve que no sabe lo que es tener que untarle betún o tinta de zapatos, para poder seguir usando la misma cinta del quinquenio pasado.